jueves 2 de abril de 2026
Cara y Cruz

Hay vida fuera del Twitter

La insensibilidad política y el reduccionismo financiero de Javier Milei fueron arrasados por una manifestación multitudinaria que se extendió por todo el país.

Menos que encontrar la horma de su zapato, la desmesura libertaria la construyó, encapsulada en el microclima de agresivo mesianismo que impregna la gestión presidencial y la enajena de la realidad.

Hay vida afuera del Twitter, después de todo.

El volumen y la consistencia alcanzados por el movimiento en defensa de la universidad pública no puede medirse en los likes que fascinan al Presidente. Si se exceptúa la fiesta mundialista es muy difícil, si no imposible, encontrar precedentes de movilizaciones de similar magnitud, extensión territorial y, sobre todo, genuino compromiso emotivo.

La reacción de Milei a tamaña expresión de rechazo fue tan típica como inquietante. Posteó en sus redes la figura de un león bebiendo “lágrimas de zurdos” en una taza, con la leyenda: “Día glorioso para el principio de revelación. Quien quiera oír (ver) que oiga (vea). Viva la libertad carajo”.

¿Cuántos de los que participaron de las marchas de ayer lo votaron?

Es una pregunta que alguien en su entorno tendría que hacerse e intentar responder, aunque sea después de contabilizar las por cómodas numerosas adhesiones virtuales.

El quiebre en el derrotero de la administración libertaria obedece a la ausencia de criterios para discriminar escenarios políticos y métodos para abordarlos. Es una revelación importante.

Aunque la movilidad social ascendente sea un fenómeno que no se registra hace añares, la universidad pública como factor de progreso, realización y equidad es parte medular de la identidad argentina. También es motivo de orgullo trasmitido por generaciones en una sociedad estragada por las calamidades. Millones de argentinos se formaron y pasaron parte de su vida en ese ámbito, tejieron allí lazos entrañables, vieron graduarse a sus hijos, nietos y afectos.

Es, de todas las degradadas instituciones nacionales, la más querida y valorada acaso la única. Era obvio que cualquier amenaza a su integridad provocaría un inmediato reflejo defensivo.

Solo el desvarío puede haberle hecho suponer a Milei y su cohorte de adulones que podría denigrarla con la misma impunidad que a los despreciados legisladores, gobernadores, políticos, sindicalistas, piqueteros y periodistas, con injurias al voleo y la descabellada imputación de “adoctrinamiento”.

La Auditoría General de la Nación audita las cuentas de las universidades, de modo que hay instrumentos disponibles para verificar las presuntas corruptelas y “kioscos”, por no hablar de lo que los propios cuadros universitarios libertarios podrían hacer en tal sentido si quisieran… o supieran.

Lo más grave, sin embargo, fue el cargo de incorrección ideológica, invariable pretexto de todos los regímenes que avanzaron sobre la autonomía universitaria.

La fugacidad de la dinámica virtual no ha de ser tanta como para haber tapado el recuerdo de las intervenciones de Juan Carlos Onganía y la Noche de los Bastones Largos, con su correlato de cesantías, persecuciones y fuga de cerebros que ratificaron con sus desempeños académicos en el exterior la calidad de la educación superior argentina. Fue en el ’66, tras el derrocamiento de Arturo Illia, cuando el “onganiato” iniciaba su delirio de uniformar el pensamiento. Tres años después estallaba el Cordobazo.

Conviene repasar la historia, que siempre se burla de las ensoñaciones fundacionales y las hipérboles ególatras.

Lo de ayer tiene su costado de justicia poética: las instituciones de la inteligencia, con todos sus defectos, le marcaron la cancha a la estupidez. n

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