Muchos años atrás, bastante más de los que me gustaría, frecuentaba la casa de una tía, y con el tiempo advertí que siempre vestía de negro. Luego averigüé que lo hacía porque llevaba el luto por la muerte de su esposo de esa manera. Por aquellos años no era tan extraño, la gente guardaba luto –especialmente las viudas- vistiendo de negro todos los días.
El luto, entendido como cualquier expresión que hace referencia de manera respetuosa o dolida a la muerte de una persona, puede tomar las formas más extrañas, nunca se sabe por dónde se va a escapar el dolor, que es como arena entre las manos y se escapa por más que queramos aferrarlo.
Una historia muy curiosa refiere que, en Inglaterra, en los años posteriores a la muerte del personaje literario Sherlock Holmes, los lectores recorrían las calles con brazaletes negros en señal de luto por el detective. El descontento general era tan grande que su autor, Conan Doyle, tuvo que traerlo de regreso desde la muerte en una pirueta narrativa que desde entonces ha sido antecedente de numerosas resurrecciones literarias. En todo caso, lo curioso es que quizás sea el primer caso de luto por un personaje de ficción.
En mi carácter de deportista amateur, en varias oportunidades he guardado silencio por espacio de un minuto antes de empezar a desandar las vicisitudes de un partido de fútbol, en memoria de alguien que acababa de fallecer. En ese lapso por lo general reflexiono acerca de la fugacidad de la vida y nuestra indefensión ante el universo, hasta que suena el silbato y abandono todos esos interrogantes para portarme como un bárbaro durante noventa minutos.
El uso del color negro como expresión de luto siempre me ha parecido la más triste, porque implica la pérdida de los demás colores, como si la ausencia de esa persona le quitara colores al mundo. Un amigo muy cercano me refirió alguna vez que, en honor al recuerdo de su madre, había decidido no volver a utilizar el color verde –que era el favorito de ella-. Su gesto me resultó tan conmovedor y poético que me privé de informarle que su madre estaba viva. Otro amigo solía contarme que, en una ocasión, advirtiendo que su saco se había roto, se había puesto un brazalete negro solo para tapar el agujero, y solo por ese hecho conseguía lugares de preferencia en las filas del supermercado, prioridad en los taxis, lo eximían de poner su parte en los almuerzos a la romana, y en general un mejor trato de la humanidad hacia su persona en todo aspecto. Incluso probó utilizarlo en las arenas de la seducción y advirtió que su eficacia mejoraba. Por esa razón utilizó el brazalete en muchas ocasiones sin que mediara pérdida alguna. Solíamos llamarle El Capitán, y siempre andaba llorando un muerto de mentira.