miércoles 25 de mayo de 2022

Alcanzaste el límite de 40 notas leídas

Para continuar, suscribite a El Ancasti. Si ya sos un usuario suscripto, iniciá sesión.

SUSCRIBITE
Editorial

La vida y la muerte en el universo wichí

Alcanzaste el límite de 40 notas leídas

Para continuar, suscribite a El Ancasti. Si ya sos un usuario suscripto, iniciá sesión.

SUSCRIBITE
8 de marzo de 2022 - 01:10

La muerte de la nena wichí Florencia Isabel Torrez, asesinada el pasado sábado, no fue su destino inevitable, pero sí uno de los posibles. La tremenda vulnerabilidad que padecen las niñas que pertenecen a esa comunidad originaria torna factible desenlaces trágicos. La excepcionalidad, en estos casos, es que tengan una vida dentro de los parámetros de lo que para una chica de clase media de cualquier ciudad argentina es la normalidad. Lo habitual, en el universo wichí, es una existencia marcada por la marginación, el sufrimiento y la violencia.

Hace menos de dos meses otra nena wichí fue asesinada. El femicidio de Pamela Julia Flores, por el que está detenido su “novio” de 17 años, se produjo el 15 de enero. Se investiga si no fue víctima de una violación grupal.

Florencia tenía 14 años, era huérfana de madre y abusada desde los 11 años de manera sistemática. Fue, según todo parece indicar, asesinada por su “expareja”, un hombre adulto que le asestó dos heridas en el pecho con un cuchillo cuando descubrió que la niña estaba con otro joven. El cuerpo de la nena fue abandonado en las inmediaciones del cementerio de Pichanal, provincia de Salta.

El presunto victimario tiene 25 años y abusaba de Florencia desde hacía por lo menos tres años. Pero el abuso se naturalizaba con el argumento de que eran pareja. Este tipo de relaciones, que escandalizarían en determinados sectores sociales, son habituales en otros, como por ejemplo las comunidades originarias. Las personas de estas comunidades, en particular los niños y las niñas, padecen de la vulneración de muchos de sus derechos. No solamente viven en la pobreza y la indigencia, sino que además, en un alto porcentaje, están marginados del sistema educativo, de la salud pública, de los servicios y hasta de los beneficios sociales que son accesibles a otros grupos poblacionales. Además, carecen de información y de acompañamiento de parte del Estado en sus distintos niveles para realizar gestiones ante las autoridades. En el caso del crimen de Florencia, su padre ni siquiera contaba con asesoramiento sobre los trámites judiciales a seguir luego del femicidio. La vulnerabilidad forma parte de la vida y la muerte.

De no ser por el accionar de ONG vinculadas al movimiento feminista, de defensa de los derechos de los pueblos originarios o de organismos de derechos humanos, la visibilización de estos crímenes sería mucho menor y los familiares y amigos de las víctimas estarían desamparados y con muchas dificultades hasta para seguir el proceso judicial posterior. Recién luego de esas intervenciones la Municipalidad y los gobiernos provincial y nacional tomaron cartas en el asunto.

Es deber de las autoridades generar estrategias consistentes y de largo plazo, verdaderas políticas de estado, para sacar a estos grupos de la vulnerabilidad en la que se encuentran, inconcebible siempre pero más aún en el siglo XXI y en un país que lleva ya casi cuatro décadas ininterrumpidas de democracia.

Seguí leyendo

Te Puede Interesar