La eficacia recaudatoria del “influencer” Santiago Maratea desencadenó un debate que alcanzó cotas asombrosas del absurdo. Como el Gobierno nacional quedó en falsa escuadra una vez más, ahora con el ministro de Ambiente y Desarrollo Sustentable, Juan Cabandié, de turno, sus escuderos no hallaron mejor recurso para tratar de sortear el mal momento que repudiar a Maratea, que lleva juntados más de 150 millones de pesos para combatir el fuego que arrasa Corrientes.
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Grieta embrutecedora
Millares de detractores repudian al muchacho como ariete de la “antipolítica” con consideraciones sobre el rol del Estado que no pueden trascender de lo teórico ante las evidencias prácticas.
La catástrofe correntina desnudó una vez la condición fallida del Estado argentino independientemente de las conductas o las preferencias ideológicas de Maratea.
La provincia mesopotámica viene de dos años de sequía y los focos de incendio eran alarmantes ya a mediados de enero. Las aflicciones de la casta política, sin distinción de banderías, recién se manifestaron cuando el fuego se desenfrenó.
Las llamas devoraron ya más de 800 mil hectáreas, el 10% de territorio provincial. El siniestro afectó la quinta parte de los emblemáticos esteros del Iberá, humedal que abarca unos 12. 000 kilómetros cuadrados, solo superado en extensión por el Pantanal (brasileño, boliviano y paraguayo), con el cual forman el segundo humedal más grande del mundo.
Frente a tamaño desastre desbocado, las autoridades argentinas piden auxilio internacional y se refugian en la religión: imploran por lluvias salvadoras.
Ya que les molesta Maratea, podrían convocar a algún chamán para que organice una danza, con Cabandié de bastonero.
El discurso antiestatista tiene en la Argentina el campo orégano por la defección y el fracaso del propio Estado. No es culpa de Maratea, sino de una estructura burocrática ineficaz que deja regalado los flancos permanentemente.
Mientras el fuego aceleraba su gula en Corrientes y el gobernador Gustavo Valdes pedía socorro desesperado, Cabandié se regodeaba en las recriminaciones facciosas. Aseguraba que el mandatario, que forma en Juntos por el Cambio, había rechazado la ayuda que el Gobierno nacional le había ofrecido en enero y que la responsabilidad por los incendios era de los productores.
Maratea puso en marcha la colecta y cosechó más de 100 millones de pesos en 24 horas, solvencia que le ganó el favor de la gente y los vituperios de quienes sin el menor empacho reivindicaban prerrogativas de un Estado que empezaba a desperezarse.
Potencia embrutecedora de la grieta: la ridícula controversia continúa, con los defensores de la Casa Rosada contabilizando la cantidad de veces que supuestamente se le ofreció ayuda a Corrientes y sus enemigos balanceando cuántos recursos nacionales habían recibido los distritos peronistas en comparación con la provincia del opositor Valdez. La ansiedad por torpedear al contrario barrió con cualquier vestigio de astucia e inteligencia. La controversia le viene a Maratea al pelo para seguir su ascenso.
Enajenación total: es peor un bruto que un malvado, decía Perón.
Para desazón de los estatistas, los resultados obtenidos han degradado al Estado argentino a lo indefendible: pobreza hacia el 50%, derrumbe de la calidad educativa, tercerización de la asistencia social, avance de la marginalidad en la que se ceba el crimen, zonas cada vez más extensas privadas de servicios elementales como el de salud, desaparición de la movilidad social ascendente. Tal es el problema, no Maratea, ni los libertarios, ni los antiestatistas. La nostalgia no va a resolverlo.
El desafío es evitar que la sociedad achaque a la democracia el fracaso de su clase política.
Un desafío, justamente, para estadistas, inconcebible para la estupidez ciega del fanatismo.