Durante su visita a Rusia, el presidente Alberto Fernández señaló su deseo de que la Argentina deje de depender tanto de Estados Unidos y el FMI, pero al mismo tiempo ofreció al país como una suerte de puerta de entrada de la nación presidida por Vladimir Putin a América Latina. En definitiva, coherente con los principios básicos de la diplomacia, el mandatario nacional dijo lo que su anfitrión esperaba escuchar.
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Ingenuidades geopolíticas
A lo largo de la gira, que incluye también a China, Fernández se ha pronunciado enfáticamente a favor de la multilateralidad, que debe entenderse como las relaciones entre países donde el reparto del poder sea más equitativo y, en vez de hipótesis de enfrentamiento que son características de la bipolaridad que estuvo vigente varias décadas, lo que debe primar son las actitudes colaborativas. Para ejemplificar su pensamiento citó al Papa Francisco, que alguna vez dijo, refiriéndose a las relaciones entre las naciones de mundo, que “es hora de construir puentes y derribar muros”.
La construcción de un mundo colaborativo es una expresión de deseos que no se compadece con la realidad globalizada. Es cierto que la hegemonía de Estados Unidos como emergió luego de la caída de muro de Berlín ha llegado a su fin y que el crecimiento de China y la siempre vigente influencia de Rusia, además del poderío europeo, que no necesariamente está alineado en todos los temas con la potencia norteamericana, han equilibrado el poder mundial, pero el orden globalizado está cruzado por las tensiones más que por las actitudes solidarias entre los países. En ese sentido, se parece más al que existía hasta fines de la década del ochenta, aunque sin la inminencia de un conflicto armado global como ocurría entonces.
El Gobierno nacional actual se diferencia claramente del anterior, el de Cambiemos, que apostó decididamente al alineamiento incondicional con los Estados Unidos con la equivocada convicción de que ese disciplinamiento a la estrategia geopolítica de la potencia occidental garantizaba un flujo de inversiones suficiente como para el despegue de la economía argentina.
Tal ingenuidad corre el riesgo de replicarse ahora, con otros protagonistas, si el gobierno del Frente de Todos cree que abrir las puertas del país –y de América Latina- a Rusia y China tiene solo beneficios y ningún costo. Ambas potencias mundiales tienen sus propios intereses, y ningún apoyo es a largo plazo gratuito.
Si bien la idea de la multilateralidad es superadora del alineamiento incondicional con uno de los polos de poder global, lo que conviene a los países de la región es potenciar a América Latina como un bloque unido y capaz de seguir la experiencia que en las últimas décadas llevó a cabo la Unión Europea. Sin embargo, el debilitamiento del Mercosur y la falta de estrategias comunes entre nuestros países, con gobiernos de signos políticos disímiles, debilita esa posibilidad, la única para que la región pueda defender sus intereses con cierta firmeza.