El funcionamiento institucional ha sido sometido a tantas distorsiones, con tanta frecuencia y sistematicidad, que a nadie sorprendió que la presidencia del bloque del Frente de Todos en la Cámara de Diputados de la Nación, cuerpo Legislativo, fuera decidida por el presidente Alberto Fernández, titular del Poder Ejecutivo.
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Comparsa parlamentaria
No es algo que pueda considerarse novedoso, por supuesto, pero en esta oportunidad la maniobra de imposición tras la dramática renuncia de Máximo Kirchner al cargo, en disidencia con el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, se llevó adelante con absoluta prescindencia de las formas y de la participación de los miembros de la bancada.
El dedo de Fernández ungió casi de inmediato y sin intermediarios al santafesino Germán Martínez, a quien los cercanos al Jefe de Estado empezaron a promocionarle todo tipo de virtudes, entre ellas su subordinación al ex ministro de Defensa Agustín Rossi –ex presidente de bloque en Diputados- y algunas declaraciones previas favorables a pactar con el denostado Fondo.
El procedimiento expone la escasa consideración hacia la función del Poder Legislativo y la degradación de los diputados. Su opinión carece de relevancia, solo están ahí para levantar la mano en el sentido que les ordene el Poder Ejecutivo. Ni su propia conducción les dejan elegir.
Esto ya había quedado claro con la carta de renuncia de Máximo, dirigida directamente a Fernández.
La dimisión del delfín cristinista fue objeto de diversas valoraciones y análisis, todos coincidentes en su carácter “sorpresivo”.
El jefe de una bancada parlamentaria comunica que se manda a mudar al Poder Ejecutivo antes que a sus propios conducidos, quienes por su parte toman esta conducta con tal naturalidad que a ninguno se le ocurre siquiera plantear la posibilidad de activar mecanismos de sucesión en el mismo bloque, sino que se resignan a que el Poder Ejecutivo les meta el nuevo jefe.
¿Qué tipo de liderazgo se forja de este modo?
Es un agravio hasta para el propio Germán Martínez. Como si tratar de acomodar la interna oficialista fuera poco, tiene que demostrarle además a sus colegas que no será un mero correveidile de Fernández, ya que no lo eligieron. Asume con autoridad menguada, y ya se sabe lo que puede esperarse de estos intentos de delegación de poder. Basta ver el corso en que ha devenido el experimento de la “máscara de Alberto” pergeñada por Cristina.
Máximo Kirchner le explicó al Presidente que no podía continuar al frente del bloque porque no compartía las tratativas con el FMI ni su resultado, que considera una política central del Gobierno. Fernández respondió metiendo un reemplazante que sí comparte tratativas y resultados y reafirma su autoridad diciendo que el Presidente es él y como tal decide.
En estas condiciones, ¿puede considerarse que el Frente de Todos es un bloque? Si una parte significativa del grupo disiente con la identidad misma del grupo, ¿qué destino tiene ese grupo? ¿Qué comanda Germán Martínez? ¿Máximo Kirchner no tratará de obtener la mayor cantidad de voluntades posibles para rechazar el acuerdo, que para él es una claudicación inadmisible?
Son demasiadas preguntas, que acrecientan la incertidumbre y se acumulan debido a la devaluación del trabajo parlamentario, engendrada menos por impulsos autoritarios que por la abdicación de los tribunos resignados al rol de comparsas.