jueves 2 de abril de 2026
Cara y Cruz

Mariscales de la derrota

Los esfuerzos dialécticos que gastan los jefes del SOEM para presentar como un triunfo de sus sutiles estrategias el aumento salarial oficializado ayer para los municipales capitalinos no pueden desvirtuar lo que es obvio para cualquiera que haya seguido la saga del paro por tiempo indeterminado que convocaron hace un mes y medio: se vieron obligados a aceptar las condiciones del Municipio porque la medida de fuerza carecía de legitimidad y una aplastante mayoría de los municipales estaban podridos de escuchar disparates insurreccionales e inconducentes.

Walter Arévalo y su peón en la secretaría general del gremio, Luis Álamo, son los mariscales de una derrota sin atenuantes que comenzaron a construir a principios de mayo, cuando exigieron un incremento del 50% en un solo pago y convocaron de inmediato al paro por tiempo indeterminado, sin siquiera esperar una contrapropuesta.

Esto ocurrió en la primera reunión para renegociar los sueldos, que el Municipio convocó, como se había pactado, una vez que completó el aumento del 40% acordado sin mayores inconvenientes en marzo. Quiere decir que no hubo negociación: Arévalo, a través de Álamo, se limitó a declarar la guerra, con la esperanza de que el Municipio recurriera al habitual procedimiento de la conciliación obligatoria. Pero el Municipio no lo hizo y, tras unos días en los que confirmó que la medida de fuerza no tenía una adhesión significativa ni afectaba en la prestación de los servicios, tampoco planteó la ilegalidad.

El aislamiento de Arévalo y Álamo fue profundizándose a medida que los municipales advertían hacia donde los conducía el método adoptado por ambos. Todo el arco de la administración pública provincial cerraba aumentos que impactarían en los aguinaldos, mientras los delirios insurgentes de la dupla mantenían los sueldos municipales pisados, exigiendo a las autoridades municipales que pidieran una conciliación obligatoria.

Que no la solicitaran ellos mismos se explica por una cuestión de amor propio. Se trata de un recurso de las patronales, no de los gremios, al que por tercera vez iba a recurrir el SOEM en la era Arévalo. En las dos oportunidades anteriores había tenido que incurrir en la anomalía por el mismo motivo que debería haberlo hecho en esta para evitarle mayores perjuicios a los municipales: la ejecución de estrategias erradas que lo metían en callejones sin salida. Demasiada humillación para el ego del sujeto.

El 25% en dos partes desde los haberes mayo y el bono de $60.000 salen no gracias, si no a pesar del SOEM. La familia municipal estaba pidiendo a gritos un aumento que podría haberse acordado hace más de un mes de no ser por las estrafalarias pretensiones de Arévalo y Álamo, quienes se habían negado a aceptarlo si la Municipalidad no desistía de descontar los días no trabajados.

Este reclamo ganó en intensidad hasta materializarse en el embrión de un grupo de autoconvocados municipales que comenzó a juntar firmas para que al la mejora se implementara al margen del SOEM, proceso incipiente que convenció a Arévalo y Álamo de que era conveniente rendirse: hasta las menguadas tropas con las que habían iniciado la escalada se aprestaban a desertar.

La consecuencia de los desatinos son los descuentos de entre 60.000 y 80.000 que se aplicarán por única vez a quienes adhirieron a la medida de fuerza.

Álamo anunció que el gremio compensará a los recortados. Es lo mínimo que puede hacer después de haberlos embarcado en una disputa tan absurda. Para colmo, el secretario general del SOEM quedó expuesto como peón de las ocurrencias de Arévalo, inmortalizado como el Javier de Karina Milei.n

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