Convivencia tóxica. La pelea entre Alberto Fernández y Cristina Kirchner desbarranca en el grotesco.
Es lógico que la disputa entre Alberto Fernández y Cristina Kirchner haya degradado a pelea de consorcio. El grotesco marca la desorientación de ambos frente a la crisis política del área metropolitana que emergió madura en las elecciones de medio término, para la que ninguno de los dos tiene respuesta. Acaso nadie la tenga, pero la pareja está a cargo de los destinos del país y siente con mayor rigor el impacto del fenómeno.
La derrota del Frente de Todos en la provincia de Buenos Aires, particularmente en el Conurbano, consigna el deterioro del liderazgo de Cristina y la insuficiencia de La Cámpora, organización política que lo administra, como instrumento político.
Fernández pretende disimular con esta declinación que los resultados desnudaron también su propia inconsistencia. Un indicio de esto fue que la lista bonaerense estuvo liderada por Victoria Toloza Paz, que le responde. Otro, que la oferta en la Ciudad de Buenos Aires también fue encabezada por un candidato de su riñón, Leandro Santoro, quien no pudo atenuar los decepcionantes resultados que el peronismo ha obtenido siempre en ese territorio hostil… que es el de su jefe.
En síntesis: el medio término ratificó que Fernández es poseedor de un poder vicario, sin votos propios, y melló a Cristina, quien lo designó para ejercerlo.
La tragedia de ambos es que no encuentran la fórmula para superar esta frustración que no sea un divorcio de consecuencias catastróficas. Pelea de consorcio, entonces: dos vecinos que se detestan, obligados a convivir en el mismo espacio físico hasta que algo difuso, ninguno sabe bien qué, venga a liberarlo del otro. Mientras tanto, se complacen en molestarse.
El episodio del libro “Diario de una temporada en el quinto piso”, del sociólogo, historiador y ex funcionario del Ministerio de Economía de Raúl Alfonsín, Juan Carlos Torre, es típico de esta dinámica tóxica.
Cristina reveló durante el acto por Malvinas realizado en el Congreso que se lo había regalado a Fernández para el cumpleaños, para que la vocera Gabriela Cerruti no saliera a decir después que no lo quiere. El libro narra la peripecia del equipo económico alfonsinista durante las gestión como ministro de Juan Vital Sourrille, y la vicepresidenta no se privó de insinuar similitudes con la coyuntura de acuerdo con el FMI. Ponzoña pura, con un agregado: Fernández era funcionario de ese desgraciado plantel, que no pudo, como se sabe, domesticar la inflación.
Obviamente, los comentarios por la malevolencia vicepresidencial se multiplicaron, incluidas unas declaraciones atribuidas a Fernández: “No necesito leer lo que he vivido”, parte de una evaluación más grande sobre las diferencias entre la circunstancia de Alfonsín y la suya.
Otro incidente de vecindario malavenido se desencadenó con las manifestaciones de la Primera Dama, Fabiola Yáñez, orgullosa de llevar en su vientre al primer bebé que nacerá en Olivos. Un desaire: el primero fue Helena, hija de Florencia Kirchner y regalona de la abuela.
Estas intrascendencias carecerían de importancia si no fuera porque retroalimentan el riesgo de vacío de poder abierto luego de constatar la volatilidad del electorado metropolitano. En un contexto dramático de economía en colapso y sociedad devastada, Alberto y Cristina no son capaces de suspender antipatías ni para reunirse protocolarmente en fechas tan significativas para los argentinos como el Día de la Memoria y Malvinas. Por el contrario, las usan para provocarse.
La fractura afecta indefectiblemente a todo un país gobernado desde hace más de dos décadas bajo la lógica metropolitana que acaba de colapsar.
La situación alarma a los gobernadores, que avanzan en el afianzamiento de un eje de poder para revertir la escalada y estabilizar la escena. Hoy se reúnen los diez del Norte Grande, por novena vez, en Salta, con la evaluación del viaje a Dubai, la agencia de Comercio Exterior de la región y el impulso a la ley de Garantía de Inversiones en agenda.
Informalmente, gana espacio la idea de desdoblar elecciones provinciales de las nacionales, para blindarse a las destructivas consecuencias de las reyertas de la metrópoli.