La obscenidad que va ganando la exposición pública de detalles sórdidos de la vida cotidiana en la Residencia de Olivos y la Casa Rosada durante la gestión de Alberto Fernández acelera la descomposición del peronismo referenciado en Cristina Kirchner al mismo tiempo que alienta una proceso de reconfiguración política sobre cuyos indicios y conveniencia se ha dado cuenta en este espacio editorial más de una vez.
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La incipiente conformación de un bloque en el Senado orientado por intereses provinciales y regionales antes que por conducciones facciosas deslegitimadas o con severos problemas de autoridad se inscribe en este derrotero.
La nueva banca se llamaría Provincias Unidas y estará integrado por senadores que responden a los gobernadores Raúl Jalil (Catamarca), Ignacio Torres (Chubut), Martín Llaryora (Córdoba), Rolando Figueroa (Neuquén) y Alberto Weretilneck (Río Negro). Podría sumase el misionero Hugo Passalacqua. Peronistas, macristas, líberos: el aglutinante para acrecentar el peso específico es la representación territorial, no la filiación facciosa.
En principio, se integraría con siete senadores, entre los que se menciona al catamarqueño Guillermo Andrada, y la intención sería replicar la diferenciación también en la Cámara de Diputados.
Una obstinada visión metropolitana relaciona este tipo de movimientos exclusivamente con la “gobernabilidad” que requiere la gestión de Javier Milei y omite un motivo mucho más obvio y razonable: el colapso del kirchnerismo y el macrismo como elementos de articulación nacional hacen indispensable la constitución de otras referencias para cubrir el vacío que dejan.
El caso del peronismo es mucho más evidente por la degradación que signa su decadencia, pero el liderazgo de Mauricio Macri también está muy erosionado, debido a que la clientela tradicional del PRO encuentra canal de representación en un sector libertario de formato aún difuso. Esto es: el kirchnerismo es incapaz ya de organizar al peronismo y Macri sufre una sangría.
Los realineamientos en el Congreso son, además, consecuencia lógica de las características adquiridas por la dinámica legislativa en la era Milei. La intervención de los gobernadores, que obtuvieron a cambio el paquete fiscal, fue clave para la sanción de la Ley Bases, y ni el kirchnerismo ni el macrismo pudieron evitarla.
Tampoco hay señales que induzcan a pensar que estos sectores estén cerca de recomponerse. El acto de jura de nueva Constitución riojana convocado por el gobernador Ricardo Quintela contó con la participación de un solo mandatario: el bonaerense Axel Kicillof. Fue una reiteración de la anemia expuesta en el acto que el propio Kicillof había organizado en la Quinta de San Vicente, donde el único gobernador fue Quintela.
Macri, por su parte, no tuvo más remedio que exonerar a Patricia Bullrich y trata de recomponerse desde la CABA, ya en “capiti diminutio” frente a los gobernadores de lo que era Juntos por el Cambio.
No hay ninguna razón para que gobernadores e intendentes arriesguen la de por si precaria estabilidad de sus distritos para plegarse a las inciertas alquimias de los liderazgos nacionales estragados por el fenómeno Milei.
En última instancia, a los jefes provinciales la coyuntura les sirve para desembarazarse del tóxico comando de los dirigentes del área metropolitana, que ha llevado al país a la catastrófica situación en que se encuentra.
La “conurbanización” de la política nacional es un fenómeno sobre el que los dos máximos referentes del peronismo catamarqueño, Raúl Jalil y Gustavo Saadi, se vienen refiriendo críticamente desde bastante antes de la irrupción de Milei.
Que no tenga continuidad en la etapa libertaria depende en gran medida de que el interior robustezca su gravitación tanto política como institucional. n