Era lunes. Estaba amaneciendo. Esa semana tocaba limpiar el cementerio. Ella
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El limbo
prefería trabajar en la plaza, porque ahí era más transitado y podía distraerse mirando las vidas ajenas, como en un cine. Pero a los empleados municipales que compartían el cobro de un plan no les estaba permitido elegir dónde hacer su tarea. Por suerte no iba sola a la morada de los muertos, el equipo era de cuatro, dos hombres y dos mujeres.
A ella la cargaban diciéndole que si seguía fumando así pronto ocuparía una de esas tumbas. Se reía tratando de disimular su miedo, porque cada vez que se miraba al espejo se veía más cadavérica.
El camposanto estaba alejado del pueblo. Para llegar había que andar unos tres kilómetros, la primera mitad del camino bordeado por fincas verdes y prolíficas y la otra, después de cruzar el vado del río seco y pedregoso, era polvorienta y triste.
La faena empezaba desde el portón de ingreso. Con hojas de palma traídas de la plaza, las mujeres barrían la avenida que terminaba en un Cristo con los brazos abiertos, en espera de los muertos y dolientes. A los pies de esa estatua había una pequeña mesa de mármol que servía para las misas o para poner velas.
Una seguía por los senderos de tierra del este y la otra por los del oeste, mientras los hombres controlaban la maleza con afilados machetes y sacaban los brotes de chañares talados que se empecinaban en seguir saliendo desde debajo de las tumbas. Quién sabe si no arrastraban algún resto de muerto.
Solía elegir la mitad oeste porque ahí estaban los mausoleos más grandes y vistosos. La arquitectura barroca de algunos sepulcros marcaba también el estatus de las familias que los ocupaban. Construcciones altas, cubiertas con cerámicos negros, algún trozo de mármol y placas doradas. Empleaba mucho de su tiempo lustrando y espiando a través de las puertas de hierro forjado y vidrio. Estaban con llave y solo las abrían los familiares cuando renovaban las flores artificiales o agregaban algún fetiche.
Le gustaba uno de los sepulcros en especial, estampa de la tragedia de una familia muerta en un accidente. Adentro se observaban dos ataúdes grandes de madera oscura y tres pequeños, uno blanco y dos rosas. Sobre los cajones de las niñas se veían dos muñecas de plástico, una rubia y otra pelo negro; un perrito y un osito de pañolenci; un auto policial de chapa, blanco y negro, y una pelota de goma que ya estaba medio podrida, sobre el blanco.
Cada quien se concentraba en su trabajo y, sin decirlo, ninguno limpiaba el limbo, una especie de patio trasero donde van a parar los cuerpos sin lugar ni nombre. San Agustín lo describió como algo muy parecido al infierno, pero menos doloroso físicamente. Una visión vernácula de la Divina Comedia.
La impresionaba ver solo tumbas pequeñitas, algunas muy viejas, bultitos de tierra con cruces de madera ya carcomida y desintegrada. Las almas de las guaguas que ahí yacían no estaban ni en el cielo ni en el infierno, porque no fueron bautizadas y cargaban con el pecado original. Pensaba que no es cierto que la muerte nos iguala, si sos pobre morís pobre: enterrado en la tierra, envuelto en las raíces que seguramente no te dejarán llegar al más allá. Y si encima no te bautizaron, nadie te nombra. Así que sería mejor que esa dolorosa estampa quedara perdida bajo la maleza. Pensó en su último nieto y deseó que el tiempo pase rápido para su bautizo.
Al salir al mediodía, recorrían el camino de regreso riendo y fumando, intercambiando historias de espantos y fantasmas, de aire que les soplaba en la nuca cuando no había viento, de silbidos, de pájaros blancos que se posaban en las tumbas del limbo y que ellos llamaban “almitas”.
Ya en sus casas, se quitaban la ropa, la lavaban, sacudían la tierra del calzado y se bañaban para quitar cualquier resto de polvo, por miedo a que se les pegue la muerte.
El martes, también temprano, los bajaron de la camioneta municipal para que siguieran trabajando. Buscaron las herramientas y continuaron adonde habían dejado el día anterior. Ella estaba llegando casi al final de su zona cuando le llamaron la atención unos objetos de colores desparramados en el limbo. No podía distinguir de qué se trataba, así que decidió acercarse. Ahogó un grito de terror cuando encontró sobre las tumbas de las almitas anónimas los juguetes de los niños del mausoleo grande.
Sus compañeros se acercaron a mirar y con la pala y el rastrillo levantaron esos pedazos de infancia y los dejaron en la puerta del mausoleo de sus dueños que seguía con llave.
Ese día el regreso fue en silencio.
El miércoles, al ingresar al trabajo, lo primero que hicieron fue ir a ver si estaban los juguetes donde los habían dejado, pero no. Esta vez encontraron sobre la mesa de mármol al pie de Cristo las muñecas. La pelota y el autito estaban en el suelo, como si recién un niño hubiera dejado de jugar. Faltaban los animalitos de felpa.
Decidieron informar lo que pasaba y pedir el relevo de la limpieza del cementerio.
