viernes 3 de abril de 2026
Algo en qué pensar mientras lavamos los platos

Las milanesas y el señor Valdemar

Por Rodrigo L. Ovejero

Esta mañana guardé unas milanesas en el freezer y, como cada vez que lo hago, me resultó inevitable pensar en El extraño caso del señor Valdemar, el cuento de Edgar Allan Poe. En este relato se nos cuenta la historia de un hombre que es hipnotizado en el umbral mismo de la muerte, y se mantiene en un estado catatónico hasta que siete meses después, cuando lo despiertan, no solo muere, sino que se descompone de inmediato. Pero como mi tren de pensamiento discurría por freezers y personas moribundas, era solo cuestión de tiempo para que terminara escribiendo en esta columna acerca de criogenización.

La criogenización es una ciencia que estudia la posibilidad de congelar un ser vivo por largos períodos de tiempo, para luego descongelarlo todavía con vida (a decir verdad, no estoy seguro de que sea una ciencia, pero jamás prometí precisión terminológica). Se supone que de tal modo uno puede, por ejemplo, eludir el accionar de enfermedades que no tienen cura en el presente para ser descongelado en alguna época en la que puedan solucionarse.

Por supuesto, semejante premisa de ciencia ficción no podía estar al alcance de cualquier hijo de vecino, esta clase de tecnología revolucionaria no suele ser popular, sobre todo en sus primeros años. Para asegurarse un lugar en el freezer hay que gastar un buen dinero, y no lo cubre la obra social. Pero existe, ya está en práctica, hay empresas que ya tienen clientes hechos un palito bombón helado a la espera de que los reanimen en un futuro más venturoso. Hasta ahora ninguno ha sido descongelado, y no se garantiza el éxito del proceso. Existe, además, una alternativa más económica, que consiste en congelar únicamente el cerebro, con la esperanza de que en el futuro pueda ser implantado en un cuerpo robótico para solventar el contratiempo de la falta de extremidades.

Este tipo de prácticas se han llevado a cabo, también, en el ámbito de la ficción, con resultados por lo general funestos, siempre hay problemas a la hora de descongelar. En mi opinión no puede ser de otra manera, vivimos en un mundo muy volátil como para confiar en una solución de este tenor. Casi diría que es mejor arriesgarse a saltar al abismo de lo desconocido antes que confiar en que a lo largo de cien, doscientos o mil años -quién sabe el tiempo que tengamos que estar en ese freezer- no va a surgir un inconveniente que nos descongele sin las condiciones adecuadas, como si fuéramos una pechuga de pollo olvidada en la mesada, o peor aún, de manera imprevista, como un peceto víctima de cortes de luz no programados. Incluso cabe la posibilidad, aún más inquietante, de que se olviden de descongelarnos, de que alguien se olvide de dar un aviso o prefiera irse temprano a la casa ese día, y pasemos la eternidad olvidados en el fondo del freezer, como esas otras milanesas que, mucho tiempo atrás, también me hicieron pensar en el señor Valdemar.

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