lunes 8 de abril de 2024
Lo bueno, lo malo y lo feo

Juan Bautista Zalazar: lo escrito, escrito está

César Augusto Vera Ance.

Hace cincuenta años mientras vivía mi adolescencia pueblerina y gracias a mi padre maestro de escuela, librero y poeta, leí, entre otros, dos libros que me acercaron a la poesía, Sendas de las trece curvas de Juan Bautista Zalazar y Gracia del ánfora de José Luis Galarza. Y cuando sentía cierto arrebato lírico abría esas páginas y ellas me daban ese hálito nutritivo.

En esa época creí que esos poetas venían de una tierra lejana o ya pertenecían a la muerte. Andando el tiempo un día aprendí que el destino escribe sus historias casi como uno lo sueña y me encontré cara a cara con ellos.

A don Juan Bautista lo conocí personalmente en la UNCa. Entonces me presenté diciéndole que lo había percibido en una senda de las trece curvas, no tiene caso hablar del asombro compartido.

Y lo veo casi agachado sobre su silla, enfrente de nosotros, con el libro en su mano izquierda y de vez en cuando oteando por la ventana como a la pesca de una imagen que pasara por la avenida. O lo miro, todavía, afirmado en la baranda de la galería buscando quién sabe qué en las baldosas del patio o entrenando su imaginación en el revoloteo de los gorriones y en el ir y venir de tantos jóvenes. También lo veo llevar su paso meditabundo cruzando la plaza Virgen del Valle con su infaltable libro apretado a su pecho, así despacito, descubriendo tal vez el latido del cosmos para volcarlo en la poesía como una acequia de aguas rumorosas sobre el arisco medanal de Arauco.

Suena aún su voz hablándonos de la poesía de Vicente Huidobro, del Creacionismo, del poeta demiurgo de la rosa que no nace de la naturaleza, sino del poema y resuena el timbre de su voz, el tono pausado diciéndonos: OSRAM: "Dame tus collares encendidos bajo el azul simétrico… y tu pupila abierta para todos los náufragos”.

En esas aulas nos enseñó el valor de la palabra poética, la preceptiva literaria, el asedio y valoración de la obra literaria. Sin embargo, su verdadera enseñanza estuvo en su propia creación y, en mi caso, cuando garabateaba mis primeras líneas, mientras mi madre regaba junto a la ventana aquel rosal de mi adolescencia.

Repaso aquella vez cuando nos mostró su libro: Cosechas de rocío, aún con la tinta mojada, y ninguno supo qué preguntarle ni qué decirle. Nos dolía ese silencio que no era maldad ni indiferencia, era ese no sé qué de admiración, timidez o sonsera. Y lo vimos después muy despacito cerrar el libro y guardarlo con una sensación de desamparo que luego también sentí en diversas oportunidades.

Recuerdo aquella tarde de viernes en la biblioteca del Museo Calchaquí cuando fue a nuestro encuentro. No fue el catedrático, sino el poeta y narrador, un prójimo encumbrado, el arquetipo vivo para los que andábamos husmeando el Umbral de la creación literaria.

Un día jueves a la tarde, un siete de abril de 1994, la muerte con su infalible designio lo vino a buscar. Entonces publiqué en el diario:

“No hemos sabido antes romper la distancia, paradójicamente en este momento final nos acercamos don Juan Bautista, poeta, narrador, agricultor, pastor y profesor de la palabra. Esa forma tan catamarqueña de ser nos alejó: la timidez, cierto prejuicio, un malentendido respeto y ese absurdo silencio nos privó de apretujarlo alma a alma en un abrazo.

Ahora en el momento de ver sus ojos cerrados, sus manos quietas quisiéramos romper toda la distancia y llenarlo de preguntas, de asombro, de afecto y de ese cómplice amor por la palabra, pero ya ve don Juan Bautista, ya parece tarde, solo queda decirle: ¡Gracias!

Fue su poesía el puente creador, el hilo vigoroso que nos llevaba a admirarlo, quererlo y cada vez que escribíamos algo siempre pensábamos que usted tendría que leerlo, pero se fue y se quedó la naturaleza, los pueblos, nuestra alma y también, por ahora, nuestra escritura en silencio”.

