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Cara y Cruz

Cuentas pendientes

El 12 de enero de 2018, una creciente del río El Tala se llevó y mató a Javier Medina...

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26 de enero de 2022 - 02:15

El 12 de enero de 2018, una creciente del río El Tala se llevó y mató a Javier Medina, de 46 años, que se había arrojado al turbión para rescatar a su hijo.

“El incidente se produjo alrededor de las 16.30, cuando Medina, en compañía de su novia y de su hijo, se estaban refrescando en las aguas del río El Tala y advirtieron que el caudal aumentaba. Rápidamente el hombre gritó para advertir a sus acompañantes y tomó de los brazos al niño, al que intentó llevar hasta la orilla, pero por la fuerza de la creciente eran arrastrados, por lo que atinó a empujarlo lo más cercano a la vera del río. Su novia también fue llevada por el agua, pero junto con el niño fueron rescatados por otra persona quien los puso a salvo. Medina no corrió esa suerte ya que fue llevado por el cauce y su cuerpo fue perdido de vista”, dice la crónica de El Ancasti de la época.

El trágico episodio reactualizó el debate sobre la necesidad de ajustar el sistema de alertas por crecidas, instalado no menos trágicamente cuatro años antes por el alud de El Rodeo, que costó nada menos que 12 vidas.

“La desgracia marca la necesidad de introducir algunos ajustes en el sistema para prevenir otros hechos similares. Por supuesto, parece imposible advertir a todas las personas que podrían estar a lo largo de todo el recorrido de un río, pero en el caso particular del tramo de El Tala que corre a la vera del camino a El Rodeo podría perfeccionarse el sistema, teniendo en cuenta que es muy concurrido en las jornadas calurosas y que la gente no necesariamente se instala en campings o paradores”, consignó este mismo Cara y Cruz dos días después de la muerte de Medina.

Cuatro años después, El Tala vuelve a enlutar el verano con la muerte de una mujer, también arrastrada por una crecida, con el aditamento de que en las vísperas se habían dado casos de personas que habían intentado cruzar ríos crecidos, incluso con una muerte en Fiambalá.

María Margarita Cannata, de 27 años, disfrutaba del río a la altura del kilómetro 16 del camino a El Rodeo. El río se la llevó, su cadáver fue rescatado en el Camping Municipal.

La Justicia investiga ahora si los mecanismos de prevención funcionaron como corresponde.

Nótese lo circular de las discusiones catamarqueñas. El debate sobre la necesidad de perfeccionar la seguridad en los ríos provincianos, valiosos focos de atracción veraniega, se intensifica con cada muerte para luego ensordinarse hasta que otra tragedia lo reaviva. Es como si el concurso de la Parca alcanzara solo para que las autoridades se sacudan las itas nomás, porque después todo queda en el olvido hasta el reinicio del ciclo.

A esto de las muertes por crecidas le falta solo un milagro. Que haya un alud como el que arrasó El Rodeo en 2014, en cualquier otro sitio, y no se produzcan víctimas fatales. Se podrá ver entonces cómo la Iglesia organiza procesiones para agradecer a la Providencia Divina y los legisladores sancionan leyes para establecer feriados, como pasó con el temblor.

Pero las divinidades deben tener cosas más importantes que la desidia y la estupidez de las que ocuparse. Son los humanos los que deben procurarse la prevención.

En este caso, el tiempo ya venía de tormentas y las crecientes no eran fenómenos para descartar. La muerte de una adolescente en Fiambalá luego de que la camioneta en la que se trasladaba fue arrastrada 400 metros por el río y los episodios de automovilistas tratando de atravesar peligrosas correntadas venían avisando.

En los videos de la evacuación del camping tras la muerte de Cannata son evidentes las precarias condiciones con que trabaja el personal de Defensa Civil y seguridad.

Ojalá que este nuevo episodio trágico sirva para ajustar el sistema preventivo de una vez por todas.

Hay cuentas pendientes que cuestan vidas.

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