jueves 2 de abril de 2026
Mirador Político

El Salieri del odio

Donde el kirchnerismo decía "Macri basura, vos sos la dictadura" y el macrismo "yegua chorra", Javier Milei sintetizó "casta"...

Donde el kirchnerismo decía “Macri basura, vos sos la dictadura” y el macrismo “yegua chorra”, Javier Milei sintetizó “casta” y refundó la grieta. Los Mozart del odio se afligen por el éxito de este aventajado Salieri, pero tal vez les sirva considerar la gravitación de las contribuciones que hicieron para favorecer su espectacular ingreso, durante los lustros en que intercambiaron improperios y saturaron la escena con las simplificaciones binarias que reducen la política a una guerra milenarista entre el Bien y el Mal.

Cosecharás tu siembra. Milei tiene el perfil místico adecuado para el disparate maniqueo y logró la hazaña de encerrar a los viejos y complementarios enemigos en el mismo polo execrable. En su catecismo, kirchneristas y macristas comparten el sitial de los réprobos.

La polarización enajenada

El 1 de septiembre de 2022, Fernando Sabag Montiel falla en el intento de asesinar a Cristina Fernández de Kirchner. El frustrado magnicida integraba una exótica agrupación política denominada Unión Republicana y lideraba, con su pareja Brenda Uliarte, la estrafalaria banda de “Los Copitos”.

Dos semanas antes del atentado, el fiscal Diego Luciani había pedido condenar a CFK por corrupción, equiparando la causa en la que inscribía la requisitoria con el histórico juicio a los jerarcas de la dictadura. “Nunca más”, dijo en su alegato, con escaso sentido de las proporciones. El planteo movilizó a la feligresía cristinista, que comenzó a congregar huestes todos los días frente a la casa de la Vicepresidenta. Sabag Montiel gatilló en la confusión de una de esas misas paganas.

El kirchnerismo adaptó el episodio a su saga y lo calzó en los casilleros de la grieta. Obviamente, los extraños magnicidas debían responder al mefistofélico macrismo. Justicia, medios y “copitos” no eran más que instrumentos de “Macri basura”. La confrontación con la Corte aceleró su escalada, emergió el submundo de los servicios y “hackers” que trafican escuchas ilegales.

La interpretación de cualquier episodio se forzó para hacerla encajar en una narrativa en la que Cristina reencarna al Perón derrocado por la Revolución Libertadora en 1955, mitología según la cual no es candidata porque, como Perón, está proscripta.

El macrismo se ajustó por su parte al diseño de la anacrónica polémica. Suponía que, debacle económica mediante, se impondría en la polarización propuesta por sus antagonistas, y que podría manipular a Milei como sumiso peón de esa controversia.

Las PASO revelaron el error de diagnóstico. Milei era síntoma; la patología era la enajenación de un sistema institucional empecinado en una agenda perimida.

Estragada por la prolongada crisis, la sociedad asistía a la disputa de una dirigencia ombliguista. Una disputa ajena, que se libraba sobre las ruinas generadas por los propios contendientes.

El libertario germinó y arraigó en ese inmenso universo electoral ignorado por los ensimismados adversarios, impregnado de depresión, bronca y resentimiento. El odio a la casta proporcionó consistencia y operatividad a una maquinaria cuyos componentes habían sido plantados por kirchneristas y macristas.

Para más de 7 millones de argentinos, las PASO fueron el “tiempo de revancha”.

En “La busca de Averroes”, Borges consignó “esa lógica peculiar que da el odio”. La política argentina está inmersa en ella desde hace años. El Salieri Milei ofrece una variación de la misma partitura.

También es de Borges la cita que mejor describe la angustia de “la casta” en estos inciertos días: “No nos une el amor, sino el espanto”.

Exclusión y desborde

En el concepto de exclusión hay una clave. No se trata solo de exclusión económica y social, sino también política. La antinomia kirchnerismo/macrismo deja demasiado afuera y es ineficaz para explicar la agobiante realidad argentina. Excluye, margina.

Las dificultades para comprender a Milei obedecen sobre todo a lo extremadamente heterogéneo del electorado expulsado de un litigio excesivamente reduccionista.