Ella se quedó esa mañana en su casa, y a la hora que debía entrar a trabajar escuchó risas de niños en la pieza de su hija y su nieto. Entró a mirar. En la cuna donde el bebé dormía plácidamente, encontró los juguetes del cementerio. Mientras colgado en una percha se mecía el ajuar de bautismo que su nieto debería estrenar la próxima semana.
Un día cualquiera
Hoy hizo tres casas. De 8 a 12 en lo de los Ahumada empezó baldeando la vereda, como le gusta a la señora –de paso no la multan-. Apenas tuvo tiempo de devorar un sandwich en la plaza y pasó a los Villas Terán. Hasta las 18 planchó sábanas y manteles, lustró pisos y muebles. La patrona le pagó y le dijo “sos la mejor”.
A las 18.30 tocó el timbre en el departamento de Irina, que aunque vive sola, junta la mugre de la semana. El cuerpo quiere decirle basta, pero necesita tirar un poco más hasta llegar a casa. Se estira como un gato, se pone los zapatos, una blusa y sale. Comienza a llover. Camina rápido, sin embargo, la parada del 104 se siente cada vez más lejos. En una ciudad donde nunca llueve el agua lo complica todo. Con una bolsa de cartón intenta cubrirse la cabeza, mientras esquiva las baldosas flojas y los charcos. Se maldice por no haberse quedado con las zapatillas.
Al fin llega a la garita donde unas diez personas esperan el mismo ómnibus. Logra subir empujada por los demás. Quisiera sentarse pero ya hay gente parada en el pasillo. No le queda otra que colgarse de la correa y tomar con fuerza la manopla. Por 20 minutos se balancea al ritmo de las frenadas y arrancadas del vehículo. Tiene miedo de dormirse. Todavía debe caminar 8 cuadras hasta el asentamiento.
Mientras abre la puerta piensa en el esfuerzo matutino de lavar la vereda de los Ahumada, un desperdicio. Arroja la bolsa de cartón sobre la mesa y se desploma vestida sobre la cama.
Mi Santita
Escriba todo como le digo, porque después uno lee y sacan la mitad de las cosas, otras veces ponen lo que quieren. No sé para qué hacen entrevistas entonces.
Todavía me acuerdo cuando vino la Santita, a mí que nadie me tocaba, me levantó y me llenó de besos. ¡Cómo no quererla! Ni mis piojos le daban asco, me acariciaba la cabeza. Así deben querer las madres, yo no sé porque no tuve, o sea, sí tuve pero no la conocí, padre tampoco.
Tenía ganas de rogarle que me lleve con ella, pero no podía hablar. Estaba así, muda, hasta que solté la lengua y les mostré que sí podía, como les fui mostrando otras cosas con el tiempo.
Yo fui la primera en entrar cuando ella nos regaló esta casa y me quedé para siempre. Por eso les dije -¡escriba tal cual!- de acá me van a sacar con las patas para adelante, porque ella me habló: “Este lugar es para vos”, y me regaló una muñequita negra con vestido rojo con lunares blancos. De la mano me llevaba y me mostraba: acá está la cocina para que coman rico, y la caldera para que tengan agua calentita, también camas con sábanas y colchas limpitas, ¡todo nuevo! La biblioteca con un montón de libros, útiles y juguetes de madera, otros de lata, todos pintaditos esperando que alguien los haga jugar. Y decía a cada rato que los privilegiados son los niños. Ya sé que no soy niña, pero tengo derecho a seguir viviendo aquí. Si no conozco más casa que ésta. ¿Adónde quieren que vaya?
Los demás vinieron después, de a poco, y los fines de semana se iban a sus casas, menos yo. Me decían la guacha, se burlaban porque aquí me hacían limpiar. Me mezquinaban los juguetes y hasta los útiles, pero yo igual aprendí a leer y escribir. Sí señor, como le digo, a mí nunca me respetaron mis privilegios de niña. Tenía que acomodar lo que los otros desordenaban, a veces a propósito para que no pueda ir al recreo. Yo los veía crecer y no volver más, yo también crecía pero seguía acá, limpiando. Conozco cada rendija por donde se cuela el polvillo, sé manejar las máquinas de lavar y también la caldera. Hasta a cocinar aprendí. Todo gratis. Y ahora que estoy vieja me quieren correr.
Que se enteren todos, porque la Santita me dijo que esto es mío y aquí me quedo, con las patas para adelante me van a sacar…
Isabel (Chabe) Ruiz
Profesora en Letras egresada de la Universidad Nacional de Catamarca. Recientemente jubilada como docente, tras ejercer ese rol por 31 años en escuelas secundarias de San Fernando del Valle. Integró el Taller Literario Umbral. Durante 29 años trabajó alternativamente como Jefa de Corrección y editora de la sección y suplemento Educativo de diario El Ancasti. Durante 2018 y 2019 fue Referente del Plan de Lecturas de Catamarca, etapa en la que coordinó diversas propuestas para lectores de todas las edades. Desde hace cuatro años cursa un taller de escritura literaria con la escritora y dramaturga Maricel Santín.