domingo 22 de mayo de 2022

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Editorial

La derrota de los augurios esperanzadores

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9 de marzo de 2022 - 01:10

Cuando faltan apenas unos días para que se cumplan dos años desde que la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró al Covid-19 como pandemia, es válido concluir que desde entonces el mundo ha sufrido cambios vinculados específicamente al impacto de la enfermedad en los países, pero casi ninguna de las transformaciones virtuosas que se auguraban, tal vez ingenuamente. Augurios surgidos desde la angustia de una enfermedad nueva que paralizaba al mundo y que reforzaban la certeza de que el mundo debía cambiar. Vaticinios, de todos modos, apenas esbozados, sin que quede claro de qué modo debía cambiar, ni fundado en cuáles valores.

Los primeros meses de la pandemia mostraron al mundo científico trabajando coordinadamente, complementando saberes para intentar encontrar un medicamento que cure del Covid-19 o una vacuna que lo prevenga o reduzca su letalidad. Las esperanzas de un nuevo paradigma de colaboración científica global, en el que prime el sentido humanitario por sobre los intereses comerciales, se desvanecieron apenas los laboratorios, que son ante todo empresas comerciales, empezaron a patentar sus descubrimientos.

El proceso de vacunación, iniciado en diciembre de 2020, siguió de entrada los criterios de estructuración de la economía mundial: primero los países ricos, luego los países de desarrollo medio, al último los pobres. También en el aspecto estrictamente económico el mundo siguió, y hasta acentuó, su tendencia prepandémica. En los últimos dos años los ricos se hicieron más ricos y los pobres más pobres, a nivel países y también en las estructuras sociales internas de las naciones.

La oportunidad que algunos vieron de un trato de la humanidad más amable con el entorno natural a partir de la amenaza del virus finalmente parece nos prosperar. Tampoco la esperanza de una mejor convivencia entre los países, como brutalmente lo evidencian los conflictos siempre vigentes en medio oriente, Afganistán y, ahora, entre Rusia y Ucrania.

No hay en el mundo, tampoco, menos crímenes, ni menos discriminación, ni menos crueldad, ni menos odio racial que hace dos años.

La derrota de aquellos augurios esperanzadores no debe hacer suponer, sin embargo, que la pandemia no deja modelos meritorios de personas, grupos, instituciones que militaron, en esta época de excepción, valores vinculados a la solidaridad, el compromiso con el prójimo y la empatía. O enseñanzas valiosas, aprendizajes colectivos que son capaces de desmontar relatos fuertemente instalados, pero vacíos de contenido, como por ejemplo aquel que reduce al Estado, a sector público, a roles secundarios, de apenas facilitador de los negocios del sector privado. Ese relato, con el Estado articulando todas las acciones de prevención y asistenciales, poniéndose al hombro la crisis del coronavirus, se hizo añicos. La pandemia pasará pronto, o se irá difuminando, aunque sigan las muertes, en las urgencias de la economía y la necesidad de vivir las libertades individuales. De modo que, aunque anticipemos la derrota de los augurios esperanzadores del comienzo, habrá que esperar aún un poco para sacar conclusiones definitivas respecto de las lecciones que aprendimos, o no aprendimos, en este tiempo de emergencia global.

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