El libertario desbordó los escaques de la partidocracia tradicional, pero también a los movimientos sociales que el peronismo empoderó delegándoles el asistencialismo a los pobres. Estas organizaciones consolidaron su inserción después de la crisis de 2001, de la que Argentina salió con la pobreza estabilizada en un tercio de la población. 20 años después, está en el 40%: la declinación se ralentizó, pero no se revirtió.

La Matanza, el distrito más voluminoso de la Provincia de Buenos Aires, arrojó en las primarias el dato más paradigmático sobre el retroceso de estas burocracias afianzadas por un modelo de contención que perpetúa y cristaliza la pobreza que dice combatir.

Allí la atención estaba centrada en la contienda, dentro de Unión por la Patria, entre el intendente Fernando Espinoza y Patricia “Colo” Cubría, esposa del poderoso líder del Movimiento Evita, Emilio Pérsico. Pero Cubría perdió y el segundo candidato más votado fue el cantante de cumbia David Martínez, conocido como “El Dipy”, postulante de Milei.

Juan Grabois, que compitió contra Sergio Massa en la interna de Unión por la Patria, obtuvo 1,4 millones de votos, alrededor del 6% de los votos emitidos y el 4% del padrón general.

La herramienta de "la casta" para controlar la pobreza falló.

El desempeño de Milei fue extraordinario tanto por el volumen de votos alcanzado como por su extensión territorial. Ganó en 16 provincias y no gobierna ninguna. Sin aparato: se trata de un inquietante electorado fuera de control.

Marginalidades

La exclusión genera marginalidad. El sentido común asocia inmediatamente exclusión y marginalidad con pobreza. Multitudes de pobres e indigentes hay, qué duda puede caber, pero acaso haya que dejar de hablar de marginalidad y avanzar hacia el plural de las marginalidades.

Se requiere una lectura cualitativa antes que cuantitativa ¿La habrá hecho Milei, o acertó de pura chiripa?

A lo largo de un proceso correlativo al sostenido deterioro de las condiciones de vida, la mitad de la economía argentina cayó en la informalidad. La movilidad social no desapareció: invirtió su sentido y es descendente. Pero la pauperización explica la informalidad solo en parte. Es posible que, mientras la política tradicional se encapsulaba demonizándose mutuamente, un ecosistema diferente y complejo fuera conformándose con los marginados de la agenda, justamente, para irrumpir ahora.

¿Todos los marginales son pobres? ¿O habrá marginales pobres, no tan pobres y hasta ricos? ¿Cuántos de esos marginales piensan como el “copito” Sabag Montiel? ¿Cuántos marginales se autoperciben –el término está de moda- como tales? ¿Cuántos quieren dejar de serlo? Y lo más importante: ¿Por qué querrían dejar de serlo?

Se prescinde de las aserciones deliberadamente. Lo que abunda son las preguntas, porque las certezas han sido arrasadas por un electorado misterioso.

La política tradicional y sus satélites esgrimen la amenaza de que Milei dinamitará el Estado y derogará derechos, pero para algunos el Estado es un ente expoliador que no soluciona nada, para otros una cueva de parásitos, para unos terceros el enemigo y para otros ni siquiera existe. En lo más sumergido de las villas, el que existe es el cura, el pastor evangelista y hasta el “dealer”, no el Estado. El narco, incluso, proporciona el trabajo y la protección que el sistema formal niega ¿A esa gente se pretende amedrentar con la ausencia del Estado?

A tan disímiles visiones se suman las de quienes, aún dentro del sistema, cuentan las monedas para llegar a fin de mes mientras son agredidos por permanentes y obscenas exhibiciones de lujo. Ellos también se sienten marginados.

Milei podrá estar loco, pero sus resultados indican que ha hecho un análisis de esas enigmáticas marginalidades mucho más sutil que los supuestamente expertos políticos. En base a ella, consiguió instalar un relato épico y movilizador en contra de las vetustas recetas de “la casta”.

Tal vez las respuestas son esquivas porque las preguntas no son las correctas. Juzgar no es lo mismo que entender: a esta altura resulta evidente la insuficiencia de insistir con las descalificaciones al líder libertario. Ya se han hecho, no estará de más reforzarlas, pero se alzó con el triunfo pese a ellas.

A través de Javier Milei, la sociedad ha enviado un mensaje. De acá a fin de año, en dos turnos electorales infartantes, dependerá de la inteligencia política descifrarlo, para evitar que el apercibimiento evolucione a un peligroso telegrama de despido y el colapso se materialice.

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