jueves 2 de abril de 2026
Algo en que pensar mientras lavamos los platos

Dedicatorias

Rodrigo L. Ovejero

El otro día, un amigo, con la mirada caminando por alguna cornisa, me contó una experiencia que no se la deseo a nadie. Estaba recorriendo una librería de usados cuando vio un ejemplar de Bradbury –quizás fue Crónicas marcianas- y contra todo su buen juicio decidió echarle un vistazo. En su primera página encontró sus propios trazos, en la dedicatoria que una vez, en la cima del enamoramiento, le hizo a quien entonces era su novia. No sé si alguna vez vi un puñal del destino tan artero.

Las dedicatorias en los libros son todo un tema, no son cosas para tomarse a la ligera. Yo aconsejo tomarse un momento de reflexión antes de asentar la lapicera, y si es posible un ensayo previo con lápiz, todavía mejor. Podrán acusar al grafito de cobarde, pero jamás de imprudente. Hay que entender que luego de que un libro incorpora su dedicatoria, nunca vuelve a ser uno más. Será especial para siempre, como el zorro del principito. Y por eso cada palabra debe ser motivo de reflexión.

Una alternativa un poco menos definitiva es recurrir a la astucia de no utilizar nombres propios: “para el cumpleañero en su día”, “al amor de mi vida”, “querido amigo”. Esto resulta muy práctico si por esas peripecias de la memoria no recordamos con exactitud el nombre de esa persona, y además le da la posibilidad de regalarlo a su vez si no es de su agrado, o venderlo sin tanta culpa. Para ello también nuestra firma debe ser más o menos genérica: “tu amigo”, “el amor de tu vida”, “el que te regaló este libro”. Gracias a esta artimaña hay oficinas en las cuales los mismos libros vienen cambiando de manos hace años, invictos, sin la más mínima leída, cada vez que se juega al amigo invisible.

Otra opción es tachar los nombres anteriores, para lo cual se pueden dibujar cosas encima, como las personas que se tapan un tatuaje con otro. Mediante este procedimiento de reciclaje estético, pintando mariposas encima de nombres, un amigo le había regalado el mismo ejemplar de Orgullo y prejuicio de Austen a tres mujeres distintas, cada una de las cuales a su turno se lo tiró de regreso despechada junto a todas sus otras pertenencias, sin saber que de ese modo volaba una nueva mariposa y nacía un nuevo regalo.

En el caso de los libros de mi autoría, en el futuro la primera página tendrá una línea de corte perforada, para asegurar su valor de reventa, así la gente podrá quedarse con la dedicatoria y desechar el resto. Tal vez incluso haya más de una hoja con esa característica, a modo de talonario, numeradas para saber cuántas personas decidieron deshacerse de ese ejemplar antes de llegar a las manos del lector más reciente, y por cuántas bibliotecas más puede andar.

Toda esta reflexión me hace pensar que las dedicatorias son la razón por la cual el libro electrónico nunca reemplazará al de papel. Los bits van y vienen, las palabras son para siempre.

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