jueves 2 de abril de 2026
Editorial

Déficits que deben ser subsanados

El crecimiento exponencial del turismo en Catamarca es un dato de la realidad imposible de omitir. Hay estadísticas objetivas que corroboran el fenómeno y que dan cuenta del incremento sostenido en los últimos años -a excepción por cierto de los años 2020 y 2021, en los que tuvieron vigencia las restricciones sanitarias impuestas por la pandemia- de la cantidad de visitantes a la provincia desde otros lugares del país y del extranjero.

Sobre el fenómeno de la Fiesta Nacional e Internacional del Poncho se ha escrito mucho en los últimos dos años a propósito de la calidad de la organización y de la masividad de la concurrencia, lo que la sitúa entre los eventos más importantes de la Argentina a lo largo ya no solo del invierno sino de todo el año calendario. De modo que es una prueba concluyente de que la capacidad de organización existe en la provincia.

Pero Catamarca convoca, además de por su cultura, por sus bellezas naturales, que son impactantes. En cada uno de los departamentos del interior existen paisajes bellos e imponentes que demandan también de la concurrencia público-privada para dotar de servicios y confort a los lugares más emblemáticos del territorio provincial. En este aspecto también se han registrado avances innegables. Pero existen aún déficits que deben ser subsanados debidamente.

La reflexión es válida, por ejemplo, para Las Termas de Fiambalá. El lugar conjuga la belleza imponente con un valor agregado, las aguas termales, lo que las convierte en un destino muy valorado por el turismo local, nacional e internacional. Hay allí también una importante inversión pública para la construcción y mantenimiento de las piletas y todo el complejo. Sin embargo, así como quienes las visitan formulan valoraciones positivas, también realizan críticas vinculadas a la inexistencia de oferta de productos para hacer más placentera la estadía. No se puede adquirir ni bebidas, ni comida, ni productos regionales. No es que exista una disposición de no consumir productos en el complejo: no hay dónde adquirirlos. De hecho, los propios visitantes suelen llevarlos. Pero el desprevenido que no previó o no se enteró de esta carencia debe quedarse con sed y con hambre durante el tiempo de permanencia o recorrer los 16 kilómetros que existen entre Las Termas y Fiambalá -32, ida y vuelta- para comprar una gaseosa, un sandwich o un paquete de galletas.

El déficit no es solamente motivo de incomodidad para el turista, sino también una falta de oportunidad para los comerciantes de la zona, que podrían vender sus productos en el lugar sin que se convierta en un espacio extremadamente comercial que le quite el encanto natural que posee.

Lo mismo ocurre en otros destinos turísticos de la provincia. A la riqueza histórica y cultural, y a la belleza natural que tiene Catamarca, deben añadírseles servicios de calidad y comodidades que hagan de la visita una experiencia lo más placentera posible.n

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