Tengo un enorme respeto por la exageración. Diría, incluso, que no hay nadie en este mundo que respete a la exageración más que yo. Es una forma de la mentira a la cual le tengo no solo respeto, sino también cariño, porque exagerar le hace bien a mucha gente, y en general al mundo. La humanidad podría prescindir de la mentira lisa y llana, pero no de la exageración. La exageración es la esperanza hablando.
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Exageración
Por Rodrigo L. Ovejero
Profundicemos en esta última frase –usted puede hacerlo, lector, tiene el tiempo disponible, no puede negarlo, de lo contrario no estaría leyendo esta sección del diario- pensando en el ejemplo de un pescador que a su regreso cuenta a sus amigos la pesca del día, incurriendo en desproporciones notorias a la hora de describir su experiencia. Alega tamaños casi mitológicos y reacciona indignado al escepticismo de sus interlocutores. No está mintiendo: está deseando que la realidad fuera mejor.
El mundo va dejando cada vez menos espacio para la sorpresa. Los mitos desaparecen a medida que vamos aprendiendo de todo lo que nos rodea. Ya no podemos afirmar que las pirámides fueron construidas por extraterrestres, o que el Triángulo de Las Bermudas posee propiedades más allá del entendimiento humano, todos llevamos una cámara de fotos en el bolsillo, y justo ahora el monstruo del lago Ness no tiene ganas de salir a jugar. Necesitamos espacios de supervivencia de la fantasía, la posibilidad de adornar un mundo cada vez más enraizado en lo ordinario, en lo –valga la redundancia- mundano.
Por eso yo estoy haciendo mi parte a la hora de mantener viva la llama de la exageración. Tengo amigos que sufren de esta condición maravillosa que consiste en magnificar ciertos datos de sus relatos –sobre todo cuando les resultan favorables de alguna manera- y en los últimos años he aprendido a dejarlos ser. Antes les pedía fotos, recortes periodísticos, testimonios de terceros que convalidaran sus afirmaciones, cuestionaba los puntos inconsistentes de sus historias, les recordaba otras ocasiones en las que al final no había sido para tanto. En fin, no los dejaba ser felices. Ahora, en cambio, asiento entusiasmado ante sus narraciones, finjo asombro en los momentos claves y he notado que eso no solo los hace felices a ellos, sino también a mí, porque la felicidad de un amigo es la felicidad propia.
Mi opinión, además, es que siempre es necesario embellecer un poco el mundo. Echarle un poco de sal encima. La realidad es una de esas cosas que conviene aderezar de vez en cuando. Esta es una lección muy importante que aprendí de manera reciente, en la última edición de la feria del libro local a la que tuve la suerte de asistir. Aquel día yo acababa de dar una charla sobre literatura ante diecisiete mil personas, y al bajar del escenario tuve una conversación muy fructífera acerca de la importancia de exagerar.