ver más
El Mirador Político

De causa nacional a bandera facciosa

27 de marzo de 2022 - 01:15

El consentimiento al acuerdo con el Fondo del Congreso expuso los límites del cristinismo y desencadenó la hasta ahora más intensa de las internas entre Alberto Fernández y Cristina Kirchner.

Es el cénit de la crisis abierta con la derrota del año pasado, en las que el oficialismo bifronte sufrió la pérdida del 40% la musculatura política que le permitió ganar la Presidencia: más de cinco millones de votos menos, dos millones de los cuáles se fugaron en la Provincia de Buenos Aires, territorio de la vicepresidenta Cristina Kirchner.

El cristinismo aprendió algo de esa experiencia. El fracaso bonaerense le fue atribuido con exclusividad, a pesar de que la primera candidata a diputada nacional allí fue Victoria Tolosa Paz, que forma con el presidente Alberto Fernández. Fernández había colocado también al cabeza de la lista porteña, Leandro Santoro.

Como explican el marcado retroceso electoral por las defecciones ideológicas de Fernández, los cristinistas procesaron lo aprendido y decidieron despegar del pacto con el denostado FMI. Es improbable que no previeran el desenlace que se dio, pero la meta no era impedir la sanción sino diferenciarse en términos de identidad del conglomerado compuesto por gobernadores, intendentes, sindicalistas y referentes de organizaciones sociales que se enfiló con Fernández.

Vale decir que los cristinistas no traducen la derrota parlamentaria como derrota política, sino todo lo contrario.

Esta versión de los acontecimientos comenzó a difundirse desde el ataque al despacho de Cristina durante el tratamiento del acuerdo en la Cámara de Diputados. En el pronunciamiento que acompañó el video de sus oficinas estropeadas, la Vicepresidenta señaló que fue ella quien “construyó con su decisión el Frente de Todos que permitió derrotar a Mauricio Macri”.

Este reclamo de maternidad fue replicado por el ministro de Desarrollo Comunitario de la Provincia de Buenos Aires y brazo derecho de Máximo Kirchner en La Cámpora, Andrés “Cuervo” Larroque, quien desestimó las explicaciones de la Casa Rosada al “silencio y la parsimonia” sobre el ataque a la líder.

“Estamos viviendo un momento de peligrosa autoproscripción de un sector de la fuerza”, dijo. Y remarcó que el kirchnerismo “es el sector mayoritario” de la coalición gobernante.

Todas las manifestaciones cristinistas giran sobre lo mismo: Cristina fundó el Frente de Todos, el cristinismo es la mayoría en la coalición, independientemente del número de legisladores que tenga.

La causa nacional

La marcha de La Cámpora en el Día de la Memoria por la Verdad y la Justicia tiene la misma lógica. Establecida su aversión al FMI en contraposición al pacto de Alberto, el cristinismo busca apoderarse de la bandera de los derechos humanos, que se degrada así en insumo proselitista.

La narrativa propuesta destaca la reanudación de los juicios contra represores y genocidas de la dictadura en la Presidencia de Néstor Kirchner, pero omite consignar un detalle: la causa de los derechos humanos fue el amarradero más firme que encontró la dirigencia política para restaurar el sistema de poder estragado por el estallido de la Convertibilidad y la crisis de 2001.

Esta virtud aglutinante ya había sido advertida por Adolfo Rodríguez Saá, que en su fugaz paso por la Presidencia, previo al interinato de Eduardo Duhalde, había recibido a Madres y Abuelas de Plaza de Mayo en la Casa Rosada.

Néstor accedió a la Presidencia en 2003 con menos del 22% de los votos, segundo detrás de Carlos Menem, que desertó del balotaje. La incorporación de las organizaciones de derechos humanos a su proyecto y administración formó parte de las herramientas para robustecerse.

Consignarlo no significa de ningún modo desconocer la nobleza de causa, ni los méritos de Kirchner, sino recordar el contexto en que el poder decidió reconocer su entidad ética. Conviene, porque fue el consenso social en torno a ella, fruto de la militancia sostenida de las organizaciones de derechos humanos, lo que movilizó a Néstor.

Consenso lógico, por otra parte, si se considera que la Argentina abrió un camino ejemplar de orden ecuménico en ese terreno con el juicio a las Juntas en 1985, cuando el poder desestabilizador de las Fuerzas Armadas era todavía gravitante.

Mucha agua ha corrido bajo el puente, pero la clase política argentina mostró en aquella democracia embrionaria una capacidad para acordar que parece hoy indispensable para superar la encerrona del quebranto económico y social. La propuesta de Raúl Alfonsín encontró eco en un justicialismo que había concurrido a las elecciones con la idea de la amnistía a los militares. En la reforma del Código de Justicia Militar que se instrumentó para que el juicio a las Juntas se ajustara sin fisuras al orden jurídico jugo un principal el presidente del bloque senadores nacionales del justicialismo, Vicente Leonides Saadi.

El derrotero posterior fue, cierto es, sinuoso. Obediencia Debida, Punto Final, indultos.

Sin embargo, la vigencia de la bandera de los derechos humanos es una conquista colectiva que se pretende instrumentar con objetivos facciosos.

La marcha

La Cámpora aprovechó su manifestación para reforzar la estrategia de diferenciación identitaria iniciada con las críticas al acuerdo con el Fondo. Fernández conmemoró el aniversario del golpe aparte, con los suyos, mientras los cristinistas se encumbraban escenográficamente por sobre las agrupaciones que convergieron en Plaza de Mayo, con una larga marcha iniciada en la ESMA.

Máximo rompió un mutismo de dos meses para mojarle la oreja al Presidente en una entrevista concedida a militantes de su sector: “El Gobierno es con la gente adentro”; “Uno elige, los estudios de televisión o la calle y la gente”.

Larroque fue más hiriente y recordó el papel de Alberto Fernández en el armado de Florencio Randazzo en 2017.

“Fue jefe de campaña de un espacio que sacó 4 puntos en la provincia de Buenos Aires” es otro modo de decir que el kirchnerismo es la mayoría del Frente de Todos.

A Máximo se le escapó también una provocación a los porteños. “A veces es una ciudad que tiene tendencia a votar a aquellos que quieren ocultar lo que hizo la dictadura, o que te discuten el número de compañeros detenidos desaparecidos y que directamente reivindican el accionar de la dictadura”, analizó.

El jefe de Gobierno de CABA, Horacio Rodríguez Larreta, le salió al cruce. “En 1977 se llevaron a mi viejo en un Falcon verde. Gracias a Dios, apareció con vida unos días más tarde, pero lo sucedido me marcó para siempre”, retrucó.

Los tiroteos verbales marcan al mismo tiempo la estatura de los contendientes y la intentona envilecedora.

La causa de los derechos humanos fue vértice de coincidencia política transversal en la democracia naciente de los ’80 y fuente de legitimidad del mismo sistema acechado por el vacío de poder en 2003.

Bandera de unidad y médula de fortaleza en momentos críticos, una facción la utilizó el 24 de marzo para enfatizar los desencuentros.

Seguí leyendo

Dejá tu comentario

Te Puede Interesar