viernes 24 de junio de 2022

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Editorial

Del negacionismo a la fobia

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22 de junio de 2022 - 01:15

Durante los peores momentos de la pandemia, cuando se multiplicaban los casos pero también las muertes por Covid-19, hubo comportamientos que subestimaron los efectos de la enfermedad y, aun sin intención, contribuyeron a empeorar la situación. Personas que no respetaban el aislamiento obligatorio, la distancia entre personas o el uso de barbijo. O que, más cercano en el tiempo, cuando ya las vacunas empezaban a demostrar su eficacia para evitar los casos más graves y las muertes, mantenían una prédica en contra de este método de prevención.

Luego de dos años y tres meses de pandemia, es posible observar muchas actitudes que tienen un objetivo centrado en las antípodas del propósito mencionado. Son conductas excesivamente cautelosas que, llevadas a un extremo, se convierten en trastornos obsesivos o verdaderas fobias, un emergente entre tantos de los efectos del coronavirus en nuestras vidas.

Es imposible confeccionar un registro que dé cuenta de la magnitud de ese impacto. Es decir, construir estadísticas que permitan una aproximación respecto de la cantidad de personas que han incorporado como permanentes hábitos que están condicionados por el miedo a enfermarse. Mujeres, hombres y también niñas y niños que no quieren viajar, o concurrir a determinados lugares, o que tienen temor de ir al lugar de trabajo o a la escuela.

Gustavo Bustamente, doctor en psicología y presidente de Fundación Fobias Club, sostiene: “Por un lado, hay un aumento en conductas fóbicas, temerosas, desproporcionadas, donde hay una necesidad de reaseguro, una intención de preocupación por la salud, de sensación de amenaza, de riesgo. Paralelamente, venimos observando que aquellos pacientes que habían mejorado o que estaban bien, han empezado a tener recaídas”.

Un sector especialmente afectado por el primer año y medio de la pandemia, cuando aún regían medidas restrictivas más estrictas, es el de la adolescencia y la juventud. Quienes integran este grupo etario necesitan, quizás más que el resto de la población, una vida social activa y en constante interacción con sus pares. El aislamiento restringió esa interacción a la virtualidad, que ya antes, y con más razón con el Covid-19, tenía un impacto negativo en la salud mental.

Entre las conductas imprudentes y negacionistas del impacto de la enfermedad y las excesivamente temerosas hay una amplia franja de comportamientos que pueden encuadrarse dentro de la razonabilidad. Esa razonabilidad consiste en seguir manteniendo algunas conductas preventivas en un contexto de lógica flexibilización de las medidas, pero asumiendo que es imprescindible retomar hábitos de sociabilidad que habían sido postergados durante el peor momento de la pandemia. Lograr ese equilibrio, que a veces no es fácil de conseguir individualmente, es decir, sin el apoyo de los grupos de contención afectiva, es una evidencia de buena salud mental, lo que, en el mundo actual, no es poca cosa.

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