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Escritores catamarqueños por autores catamarqueños

Juan Bautista Zalazar, palabra y verdor

Un recorrido por Cuentos de Valle Vicioso y Cuentos a dos voces.

José Luis Astrada

6 de mayo de 2024 - 23:49

Juan Bautista Zalazar atraviesa, por estos tiempos, ese valle de los olvidos por los que injustamente se suele hacer andar a los autores tan solo por ser de otro tiempo. Quiero decir, en este texto, las virtudes que auspician su escritura, sus cuentos más precisamente y la extraña particularidad de tener la frescura necesaria para atravesar el tiempo sin marchitarse. Quiero, de este modo, hacer que el olvido no se quede con todo, que alguien, al leer estas palabras vindicatorias, sienta que su curiosidad puede más que cualquier mandato y busque una de las historias que supo edificar este comprovinciano nuestro y, a esa historia siga otra hasta abarcar la narrativa de quien hizo el gran salto desde el cuento tradicional y local, si se quiere, y lo hizo universal.

Nacido riojano, se hizo estudioso, académico, narrador y poeta catamarqueño y tomó, de ese largo camino, lo que habría de alimentar su obra a lo largo de los años. Y menciono lo de estudioso en el más amplio sentido de la palabra. Es referirme al sujeto que en el espacio universitario hizo una morada para sí y para quienes seguían sus enseñanzas y también dar cuenta de ese hombre observador del paisaje completo, del conocedor de las costumbres y las magias, de las palabras sencillas, simples a veces, con las que se arman los relatos de quienes los vivenciaron en carne viva, presenciando las hechicerías cotidianas del universo. A ese estudioso que sumó a ese conocimiento de las personas del campo el saber de la lengua y los orígenes de esa misma lengua. Ahí está la maestría de Zalazar: saber qué hacer con la herramienta de la lengua para poder narrar sucesos ordinarios de manera extraordinaria.

¿Qué es lo que atrapa cuando se lee alguno de sus cuentos? Para responder esta cuestión no puedo alejarme de mi propia experiencia como lector y como habitante del campo. Están en las narraciones de Zalazar esas antiguas palabras que yo escuché y que mi madre o mi abuela usan todavía. Esas palabras que son historia en sí mismas, esas palabras que hablan de otro tiempo, pero también de otros lugares, ambos irrecuperables si no fuera por esos mismos vocablos. Siento un placer extraño cuando se deslizan por mi lengua, cuando se escapan de entre mis labios. Puedo ver en los ojos de otras personas el asombro ante esa verbalización inhabitada que llega a sus oídos y a sus mentes. Y no son solo las palabras, son también costumbres de las que los personajes de sus cuentos hacen una referencia y que luego no explican, generando en quien lee un anhelo de saber de esas pequeñas magias cotidianas que perduran en los rincones de los relatos y que reverdecen con la lluvia benefactora de las palabras de quien actualiza la historia.

La magia no está presente sino en pequeñas dosis, sin exageración. Para leerla, incrustada en los discursos de los personajes, es preciso un acto de fe, un pacto entre la voz que está hablando al lector y éste mismo. Un sonido, de apariencia inocua y vulgar en su existencia, al ser recurrente, va generando en el protagonista de “El silbido”, por ejemplo, un terror gradiente hasta lo insoportable. La sencillez de las palabras de la mujer que cierra la narración ubica al lector en un ambiente rural, lleno de pesadillas indescriptibles, donde lo eglógico del paisaje alberga terrores habituales y posibles, que tienen explicaciones en acciones de los habitantes y su interacción incuestionable con potencias, ya del bien ya del mal, que premian con tranquilidad y alguna pequeña prosperidad, o castigan con acosos consistentes en ruidos sin solución de continuidad o pequeñas luces con iguales características. La presencia sobrenatural, lindando con el terror, va a ser un tema dentro de los cuentos de Zalazar al que el autor nutrirá con todo eso que él trae de sus ancestros y que él mismo experimentó, como ya dije, y que supo amalgamar con maestría. Puedo, sin temor, decir que un gran ejemplo de esto es la narración llamada “El condenado”, en el que las palabras, a pesar de ser usadas con innegable saber académico, parecen no poder dar cuenta de lo tremendo que está sucediendo en la historia. Y creo, con certeza, de que eso es así. El narrador, esa voz que va diciendo la historia, se siente desbordado ante tamaña presencia a la que no puede describir. De pronto los adjetivos o los sustantivos se van quedando en una situación de ser herramientas insuficientes para referir lo que le pasa al protagonista. Solo se puede decir lo que está sucediendo, relatar las acciones, describirlas. La presencia sobrenatural impacta sensiblemente en el narrador y esa impotencia queda manifestada en ese atragantamiento con palabras que suenan inútiles ante tanto horror. La generación de este horror está edificada con materiales que, en apariencia, no alcanzan porque buscan visualizar la sensación de no saber cómo explicar lo que se está viendo.

