jueves 2 de abril de 2026
Cara y Cruz

Fuera del manual

En un ecosistema tan tramado por la especulación como el de la política, la foto que el gobernador Raúl Jalil se sacó el jueves con el presidente Alberto Fernández en la Casa Rosada resalta por su heterodoxia, mucho más si se considera que en ese momento disertaba y acaparaba la agenda en el Teatro Argentino de La Plata Cristina Kirchner.

Desde que confirmó que no intentará su reelección, del Presidente se huye como de la peste. El arco oficialista vira ya decididamente hacia el eje Kirchner-Sergio Massa, orientado por un foco de poder a partir del cual, supone, se reconstruirá el peronismo en la próxima etapa. Se salen por las orejas en el apuro por congraciarse con quienes diseñarán el nuevo esquema, aún misterioso.

Jalil se mantiene al margen de esta estampida más bien indecorosa y, contra toda lógica, fuera del manual, elige acompañar al Presidente caído en desgracia antes que plegarse al tsunami de humillaciones que son menos fáciles que gratuitas.

Nada cuesta, ningún coraje demanda, patear al que está en el piso. El entusiasmo empeñado en tales menesteres es elocuente sobre el carácter de quienes perpetran la pateadura, más si hasta hace poco se deshacían en loas al pateado. Suficientemente cruel es el destino de los vencidos como para encima sumarle el ensañamiento.

Por el contrario, solidarizarse con el derrotado suele generar mayores incomodidades, eventuales represalias incluso.

Los profesionales de la política le reprocharán tal vez a Jalil el hecho fotografiarse con el Presidente en las desangeladas oficinas de la Casa Rosada en lugar de meterse, más sensatamente, en la pechadera de la defección.

Sin embargo es posible, aún dentro de las implacables reglas del juego de poder, explicar su actitud.

Existen los códigos.

Fernández ha sido particularmente generoso con Catamarca, provincia a la que visitó durante su malogrado mandato en seis oportunidades –más que cualquier otro Presidente- y favoreció con inversiones nacionales significativas. Nada demasiado edificante podría decirse del Gobernador si lo abandonara en estas circunstancias aciagas para pasarse al cada vez más nutrido bando de los detractores.

No es descabellado conjeturar además que alguien, en algún lado, tomará debida nota de quienes se abstienen de las deserciones inmediatas, casi reflejas, para distinguirlos de quienes se atropellan desesperados a sobarle el lomo a los ocasionales triunfadores.

Más que ingenuo ha de ser el dirigente que no sabe discriminar a quienes lo abrazan solo porque esperan que les pague los copetines: serán los primeros en dejarlo en banda cuando las cosas se pongan difíciles.

Por ahí la conducta de Jalil hacia Fernández se valora con criterios menos mezquinos en ciertos círculos. Perón mismo solía ironizar sobre “las alharacas de los adulones” y, junto al clásico “Vae Victis”, conviene recordar que consumada la traición, no es necesario el traidor: Roma no paga traidores.

Pero más allá de cualquier conjetural proyección política, debe considerarse también el ingrediente humano.

Fernández ha quedado en una situación de extrema vulnerabilidad y es inofensivo. No carece de responsabilidades en su derrumbe, por supuesto, pero es obvio que necesita de respaldos anímicos mucho más que quienes se ocuparon de esmerilarlo sin misericordia después de haberlo llevado a la Presidencia. Nada puede esperarse de él desde el punto de vista político.

La imagen es clásica: al que se está yendo, al que la influencia se le diluye sin remedio, ya ni un café le traen.

En la desoladora senda hacia el despoder, al Presidente le habrá reconfortado constatar que no todos le vuelven la espalda.

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