René Robert fue un prestigioso fotógrafo franco-suizo que se destacó en el ámbito de la publicidad y la moda y, fundamentalmente, en el mundo del flamenco. Sin embargo, no fue noticia en estos días por su labor profesional, que lo catapultó al reconocimiento mundial, sino porque murió congelado en una calle de París, luego de permanecer durante toda la noche en el suelo por una caída que sufrió durante un paseo que había salido a dar sin que nadie de la inmensa cantidad de transeúntes hiciese nada por asistirlo. Luego de nueve horas, una mujer se compadeció de él y dio aviso a los servicios de emergencia. Pero ya era demasiado tarde. No murió como consecuencia de una enfermedad o de un ataque repentino. Murió de frío, abandonado a su suerte.
El episodio es una cruel metáfora de la indiferencia respecto del otro desconocido que es inherente a la sociedad moderna, particularmente en las grandes ciudades. La falta de empatía es una característica determinante en los contextos donde las muchedumbres dominan el escenario público.
Los estudiosos de este fenómeno sitúan en el comienzo de la Revolución Industrial esta suerte de indolencia para actuar en socorro del desconocido que sufre a nuestro lado. Coincide con el ascenso del capitalismo y el desarrollo de las grandes urbes. Una de las pinturas expresionistas más famosas, “El grito”, pintado por Eduard Munch en 1893, presenta una figura humana que se tapa los oídos, abre su boca y grita. Ese grito, sostiene el psicoanalista colombiano José Fernando Velásquez, “refleja la angustia personal o la protesta social o la protesta contra las injusticias sociales y las desigualdades económicas que acompañaron la Revolución industrial. En ese paisaje singularmente dibujado, como lo describe Lacan, hay una ruta que fuga al fondo, y en ella hay dos paseantes, dos sombras humanas elegantes, presas de sus propias convenciones y normas burguesas, que exhalan una atmósfera de represión moral. Ellas son la imagen que subraya la indiferencia frente a ese otro ser que sufre”.
El hecho narrado al comienzo de esta columna sucedió en París, donde un hombre estuvo tirado, agonizando, sin que nadie lo viera, se percatara siquiera de su presencia, o lo observara pero se preocupara de su destino, como si en vez de una persona yaciendo en el piso hubiese un bulto. Tal vez si hubiese sido un animal, una pequeña mascota, la suerte de Robert habría sido otra.
Sucedió en París pero podría haber sucedido en cualquier urbe del globo. No es imaginable que ocurriera sin embargo en cualquier ciudad o localidad de Catamarca. Podría concluirse que la preocupación por el otro desconocido es inversamente proporcional a la cantidad de habitantes.
Pero no habrá que suponer que nuestras pequeñas sociedades están a salvo de la indiferencia ante el dolor del otro desconocido. Nuestras pequeñas muchedumbres no dejarían morir a nadie en la calle, pero también transitan por la vida, con las excepciones virtuosas de los que a diario practican desinteresadamente la solidaridad, ignorando el dolor ajeno. El triste destino del fotógrafo franco-suizo debería servirnos para reflexionar sobre estas indolencias.