Durante la semana que termina se presentó el informe anual 2022 de la Red de Información sobre Seguridad Alimentaria (FSIN). Aunque previsibles, los resultados son de una gravedad inusitada: el número de personas que enfrentan inseguridad alimentaria aguda aumentó a 258 millones en 58 países en 2022. Quienes padecen de inseguridad alimentaria aguda son aquellas personas que requieren asistencia alimentaria, nutricional y de subsistencia urgente, pues están al borde de la inanición.
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El mapa del hambre es el mapa de la desigualdad
El informe añade que más de 35 millones de niños menores de cinco años sufrieron desnutrición aguda, con 9,2 millones de ellos con desnutrición severa, la forma de desnutrición que más amenaza su vida y uno de los principales contribuyentes al aumento de la mortalidad infantil.
La previsibilidad mencionada se debe a que los datos se vienen agravando en los últimos años y no había en 2022 atisbos de que la tendencia se revirtiera. Todo lo contrario: la guerra entre Rusia y Ucrania, que provocó un aumento en el precio internacional de los alimentos y de la energía, era un factor que anticipaba la debacle.
El mapa del hambre es también el mapa de la extrema desigualdad. No faltan alimentos en el mundo. Están mal distribuidos, como el resto de los bienes. Mesas opulentas y grandes desperdicios de alimentos son la contracara del hambre que impera. La desigualdad es entre los países y, hacia adentro de ellos, entre sectores sociales. Hay países extremadamente ricos y países extremadamente pobres. Y en las sociedades hay personas extremadamente ricas y personas extremadamente pobre. Estas últimas son las que padecen de inseguridad alimentaria.
Lo mismo sucede en la Argentina. Un informe de UNICEF del año pasado indica que el 7% de los niños, niñas y adolescentes argentinos se saltea alguna de las comidas principales, una cifra que asciende al 23% en el caso de los adultos. Las cifras empezaron a empeorar en nuestro país en 2017 y la tendencia continúa hasta la actualidad
Si la causa de la pobreza y de la inseguridad alimentaria es la desigualdad, el modo de corregirla es ejecutando políticas que promuevan una distribución más equitativa de la riqueza y el ingreso. Que la economía crezca no alcanza: el derrame de la opulencia no existe. Los datos de la economía argentina de los últimos años son reveladores. Los años 2018, 2019 y 2020 fueron de recesión. Pero los dos últimos años hubo crecimiento de la economía. Pero la pobreza no logra bajar porque el beneficio del crecimiento se lo llevan solamente algunos sectores concentrados de la economía.
El desarrollo de los países debe ser sostenible e inclusivo y este desafío exige cambios estructurales. Lo señala en el prólogo del informe de la FSIN el secretario general de la ONU, António Guterres: "Esta crisis exige un cambio sistémico fundamental. Este informe deja claro que el progreso es posible. Tenemos los datos y el conocimiento para construir un mundo más resiliente, inclusivo y sostenible donde el hambre no tenga hogar, incluso a través de sistemas alimentarios más fuertes e inversiones masivas en seguridad alimentaria y nutrición mejorada para todas las personas, sin importar dónde vivan”.