martes 2 de agosto de 2022

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Cara y Cruz

El GAN cristinista

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21 de julio de 2022 - 00:55

Impermeable a las inquinas particulares y las intransigencias ideológicas, la dinámica económica escala en la crisis como siempre: lógica del sálvese quien pueda, en el contexto de la descomposición política de un gobierno nacional incapacitado para resolver sus rencillas internas que empieza a tentar puentes hacia la oposición, desesperado frente al vacío.

Es simple: no hay plata. Las reservas del Banco Central están reducidas a lo mínimo indispensable, la devaluación es el único camino que asoma para que los exportadores vendan y suministren los dólares indispensables para comprar combustible, sostener los subsidios a la energía y eludir la cesación de pagos. Con esta debilidad extrema, al presidente Alberto Fernández asistirá la semana que viene que pedir la escupidera a su par de Estados Unidos, Joe Biden.

En el frente interno, el oficialismo requiere el concurso de la oposición a la que, Cristina mediante, se cansó de defenestrar y desacreditar moralmente. La necesidad tiene cara de hereje.

Las señales para una conciliación que evite la debacle parten de quien ya indudablemente sostiene alguna consistencia política en el Frente de Todos. No el Presidente, sino la Vice, que fracasó en su intento de cambiar la agenda echándole la culpa del desastre a la Suprema Corte de Justicia.

En la reunión del Consejo Interamericano de Comercio y Producción, el ministro del Interior, Eduardo “Wado” de Pedro, convocó al jefe de Gobierno porteño, Horacio Rodríguez Larreta, “a consensuar la estrategia productiva, porque ese consenso tiene que ser una de las políticas que no se puedan cambiar”, más allá de los cambios de Gobierno.

“Es el consenso de cómo nos insertamos en el mundo”, dijo.

El kirchnerismo enfila por la senda marcada por Cristina, que insiste con un gran acuerdo político para acabar con los perjuicios de la “economía bimonetaria”.

Alberto Fernández, mientras, padece los efectos de una estampida de respaldos, aferrado a la precaria tregua pactada con su Vice tras la renuncia de Martín Guzmán al Ministerio de Economía y a los resultados que pueda obtener la sucesora, Silvina Batakis, cuyos anuncios fueron saludados con una gélida indiferencia por La Cámpora.

Lo de Wado no fue tan inesperado.

El periodista Horacio Verbitsky fue el primero en sugerir el aliado idóneo para saltar la grieta con el odiado Mauricio Macri y avanzar en el acuerdo que postula Cristina.

En su columna dominical inmediatamente posterior a la renuncia de Guzmán, consignó que la Vice no tiene decidido candidatearse el año que viene –“Por ahora, no”, tituló- y que Rodríguez Larreta es el “único” dirigente de la oposición que da la talla para comprenderla.

“Pero los dogos de su coalición lo destrozarían si se sentara con Cristina”, relativizó.

Una semana después, cuando Cristina ya había compensado con otra clase magistral en El Calafate el arrebato de protagonismo que Guzmán perpetró en su contra al anunciar su dimisión justo cuando ella disertaba en Ensenada, Verbitsky insistió en la columna “La Dolorosa”.

El embate de la economía concentrada, consideró, “solo puede enfrentarse con un acuerdo político amplio, porque de otro modo nadie podrá gobernar la Argentina, sostiene la vicepresidenta”.

“Horacio Rodríguez Larreta es el único dirigente opositor relevante que podría recoger ese guante, pero eso requeriría un coraje que aún no ha demostrado poseer”, analizó.

Sorprendente desemboque de la catástrofe. El cristinismo explora un Gran Acuerdo Nacional como el que en 1971 tiró el presidente de facto Alejandro Agustín Lanusse.

Hace 50 años que la Argentina busca lo mismo, pero ahora surgió un nuevo actor: los movimientos sociales que marcharon contra el Gobierno peronista.

Medio siglo y de nuevo al voluntarismo. Un síntesis de la degradación.

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