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Cara y Cruz

Intentos envilecedores

25 de marzo de 2022 - 01:05

No por previsible dejar de ser lamentable. Con el telón de fondo del litigio entre albertistas y cristinistas por el acuerdo con el FMI, el Día de la Memoria por la Verdad y la Justicia se degradó en insumo político.

Una lástima, porque los derechos humanos son un terreno en el que la Argentina marcó un camino ejemplar en más de un aspecto.

Con el juicio a los dictadores genocidas bajo la Presidencia de Raúl Alfonsín en 1985, producto de la lucidez de dirigentes políticos que fueron capaces de encontrar puntos de encuentro y deponer posiciones en la comprensión de que era un acto tan necesario como riesgoso para aquella democracia todavía embrionaria.

Con la inclaudicable lucha de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo y las organizaciones de derechos humanos, que mantuvieron viva la memoria de la deuda hacia las víctimas del terrorismo de Estado que habían dejado pendientes las leyes de Punto Final y Obediencia Debida y los indultos.

Con la reanudación de los procesos contra los criminales en la Presidencia de Néstor Kirchner, posible precisamente por consenso social que fructificó de esa militancia sostenida.

Los derechos humanos fueron la base más sólida que encontraron la sociedad y la política para reconstruirse tras la crisis de 2021. Recuérdese: Néstor Kirchner había asumido como Presidente en mayo de 2003 con menos del 22% de los votos.

Es un dato central. En la búsqueda la legitimidad perdida, el sistema democrático amenazado por el caos y el vacío de poder no encontró amarradero más firme que la bandera de los derechos humanos. El resto fueron ejercicios de ingeniería electoral, captura de aparatos y burocracias clientelares: no había en aquel país estragado ninguna otra causa tan transversal y aglutinante como la de los derechos humanos.

Se trata de una conquista colectiva de primer orden, la más importante de la sociedad argentina, lograda con respeto pleno del orden jurídico, de modo que usarla con objetivos facciosos equivale a tratar de envilecerla.

Es lo que ocurrió ayer.

La multiplicación de actos por el Día de la Memoria marca la fragmentación política porque los actores políticos no pudieron resistir la tentación de usufructuar la fecha. Un peligro, porque podría ocurrir que tanto evidente manoseo afecte la eficacia de la causa que salvó al país en la cornisa del desastre.

El presidente Alberto Fernández y los artilleros de su vicepresidenta, Cristina Fernández de Kirchner, conmemoraron la tragedia por separado. Esta decisión para suficiente indicio de la profundidad e intensidad del divorcio oficialista: la pareja no se permite una tregua ni para el Día de la Memoria

Sin embargo, el diputado nacional Máximo Kirchner y el ministro de Desarrollo de la Comunidad de la Provincia de Buenos Aires, Andrés Larroque, los más encumbrados referentes de La Cámpora, supusieron que era necesario reforzar esta impresión con declaraciones dirigidas a marcarle los límites al Presidente.

Larroque se detuvo en su insignificancia electoral de Fernández. Le recordó su militancia a favor de Florencio Randazzo: “Fue jefe de campaña de un espacio que sacó 4 puntos en la provincia de Buenos Aires”.

Máximo eligió la fecha para romper un silencio de dos meses. “El Gobierno es con la gente adentro”, provocó hacia adentro en una entrevista concedida a militantes camporistas. Y después les tiró a los porteños. “A veces es una ciudad que tiene tendencia a votar a aquellos que quieren ocultar lo que hizo la dictadura, o que te discuten el número de compañeros detenidos desaparecidos y que directamente reivindican el accionar de la dictadura”, dijo.

El jefe de Gobierno Horacio Rodríguez Larreta aprovechó el pie. “En 1977 se llevaron a mi viejo en un Falcon verde. Gracias a Dios, apareció con vida unos días más tarde, pero lo sucedido me marcó para siempre”, respondió.

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