El éxito que registra en las encuestas Javier Milei opera como un velo que difumina su peligrosidad, detrás del cual se complementan los polos de la fractura aparente entre sistema y antisistema. Milei prospera denostando indiscriminadamente a la “casta política”, que por su parte lo legitima aceptando los brutales y primitivos términos de su debate, en una dinámica que lo rescató de la marginalidad para terminar consagrándolo como pieza central del juego político.
El inofensivo y grotesco “out-sider” ha evolucionado a amenaza concreta, con niveles de aceptación creciente que lo afianzan como instrumento para la catarsis electoral de una sociedad desengañada, frustrada, ansiosa por infligir a sus dirigentes políticos un castigo lo más cruel posible. En Catamarca duplica y hasta triplica los indicadores de intención de voto de cualquier otro precandidato presidencial.
Los alardes furiosos y la histeria resultaron ser otro velo, que se corrió durante una entrevista que le hizo esta semana el periodista Luis Novaresio para descubrir características mucho menos pintorescas del personaje. Sus rasgos medulares, en realidad.
Las rabietas de Milei camuflan un mesianismo tenebroso. Bajo la epidermis de su ira late un sentimiento de omnipotencia que lo induce a renegar del diálogo y la negociación, elementos indispensables para el desempeño democrático.
Camuflaje
Esta veta quedo expuesta cuando Novaresio le pidió que explicara cómo llevaría adelante su eventual gestión como Presidente sin contar con el respaldo del Congreso.
Tras insistir con que no estaba dispuesto a negociar con “delincuentes”, Milei tuvo que admitir que su único recurso serían las consultas populares no vinculantes convocadas por decreto, lo cual sería inocuo porque cualquier asunto que obtuviera el aval de este mecanismo debería tratarse y aprobarse de todas formas en el Congreso.
Es decir: para perpetrar su programa sin negociar, Milei estaría dispuesto a someter a la sociedad al estrés de plebiscitos recurrentes cuyos resultados, no obstante, deberían ser necesariamente refrendados por el Congreso que desacredita.
El corolario de esta línea de razonamiento es obvio: el Congreso es un obstáculo a la voluntad de Milei que mejor sería eliminar, lo que implica también eliminar la Justicia que se configura con su intervención.
La derogación de los poderes legislativos y judicial, o su transformación en extensiones ortopédicas de la voluntad del líder, es de tal manera condición necesaria para desarrollar el programa que Milei pergeña.
Para evaluar los resultados de experimentos por el estilo no hace falta remontarse a la Alemania nazi o al fascismo italiano. Basta ver la reciente “Argentina 1985”.
El infalible
Contra lo que podría suponerse cuando se queda sin respuestas ante los insalvables inconvenientes operativos que interpone su inflexibilidad, el discurso de Milei tiene una lógica muy consistente.
Someterse voluntariamente a un régimen exento de mecanismos institucionales que refrenen los apetitos del líder requiere de una fe ciega en la infalibilidad de ese líder.
Establecida ya la imposibilidad de desplegar su proyecto bajo las normas del sistema republicano, el libertario se abocó a analizar este punto clave en el transcurso de un ataque de misticismo con abundantes revoleos de ojos hacia lo alto y ademanes de éxtasis.
Su referente político es el héroe bíblico Moisés, figura apropiada porque liberó al pueblo judío del yugo egipcio y lo condujo a la Tierra Prometida, que es lo que Milei propone si accede a la Presidencia: liberar a los argentinos del yugo de la “casta política” y conducirlos a la Tierra Prometida de la prosperidad.
Recordó que Moisés podría haber renegado de su fe judía, asumido el cargo de Faraón y liberado a los judíos de la esclavitud a la que estaban sometidos por los egipcios, pero prefirió el camino más arduo de perseverar en su condición y escapar al frente de los liberados.
"El resultado podía ser el mismo, pero no son iguales, porque uno estaba basado en una mentira y el otro en la verdad. Cuando te hago el planteo moral, no es casual. La argumentación es moral, mi elección de ser liberal no es utilitarista, es un valor moral", le explicó a Novaresio.
La Verdad
Este es el elemento esencial de la prédica de Milei: él encarna la Verdad. Más mesiánico no viene.
Pero el paralelismo que pretende trazar entre su hipotética peripecia presidencial y el mito mosaico le exige atenuar u omitir algunos elementos del relato bíblico que podrían espantarle la clientela. O sea, mentir. El más importante es que los hebreos podría haberse ahorrado los padecimientos de errar por el desierto durante 40 años si Moisés hubiera sido menos intransigente, aceptado ocultar que era judío, asumido el faraonato y procedido a la liberación sin tantas milongas.
La Biblia se hubiera perdido una historia extraordinaria, pero los judíos no deberían haber sufrido tanto para darle el gusto al porfiado de Moisés.
Es importante detenerse en este detalle, porque capaz que a Milei le parece razonable arrastrar al país a 40 años de desierto, como si lo que viene padeciendo fuera poco, con tal de permanecer puro y no acordar con el faraonato de la “casta”.
"¿La fácil cuál era? –siguió el libertario-: Me quedo viviendo en el palacio, además soy Faraón y libero al pueblo judío. Pero no, porque eso está basado en una mentira. Entonces Moisés agarró, se fue y terminó teniendo un premio más grande que es conocer al Uno".
- Permitime la metáfora, ¿te sentís el Moisés de la política argentina? –lo indujo a pisar el palito Novaresio.
- No estoy a la altura –gambeteó Milei contrito, uniendo sus manos y bajando la vista, hábil para detectar la trampa-. Jamás podrías estar en ese lugar, es el único profeta que habló con el Creador. Y además, la característica fundamental de Moisés es una humildad infinita. Yo trabajo para ser humilde, una lucha continua que tenés que llevar contra el ego, la codicia y la lujuria.
El horizonte y el abismo
Abordar la entrevista que concedió a Novaresio con perspectiva crítica es necesario para comprender el riesgo que representa Javier Milei, porque el problema no es que suponga ser depositario de la Verdad y protagonista de una cruzada mitológica, sino que es demasiada la gente que le cree.
El papel que cumplió en el fracaso colectivo la clase política, con sus propias mistificaciones y miserias morales, abonó el terreno para que germine y arraigue.
Se trata, sin embargo, de un delirante. Lo suficientemente inteligente para aprovechar la oportunidad que le abre la desesperanza, pero delirante al fin.
Las instituciones democráticas acaso puedan digerir y procesar el fanatismo, pero un fanático empoderado no abre un horizonte, sino un abismo.