domingo 14 de agosto de 2022

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Cara y Cruz

Massa plenipotenciario

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29 de julio de 2022 - 01:05

La degradación política del Gobierno habilitó por fin el ingreso de Sergio Massa al gabinete como ministro de Economía, sumando el control de Producción y Agricultura. El calificativo de superministro es un gesto de deferencia hacia Alberto Fernández, presidente protocolar, y Cristina Kirchner, vicepresidenta cuya osadía no fue tanta como para precipitar la renuncia del Presidente y asumir el mando en la crisis. Por algo será.

Massa en realidad aspira a ser ministro plenipotenciario.

En mayo de 2019, cuando Cristina ungió a Fernández y se colocó en el casillero inmediato de la línea sucesoria, el cristinismo parafraseaba aquello de “Cámpora al gobierno, Perón al poder”. Fernández era el vicario del poder de su Vice, como Cámpora lo había sido de Perón. La analogía funcionaba al mismo tiempo para dotar de épica al gambito electoral y como advertencia: el eventual retobe del delegado suponía su eyección y reemplazo, ahora sin necesidad de convocar a nuevas elecciones como en 1973.

Pero el poder de Cristina se licuó con el fracaso de su experimento y Massa se cuela como chance final para intentar inyectarle consistencia a la administración del país.

Es una apuesta personal fuerte y audaz. Acepta comprometerse en el destino de un Gobierno muy escorado tras rechazar las sugerencias de su sector, el Frente Renovador, para desertar del Frente de Todos y comenzar a construir su candidatura presidencial desde afuera.

Desde que el kirchnerismo rechazó el acuerdo con el FMI y empezó a torpedear el programa pactado por Martín Guzmán, el congreso en el que los renovadores iban a mandar mensajes en tal sentido fue anunciado y suspendido al menos en tres oportunidades.

Massa, que fue pieza central con los gobernadores y el sindicalismo para alcanzar el consenso parlamentario para el acuerdo, oposición incluida, prefirió seguir jugando como componedor. Agazapado: quizás intuyera que Alberto y Cristina terminarían desangrándose en la guerra intestina y el timón quedaría finalmente en sus manos.

Falló el tiro con la renuncia de Guzmán porque ni Alberto ni Cristina quisieron entregarle lo que pedía para meterle el cuerpo a la crisis. Silvina Batakis fue una solución de coyuntura, penúltima intentona de la dupla para evitar entregarse, pero no hubo caso: su gestión implosionó por falta de envergadura política y tuvieron que rendirse a las evidencias. Lo que se necesitaba era generar expectativa y la insuficiencia de Batakis en tal sentido fue ostensible. El respaldo de Cristina se circunscribió a ignorarla, una mayoría aplastante de los gobernadores faltó a la reunión convocada para tratar de robustecerla antes de su viaje a pedir la escupidera en Washington.

Massa es lo más sólido que queda. Viene remando tras la Presidencia desde que en 2013 le ganó al kirchnerismo en Provincia de Buenos Aires y enterró el proyecto “Cristina Eterna”.

El fracaso de “Alberto al gobierno, Cristina al poder” demuestra la imperfección de las analogías históricas cuando se las aplica en forma lineal. Sin embargo, el ingreso de Massa con lapicera reforzada remite al de Domingo Cavallo al gabinete de Fernando de la Rúa en 2001, también como superministro.

¿Podrá Massa revertir el raquitismo político del Gobierno?

Ese interrogante comenzará a despejarse con la reacción de los otros ejes de poder del ecosistema peronista: gobernadores, sindicatos, organizaciones sociales…

Son esquemas que están replegados en sí mismos para tratar de sustraer sus estructuras de los efectos de la crisis de poder detonada por la dirigencia metropolitana, de la que el flamante ministro plenipotenciario forma parte.

La reconstrucción de ese tejido es el desafío principal en este viraje al que llevó el esquizofrénico diseño de Alberto y Cristina.

Otro interrogante: ¿estará Massa a la altura de sus ambiciones?

Le conviene estarlo. El volumen de las expectativas depositadas en su arribo prefigura el costo de una eventual decepción.

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