EL VIAJE SIN REGRESO
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Dos cuentos de Juan Bautista Zalazar
(De “La Tierra Contada”)
Cuando la Catalina y el tío Joschi se casaron, en medio del verano, todas las malicias del Valle Vicioso se hicieron lengua. Hasta el mudarrón de Don Sixto soltó su comentario:
-Macho viejo no suelta trote.
Y el hijo, no menos ponzoñoso agregó:
-Como ella está justamente en edad de merecer habrá que darle una manito.
Tan luego él que andaba hecho una chuspa y como huevo sin galladura. Todo porque la Catalina tenía 15 pobrezas y tío Joschi 72. Sí. Así como lo oye. Uno de los vecinos de su tiempo se decía al tío Joschi:
-No le aflojés la cincha al macho, Joschi -Y se lo decía con aunchi y todo.
Los comentarios llegaron a la sonrisa burlona hasta la mordedura cuando a su turno y antes del año la Catalina tuvo mellizos. Y los tuvo en una trilla, casi sin atención, pues la auxiliaron las mujeres que trabajan con ella silbando para llamar al viento y aventando el trigo.
No había tiempo ni para creerlo.
-Las gallinas también ponen del viento -había dicho la Lonjuda.
-Como no les dan calambres en la lengua -había defendido uno de los sobrinos de tío Joschi.
Y tío Joschi andaba hecho unas pascuas. Pues como suele decirse los dichosos ven el mundo mejor. Y para desbaratar un poco los supuestos a las dos niñitas las han reconocido apenas las han visto.
Tenían la cara del padre, de tío Joschi en persona.
-Pensar que hay corazones que se comen al hombre -dijo al pasar una hermana de tío Joschi.
Vivían pishi -pishi, pero felices en un rancho de la loma, en la Banda de las Lechuzas. Hasta que una noche apareció en el alero el pischo tapia con su chistido de muerte. Lo hizo resonar tres veces en la altanoche. La Catalina y tío Joschi se estremecieron. Se santiguaron. Ya en noches anteriores habían escuchado por las viñas cercanas un silbido laaargo.
Al día siguiente tío Joschi amaneció enfermo. Se sentía repentinamente viejo y sin fuerzas. Nadie sabía, ni él mismo, su edad. Se calculaban unos cien años fáciles. La culpa tomó para unos tamales que seguramente le habían caído pesados el día anterior. En el rancho se sentía ya el olor de la muerte.
Había que matar ahorita mismo la gallina que había cantado temprano esa mañana. Llamaron al curandero colla, pero todo fue inútil. Tío Joschi murió nomás. Pero se murió nomás. Una de las mellicitas había muerto años ha y la que quedó se había casado y vivía en Cuipán, ya con hijos.
Después la Catalina se fue al norte, a la cosecha de la zafra, con otro hombre. Es cierto que era como bumbula y caminaba como remando, igual que su madre. La despedida con sus vecinos fue muy triste. Como era costumbre, el día de su partida en el enganche, se barrió bien la casa y se guardó basura en un latón. No se debía ni tirar, ni quemar ni volver a barrer hasta que hubiera noticia de los viajeros.
Al cabo de quince días la Catalina decidió regresar a su pueblo. No se amañaba ni el hombre que la tenía la trataba bien. Tomó a su hijito de apenas meses en los brazos, pero al llegar a la estación de Orán el tren ya se ponía en movimiento. La Catalina lo corrió como una cuadra sin alcanzarlo y luego cuatro cuadras y más cuadras hasta que ya cayó sin fuerzas, gritando su sueño de volver al pueblo natal. Cuando la recogieron estaba ya agonizando.
LA CARCAJADA
(De “La Tierra Contada”)
Hacía ya varias noches que la carcajada merodeaba por el cielo de la casa. El miedo se agazapaba a las doce de la obscuridad y a las doce lo aprendía de sus perros. Toda la noche se metía en las doce.
Al día siguiente las conjeturas soltaban sus dientes que la comadre Tal quería hacernos mal… Que a doña Rufinita le habían visto más honda la arruga de su garganta por donde se desprendía de su cuerpo durante la noche… Que había que chupar sal para espantarla… Que con la alpargata de un Juan se podía atraparla.
A lo largo del día que se me había aleccionado cuidando todos los detalles. Debía explotar el sortilegio de mi nombre para atrapar a la bruja. Acaban de cerrarse los coyuyos del lado del verano cuando las camas fueron tendidas, como de costumbre, en el ancho patio. La mía cerca de la de mis padres para vigilarme y cubrirme el miedo. Me acosté casi vestido, con un montón de duendes adentro de mis diez años. Alrededor de las once comencé a contar y calcular el tiempo. Medía la espera y los ojos escondidos de la noche. Era el tiempo sin tiempo. Pero las doce habían pasado ya sin novedad y comenzaba a doblegarme el sueño cuando un rumor de alas estremeció nuestra espera. Y la carcajada estalló su burla en las alturas. Con brazo raudo tomé una de mis alpargatas y la arrojé hacia la noche. Y la alpargata cayó de vuelta con la carcajada adentro. Cuando mi madre corrió hacia el lugar vimos salir de la alpargata una gallina negra que cloqueaba nerviosamente. Mi madre la tomó con decisión y, sin vacilar, la llevó por las alas hacia la cocina y la arrastró por el rescoldo y la maldijo y la golpeó contra el suelo y la arrastró de nuevo hasta quemarla y…la soltó. Dejando un penetrante tufo de plumas requemadas el animal se perdió entre las chilcas y la noche, aleteando despavorido.
A los primeros párpados del alba ya se corrió la noticia.
Doña Rufinita había amanecido enferma. Nadie la había visto. Pero todos aseguraban que la curandera del lado la atendía de graves quemaduras.