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Cara y Cruz

Default de poder

13 de octubre de 2026 - 00:50

Es cómico que Alberto Fernández se haya comparado con Néstor Kirchner en términos de comprensión del funcionamiento del poder mientras analizaba las divergencias con el kirchnerismo en torno al acuerdo con el FMI como el punto de quiebre de su relación con la entonces vicepresidenta Cristina Kirchner. Ese acuerdo, aprobado por mayorías arrasadoras en ambas cámaras del Congreso en solo una semana de marzo de 2022, le ofreció la base más concreta de todo su mandato para construir poder propio y atenuar su dependencia de quien lo había ungido candidato. No sólo no la aprovechó, sino que fue a partir de ahí que las tropas vicepresidenciales aceleraron las maniobras para vaciarlo de autoridad.

Fernández describió a Néstor Kirchner como alguien que entendía cómo funciona el poder. Cualquiera sea la opinión que se tenga sobre el santacruceño, es difícil disentir de este aserto. Llegó a la Casa Rosada en 2003 con apenas el 22,24% de los votos y en menos de tres años había renovado la Corte Suprema, alineado a los gobernadores y pagado US$9.810 millones al FMI en un solo desembolso.

Fernández llegó en 2019 con el 48,24%. Que esa potencia electoral proviniera de CFK y, en menor medida, del Frente Renovador de Sergio Massa, era un condicionante que el kirchnerismo se encargó de hacer valer en cuanto se le ofreció la oportunidad. Alberto no tenía territorio, ni gobernadores, ni intendentes, ni sindicatos, ni base electoral independiente. Su autoridad era administrativa, la de la lapicera—como la de su admirado Néstor en un principio—, y precisamente por eso el nivel de consenso alcanzado por el acuerdo con el FMI emergía como una ocasión propicia para tratar de cambiar la ecuación de poder a su favor.

Las mayorías arrasadoras del acuerdo con el FMI eran una base para construir poder propio. Alberto Fernández ni siquiera lo intentó. Las mayorías arrasadoras del acuerdo con el FMI eran una base para construir poder propio. Alberto Fernández ni siquiera lo intentó.

Los hechos son elocuentes. El 31 de enero de 2022, tres días después del anuncio del entendimiento, Máximo Kirchner renunció a la presidencia del bloque oficialista en Diputados. El 8 de marzo, once gobernadores respaldaron públicamente el pacto con el organismo. El 11 de marzo la Cámara baja aprobó el acuerdo por 202 votos contra 37 y 13 abstenciones; el 17, el Senado lo convirtió en ley por 56 a 13. El kirchnerismo duro votó en contra o se abstuvo.

Era el acuerdo de Fernández contra el kirchnerismo y ganó por paliza: 258 legisladores, casi ocho de cada diez miembros del Congreso.

El presidente vicario tenía en la mano los elementos para avanzar en la construcción de una coalición de hecho más amplia que la que lo había llevado al poder. Que con esa base hubiera logrado emanciparse es tan contrafáctico como que la Argentina hubiera estallado "en mil pedazos" si le hubiera hecho caso a Cristina. La diferencia es que ni siquiera intentó la emancipación. En cambio, fueron los derrotados en el Congreso, ellos sí consumados discípulos de Néstor, los que tomaron la iniciativa y apresuraron las operaciones que terminaron por convertir el cargo presidencial en una farsa.

El 4 de junio, horas después de que Cristina acusara a funcionarios del gobierno de atacarla en off, Fernández le pidió la renuncia al ministro de Desarrollo Productivo, Matías Kulfas, uno de sus colaboradores más cercanos. El 20 de junio, en Avellaneda, ella le reclamó en público que usara la lapicera. El 2 de julio Martín Guzmán, el artífice del acuerdo con el FMI respaldado por el 80% del Congreso, renunció al Ministerio de Economía.

Lo reemplazó Silvina Batakis, que duró poco más de tres semanas. El 3 de agosto juró Sergio Massa como superministro y el poder se mudó definitivamente de la Casa Rosada al Palacio de Hacienda.

Ahora Fernández admite que "si cada uno hubiera entendido el rol que tenía, hubiera sido más fácil" y habla de presiones constantes para alinearse con su vice. Cuánta sinceridad. Un presidente que reprocha a su vicepresidenta no haber entendido su rol confiesa, sin advertirlo, que tampoco entendió el suyo.

Conjuró el default con el FMI, pero precipitó su propio default político. Con el Congreso y los gobernadores en el bolsillo, ¿qué hubiera hecho Néstor? Interesante “contrafáctico”. Al santacruceño le tomó sólo dos años decapitar a Eduardo Duhalde, apoderarse del aparato bonaerense y afianzar los cimientos del movimiento epónimo que, desde la prisión domiciliaria, todavía administra su viuda.

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