En todos los cuentos está la voz del narrador que se diferencia de manera notable de las voces que van atravesando las distintas historias que Zalazar nos trae desde su imaginación. Además, no toma partido por aquello que los sujetos de la ficción hacen o creen; se desliga de eso como si fuera alguien que no tiene otra función de desplegar su manta y, sobre ella, exponer los sucesos con todos los detalles necesarios para ser comprendidos por quien lee. Aunque es mi obligación aclarar, en este punto, que no muestra todo, sino solamente pequeñas dosis, mínimas muestras, detrás de las veladuras de la narración destinadas a dar el contexto espacial o temporal de las historias. O menciona lugares muy identificables dentro de la geografía del particular paisaje entre el norte de La Rioja y el suroeste de Catamarca, desde San Blas de los Sauces hasta Chumbicha, Tinogasta o Andalgalá. Así, la muerte de un niño, ahogado en un río crecido es una fatalidad, pero sucedida porque se cometió una ofensa a la divinidad. La muerte de una anciana, víctima de una enfermedad, en realidad se debe a la hechicería no confirmada que una vecina ejecutó. Una enfermedad horripilante, que va minando el cuerpo de una chica, es por causa de un sortilegio manufacturado por una envidiosa.

Tampoco hay explicación de por qué las creencias son así. Y esto es porque esa fe es la explicación de otro suceso. O porque ese otro suceso inexplicable, para ser entendido debe traducirse a un sistema de creencias que requiere determinados rituales. El lector deberá pensar, si lo desea, en ese origen remoto de la fe de ciertas liturgias. Sacrificar un perrito, propiedad de alguien que se ha muerto, obedece a ese sistema de fe. El narrador dice el suceso pero no detiene la fluidez del relato explicando nada. Quien lee debe poner en juego su imaginación y su saber, para entender el sincretismo de esa caminata de dos almas, la humana y la canina, por la Vía Láctea para llegar al cielo de la paz, del sosiego, de la bienaventuranza, ante la presencia de la divinidad. Y dije sincretismo porque ese término define la vida espiritual de los personajes de sus cuentos. Hay un cruce constante entre la fe cristiana y la creencia popular. El castigo que sufre una mujer por tener amores con un sacerdote es metamorfosearse, en determinados momentos y circunstancias, en una mula, es decir, en un ser híbrido que no puede dejar descendencia, para que quien ejecutó esa acción pecaminosa sea borrado de la faz de la Tierra. Que un sacerdote ejecute el hecho de maldecir a un borracho en la calle será motivo para que un viento inclemente sople sin solución de continuidad sobre el pueblo hasta cubrirlo de arena. El relato de la maldición cayendo sobre Sodoma y Gomorra se actualiza y es reescrito por Zalazar con elementos propios de una geografía que le es cercana. Una pena desmesurada requería no ya el inverosímil fuego lloviendo desde el cielo sino un viento cargado de arena, más posible de ser vista en nuestros áridos paisajes.

Los personajes de los cuentos de Juan Bautista Zalazar son seres sometidos a mandatos sociales, religiosos, de creencias, etcétera. Pero esa vida es no esclavizada a las potencias que sobrepasan el poder humano. Hay una interrelación y los personajes tienen sus herramientas para equilibrar la lucha. Al acoso constante que una familia sufre por parte de una entidad en horas de la noche, el niño protagonista usa el poder que tiene en su propio nombre y lanzando un objeto suyo (una alpargata) logra liberar a su familia y a él mismo de esa perturbación.

