martes 26 de septiembre de 2023

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Editorial

La fragilidad de los consensos históricos

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Hasta hace muy poco tiempo existían consensos, si bien no unánimes, sí absolutamente mayoritarios en la sociedad argentina respecto de asuntos nacionales estratégicos. La convicción de que las Islas Malvinas son argentinas y que la diplomacia activa es el único camino posible para recuperarlas, por ejemplo. O que la salud y la educación pública son innegociables, aunque haya muchísimas cuestiones que mejorar. O que el Estado tiene funciones indelegables en el fomento de la ciencia y en la regulación de ciertos resortes de la economía a los efectos de garantizar la equidad social. O que la dictadura militar de 1976-83 puso en marcha una maquinaria de exterminio a través del terrorismo de Estado que acabó con la vida de miles de personas. O, finalmente, por mencionar solo algunos ejemplos, que la justicia social es un fin a alcanzar y los derechos de los trabajadores deben ser respetados.

Luego, sobre cómo gestionar esos principios compartidos mayoritariamente, había, y hay, miles de opiniones, controversias acaloradas, posturas incluso contrapuestas.

El nuevo escenario político, sin embargo, parece haber fragilizado aquellos consensos. Es que la fuerza más votada en las PASO y la que, según las encuestas conocidas en los últimos días, encabeza las preferencias electorales para octubre, sostiene posiciones rupturistas de estas convicciones arraigadas.

Diana Mondino, posible canciller en caso de que Javier Milei gane las elecciones, opina que “los derechos de los isleños deben ser respetados”. Y se sabe que los habitantes de Malvinas no quieren ser argentinos. Hace dos años, Patricia Bullrich, cuya fuerza política salió segunda en las PASO, se pronunció a favor de entregar las Islas a cambio de dosis de la vacuna Pfizer.

El propio Milei se ha pronunciado contra la salud pública y la educación pública gratuitas, ha fustigado con dureza a la justicia social y a los derechos sociales, calificándolos como “una aberración”.

Mientras tanto, Victoria Villarruel, su candidata a vicepresidenta, reivindicó abiertamente el terrorismo de Estado y negó, pese a la enorme cantidad de evidencia judicial recolectada, el genocidio perpetrado.

El interrogante es si los votantes o potenciales votantes de Milei adhieren a esta ideología que reniega del Estado, es indiferente a la soberanía argentina sobre Malvinas, desprecia la idea de derechos sociales y justicia social y promueve el negacionismo, provocando en consecuencia una transformación regresiva de consensos básicos sostenidos por la sociedad democrática en los últimos 40 años en la Argentina. Difícil de despejar esta duda sin un estudio profundo de cuáles son las razones por las que los ciudadanos votan a Milei. Tal vez deban enumerarse causas menos profundas, como por ejemplo coincidencias en ciertos aspectos discursivos menores o el hartazgo que provocan las fuerzas políticas tradicionales. Si, en cambio, lo que los electores libertarios buscan son cambios abruptos en los paradigmas políticos que generaron los consensos comunes, será hora de refundar el debate político en la Argentina en base a arquetipos novedosos, inéditos en la historia de la democracia.

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