La honda sencillez de la lírica

Nadie puede decir que la poesía de JBZ sea triste o angustiada, más bien, es vigorosamente serena, auténtica poesía de deleite, no edulcorada por recetas modernosas, sino fiel reflejo de una actitud reflexiva, amorosamente natural, con ese dejo contemplativo donde se unen lo celeste con lo terrenal.

Fue el poeta de la galanura, de la expresión bella, el auscultador y descubridor del encanto de las cosas simples, el cuidadoso artesano de las más sentidas imágenes y del más sentido credo.

Credo

Creo en mi sangre toro que arrepuja

mi cuerpo hacia los vértices y creo

en la vida que es una fiesta herida.

Creo más en la tierra que en el cielo.

Creo en mi corazón que es tuyo y ama

tanto, que por amor cuesta tenerlo.

Creo en las cinco espigas de mi trigo.

Ya estoy sobre la muerte y sobre el tiempo.

….

En una Pálida tarde -1947- de otoño se nos fue, quizá buscando su Senda de trece curvas -1948-; ahí quedó Su voz en el canto -1963- y Detrás de las raíces -1965- de cualquier árbol estará su poesía, porque quien anduvo siempre de Pie sobre la luz -1980- y sabe Dónde se quedan sus días -1972, nunca desaparecerá.

Ya hizo sus Cosechas de rocío -1982-, puede estar en paz, quedan aquí Las brújulas brujas -1986- que marcan el norte de todos los creadores.

El narrador lírico

En todos sus cuentos, el escritor no solo nos descubre la magia de su pueblo, sino que penetra en la hondura del pensamiento mágico religioso de nuestra cosmovisión. Así nuestra esencia se muestra hecha de lenguaje; de una expresión que nombra la ciencia y filosofía de lo mágico de un modo natural. Por eso no son cuentos fantásticos o maravillosos, sino realidades actuantes en el alma que se hace voz y se expresa conformando verdaderos cuentos líricos de honda sabiduría.

Y nos lleva a la raíz verdadera del arte de contar, hacia la esencia de la narración, la oralidad. La oralidad, matizada con la presencia del narrador, en una conjunción fantástica, logra la autenticidad de la historia. Un modo de escribir hablando que hace cierto lo incierto del mundo presentado.

Los seres, impulsados por energías secretas, configuran una predestinación funesta. Son criaturas que trasvasan el umbral de lo visible a lo oculto, sea al escuchar -por voluntad o por imposición- esas voces secretas o por penetrar lo insondable; entonces, la desgracia es la única revelación posible.

También están los atormentados por la envidia y la codicia, colmillos que muerden, perturban y llevan a la irremediable caída. No faltan las criaturas habitadas por la culpa, otras impulsadas por la ira, ni los irreverentes que, por transgredir los mandatos establecidos, deben sufrir las consecuencias.

La presencia de un narratario “usted” da cuenta de que en la escucha está el saber. Los narradores cuentan y enseñan, los narratarios escuchan y aprenden. Este juego de narrador-narratario se asocia con el narrador-lector y nos ubica en un espacio mágico que no es de imaginería sino de una realidad distinta y vivenciada.

Esa oralidad escrita en lenguaje metafórico, simbólico y sentencioso permite al lector-oyente conocer el ambiente, las personas, los pensamientos y las creencias; no con un descriptivismo analítico sino en una esencialidad profunda.

La provincianía está mostrada sin cartografías ni postales sino en la calidad de una síntesis integradora.

Los Cuentos de Valle vicioso-1976-, dichos como Cuentos a dos voces -1979- conforman verdaderamente Una tierra contada -1979-. Y en todos palpita, sangra y suda el lenguaje, nuestro modo de ser y estar en la existencia.

Amable lector, el convite es claro, no dejes de compartir este banquete.

Don Juan Bautista, me permito disentir con usted: no es cierto que el olvido se queda al fin con todo. No es mi caso, ni el de muchos.

Lo escrito, escrito está.

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