En este momento del texto quiero resaltar algo, que ya es evidente en lo previo, pero que insistiré en referir: el poder de la palabra y su centralismo dentro de los cuentos de nuestro autor. Como decía antes, hay instancias en las que las palabras no alcanzan para describir el horror al que se asiste, pero que sí muestran la sensación de ahogo del narrador al luchar contra esa impotencia. El cura que maldice a un hombre y ocasiona la ruina de todo un pueblo, la magia oculta en la palabra del nombre de un niño, el augurio proferido por una mujer y que, según lo que las murmuraciones de vecinos y amigos, provoca el final de una vecina, el hombre poseído que va perdiendo las palabras que son reemplazadas por gritos y que dan cuenta de la pérdida de la humanidad del personaje, las oraciones dichas por una curandera o por un hombre que busca deshacerse de los desarreglos nocturnos que provoca una calavera en el hogar. Todo está hecho de palabras. No es una obviedad decir que los cuentos de Zalazar son de palabras. Sí, están construidos con ellas y, además, ellas son otro ‘personaje’ dentro de las narraciones. Los sortilegios, los hechizos, las curas, las protecciones, las advocaciones, todas ellas no existen sin las palabras. Lo que determina una existencia está atravesada, tamizada, tejida con palabras. Excluirlas es aniquilar lo humano y Zalazar expone una humanidad compleja, llena de miedos y valentías, de abatimientos y lucha contra lo natural y lo sobrenatural.

Los cuentos son presentados dentro de una estructura de apariencia tradicional, pero su escritura rebasa esos límites, los desfigura para brindar una inquietante tranquilidad al lector quien, de pronto, es sorprendido por el estallido de la calma astillándose. Ocurre la magia en ese momento y la fluidez de llanura es río de montaña, bronco y atroz y breve, que conmueve los cimientos de la lectura. Pero esas alteraciones en los cuentos, esas deformaciones de la realidad que pueden darse, forman parte de una sabiduría popular, si se quiere, a la que prefiero llamar universal y he ahí el perenne verdor de estos cuentos. Todos los pueblos de la Tierra han sabido elaborar sus magias particulares y saben reconocerlas más allá de sus fronteras, más allá de las nieblas del tiempo.

A todo lo dicho, y ya para acercarme al final de este texto vindicatorio de la figura artística de Juan Bautista Zalazar, tengo que decir algo sobre esos relatos en los que parece que nada sucede de acuerdo con lo que se espera que sea un cuento. Y lo que en éstos sí sucede es una explosión de la lengua poética. El lirismo que utiliza el autor es de tal intensidad que quien lee debe detenerse y releer y volver a leer nuevamente. Hay una cuidada arquitectura de la desmesura lírica destinada a asombrar, a dejar en suspenso cualquier previsión o predicción lectora. Y esto es un beneficio para el destinatario de esta escritura, de estos relatos, porque no es una construcción lúdica en lenguaje lírico. La carga conceptual de estos textos está facturada de tal manera que no es evidente, no aparece en la lectura, sino en la reflexión sobre la lectura del texto. Es arduo desentrañar, develar, descubrir la substancia del texto, pero es un desafío intelectual y apasionante que uno debe acometer.

Zalazar propone una tierra de verde eternidad en sus textos: nos ofrenda palabras que se van muriendo en las bocas de los pueblos que se van muriendo también, pero que él las salva al engastarlas en cuentos y relatos que las hacen brillar imperecederamente. Estoy convencido de la necesidad de la lectura de sus escritos narrativos para uno mismo, para desafiarse a pensar la maquinaria de sus cuentos, para regalarse momentos de inmersión en un universo de antiguas y sencillas magias, para satisfacerse con los juegos verbales, con las voces de los narradores, tan próximas al lector, todo ello proveniente de un pensado proceso de escritura. Y, también para transmitir a quienes nos siguen generacionalmente estas narraciones que, como toda obra de arte, nos muestra una parte del todo que somos.

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