Entre los muchos episodios de crueldad que tuvo la Campaña del Desierto, desarrollada en la Argentina aproximadamente entre 1878 y 1885...
Entre los muchos episodios de crueldad que tuvo la Campaña del Desierto, desarrollada en la Argentina aproximadamente entre 1878 y 1885 y que produjo alrededor de 14.000 indígenas muertos, además del sometimiento de muchos más a regímenes de servidumbre, sobre todo niños y mujeres, se destaca uno por el trato deshumanizante y por el carácter simbólico de la degradación a la que se intentó someter a los aborígenes que habitaban el sur del país en aquellos años: la exhibición en museos de hombres, mujeres y niños de pueblos originarios capturados durante la expedición militar.
Esas personas terminaron muriendo en los museos, en especial el de La Plata, y a partir de ese momento se exhibieron sus restos, como una continuidad de aquella política de “cosificación” de seres humanos cuyas tierras habían sido conquistadas a sangre y fuego. Hubo otros casos en los que se exhibieron restos de personas de comunidades originarias que habían sido sepultadas por su comunidad según sus propios rituales y cuyas tumbas fueron profanadas en nombre de la civilización “blanca”. Tal el caso del cacique Calfucurá, cuyo cráneo terminó en el museo platense, inventariado bajo el número 241, y durante más de un siglo permaneció exhibido en sus vitrinas.
Aquella oprobiosa perspectiva etnocentrista ha ido cediendo espacio en las últimas décadas a miradas mucho más humanistas, al mismo tiempo que ganaban terreno análisis revisionistas de la historia con una clara reivindicación del pasado precolombino del actual territorio americano. En ese contexto empezó a prohibirse la exhibición de restos de personas y a propiciarse la restitución de estos a las propias comunidades originarias.
Un nuevo acto reivindicatorio se lleva a cabo por estos días en La Plata. Con motivo de la celebración del Día Internacional de la Mujer Indígena, se inauguró el 5 de septiembre una muestra fotográfica denominada “Prisioneras de la Ciencia. Restituciones, memorias y territorios”. Se exhiben 20 fotos de mujeres de los pueblos Mapuche, Tehuelche y Káwuesqar que vivieron y murieron en un Museo de La Plata. En la muestra, además, se las menciona con sus nombres originales y no con los usados mientras fueron exhibidas. Así, por ejemplo, Margarita se llamaba en realidad Tropachúm y Ana, Llankeneú.
Karina Oldani, del Colectivo Guias, una de las organizaciones que montaron la muestra, dijo que “esas mujeres estaban prisioneras, eran vejadas, violentadas y como sus hijas, hijos y compañeros estaban prisioneras de la ciencia que las y los tenían como insumos para justificar la dominación y quita de territorios”.
Que estas personas o luego sus restos, que fueron mostrados como objetos, empiecen a recobrar su humanidad a partir de la visibilización de los rostros, constituye una reivindicación histórica, un bálsamo para aliviar el dolor causado por la crueldad que empezó hace mas de 140 años y se prolongó durante un siglo.