La conmoción desatada por el acuerdo entre Mauricio Macri y Javier Milei dificulta la percepción de un elemento clave en la etapa que se abrirá en diciembre: la primera vuelta estableció la estructura institucional con la que tendrá que operar el próximo Presidente y no está sujeta a modificaciones en el balotaje.
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El romance de la terrorista y el traficante de órganos
Este diseño es el embrión de un reordenamiento tendiente a revertir la fragmentación que ha sumido a la política argentina en la impotencia. Juntos por el Cambio tendrá en él 10 gobernadores contra los cuatro que tiene ahora, retendrá casi un centenar de bancas en la Cámara de Diputados y 24 en el Senado, controlará más de 500 municipios y mantendrá gravitación importante en concejos deliberantes y legislaturas provinciales.
Quiere decir que, aunque Patricia Bullrich haya quedado sin chances para la Casa Rosada, Juntos salió del accidentado proceso electoral mejor parado de lo que estaba: como Unión por la Patria, retrocedió en el poroteo parlamentario debido a la irrupción de los libertarios, pero ha duplicado su capilaridad territorial.
Este capital es el que se propone dinamitar Macri jugando a todo o nada por Milei para tratar de impedir que Sergio Massa acceda a la Presidencia.
Fracasada la operación para encumbrarse a través de Bullrich, boicotea el potencial que ofrece el tablero institucional ya instalado para restaurar el deteriorado ecosistema político, atenta contra la integridad del colectivo al que las urnas asignaron el rol de acotar eventuales desbordes autoritarios y estimula la fragmentación en lugar de desalentarla, con una maniobra de típico corte populista: la determinación de acordar con Milei fue unilateral, personal y no se sometió a procedimiento institucional de toma de decisiones alguno.
El radicalismo, la Coalición Cívica, referentes de relieve del PRO como Horacio Rodríguez Larreta y María Eugenia Vidal y los 10 gobernadores de Juntos por el Cambio la rechazaron.
Los radicales Gerardo Morales y Martín Lousteau acaudillan con Elisa Carrió un antimacrismo incipiente en las filas opositoras, mientras Macri quema sus naves y busca incrementar las deserciones.
Rencores destilados
Es preciso consignar un detalle: para Macri, Massa es un archienemigo en medida mucho más intensa que Cristina Fernández de Kirchner, con quien compartió los dividendos de una grieta funcional a ambos, de la que se retroalimentaban.
Rencores destilados movilizan al expresidente.
Rechazado para integrar Cambiemos en 2015 con su Frente Renovador, Massa se postuló a la Presidencia con Unidos por una Nueva Alternativa, una opción ajena al kirchnerismo y el antikirchnerismo que conformó con José Manuel de la Sota, a quien derrotó en unas primarias de lo más cordiales. Obtuvo alrededor del 21% en la primera vuelta y se acercó a Macri para el balotaje.
En enero de 2016, a un mes de asumir como presidente, Macri sumó a Massa a la comitiva argentina que participó del Foro Económico Mundial de Davos, donde lo promocionó como un promisorio líder del PJ. Pero el experimento de la convivencia naufragó a poco de empezar y Macri comenzó a llamarlo “Ventajita”.
La inquina agregó un abono nuevo este año, en el que Massa logró lo que el expresidente no se animó ni siquiera a empezar.
Macri desistió de competir por la Presidencia porque se achicó frente al rechazo a su figura que marcaban las encuestas. Le pareció ilevantable y se volcó a la intriga intestina en Juntos por el Cambio sirviéndose de Patricia Bullrich, con quien neutralizó a Rodríguez Larreta en las PASO.
Massa, en cambio, no se amilanó por los sondeos y las condiciones adversas a su consagración. Consiguió bajar las candidaturas en Unión por la Patria de Eduardo “Wado” de Pedro, instigado por Cristina Kirchner y Daniel Scioli, respaldado por Alberto Fernández, y sacó de la catacumba electoral al Gobierno implosionado del que forma parte, pese a la inflación del 140%, el 40% de pobreza y el dólar por encima de los mil pesos.
Insoportable. Para Macri, que el detestado “Ventajita” llegue al poder después de haber sorteado tantas dificultades equivale a una tragedia existencial.
Es lo único que explica que torpedee lo que Juntos consiguió para proyectarse en la etapa que viene independientemente de la derrota de Bullrich. Las maniobras carecen de racionalidad política porque en ella priman los móviles personales, más arduos de desentrañar.
Si se consideran los excéntricos rasgos emocionales del nitroglicerínico Milei, el pacto configura toda una síntesis de época.
Las categorías psicológicas y psiquiátricas son más adecuadas para el análisis que las políticas.
Grotesco
Macri, como Presidente, no supo, no quiso o no pudo trascender la dicotomía kirchnerismo/macrismo y quedó atrapado en ella. Tampoco lo consiguió Alberto Fernández.
El fenómeno Milei es consecuencia de esos dos fracasos. La sociedad en crisis, pauperizada, desbordó el formato y canalizó su frustración a través de él.
El libertario ascendió en base a una reorientación del odio que se profesaban mutuamente kirchneristas y macristas, a quienes logró hermanar en el exitoso concepto de “la casta” como blanco de la repulsa social. Así capturó el 30% de las preferencias del electorado.
El gravísimo problema que tiene ahora es que la iracundia y los insultos que repartió indiscriminadamente en su derrotero ascendente clausuraron las posibilidades de ampliar su base y darle consistencia. Por eso quedó a expensas de Macri, único dirigente al que en lugar de dislates le dispensaba elogios.
Los precedentes convierten la reconciliación con Bullrich a solo 48 horas de la elección, en una escenificación grotesca.
El libertario atormentaba a su antagonista con el epíteto de “montonera”. En el extremo de los denuestos, la sindicaba como una terrorista y asesina, que en su alucinación violenta no había trepidado en poner bombas en jardines de infantes.
Bullrich, por su parte, le retrucaba con barbaridades de similar calibre, entre las cuales se destacó la que lo descalificaba como promotor de un mercado para secuestrar niños y traficar órganos.
Acaso Macri hubiera obtenido mejores resultados si afrontaba la pelea electoral personalmente en lugar de desertar de su liderazgo para enredarse en barroquismos conspiratorios, pero debe reconocérsele la audacia de intentar reposicionarse desde tan indignos insumos.
Se trata de una apuesta fuerte, a la que solo una victoria de Milei despojará de su condición tardía y extemporánea.
Es el gran interrogante que se abre a tres semanas del balotaje: cuántos votos logrará retener y sumar para La Libertad Avanza Macri, celestino del inaudito romance entre la terrorista y el traficante de órganos.