Sorpresivamente, el presidente Alberto Fernández manifestó su opinión respecto de la conveniencia de que la capital argentina sea trasladada al norte argentino. Lo hizo esta semana durante un encuentro del Gabinete Federal en Monteros, Tucumán.
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Capital al norte: ¿por qué?, ¿para qué?
No es la primera vez que un presidente de la Nación en ejercicio del cargo menciona la necesidad de trasladar la capital desde la Ciudad de Buenos Aires a otra ciudad de la Argentina. Raúl Alfonsín lo hizo en 1986 y el destino elegido fue Viedma, Río Negro. Lo anunció en cadena nacional y formó parte del denominado proyecto Patagonia, que luego, cuando el Gobierno nacional se debilitó por las acechanzas carapintadas y del poder financiero, no prosperó.
Hace menos tiempo, en 2014, hubo otra iniciativa similar, enunciada por el entonces presidente de la Cámara de Diputados de la Nación y actual Ministro de Agricultura, Julián Domínguez. El destino señalado como posible nueva capital fue Santiago del Estero, la ciudad más antigua del país.
¿Cuáles son los efectos buscados con el traslado de la capital al denominado “interior” del país? Básicamente descentralizar el poder, separando el poder político del económico, hasta ahora concentrados ambos en la ciudad de Buenos Aires y la región pampeana; desarrollar inversiones de todo tipo, pero básicamente de infraestructura pública, en la región donde se trasladaría la capital; y promover una configuración demográfica más equilibrada, que revierta la tendencia actual de superpoblación en el AMBA (CABA y Conurbano bonaerense), entre otros.
Pero hay también un mensaje simbólico, que supone una renovada integración geopolítica y se emparenta con el predominante sentimiento federal de la población argentina. Si el traslado a la Patagonia era priorizar a la región menos poblada y con menor desarrollo urbano (Alfonsín convocó a los argentinos a “crecer hacia el sur, hacia el mar y hacia el frío”), pensar en que la administración central nacional se traslade al norte argentino es valorar particularmente a la región NOA, que tuvo un alto grado de desarrollo desde la época de la colonia y desde el comienzo de la historia nacional. Luego, comenzó a decaer a partir del diseño de un país macrocefálico que se empezó a gestar en la segunda mitad del siglo XIX y persiste hasta la actualidad.
Por ahora, a diferencia del proyecto de Alfonsín, que incluyó una ley aprobada y otras medidas anexas como la provincialización de Tierra del Fuego, que finalmente se concretó, lo de trasladar la capital al norte fue tan solo una mera expresión de deseos señalada en el fragor de un discurso político.
Una iniciativa de esa trascendencia requiere de un vasto debate y superar, seguramente, resistencias de sectores cuyos intereses se verían afectados. Habrá que esperar el devenir de los acontecimientos. De todos modos, mientras tanto, bien haría el Gobierno nacional en apuntalar con medidas concretas el desarrollo de nuestra región, marginada históricamente de las decisiones que se adoptan en la actual capital, distante política y territorialmente.n