miércoles 14 de octubre de 2026
Colección SADE

Angustia y resiliencia ante el abandono homoerótico en Sal negra, de Alfredo Luna

Por Karina Tapia

En las líneas que siguen me referiré a Sal Negra, el nuevo hijo literario del poeta local Alfredo Luna, el primer libro que presenta en su tierra natal tras largas décadas de estancia en Buenos Aires y reconocimiento en todo el país por su significativa escritura; esta vez junto a Editorial El Guadal, como apertura de la Colección “Changuito”.

Alfredo Luna a lo largo de su recorrido poético, busca y juega con la tensión entre opuestos complementarios, hecho que se observa en los títulos de sus obras,construidos de sintagmas tales como Los días demorados (2005), La mirada sonora (2008), Palabra matada (2014), Testigo infiel (2015) y Cartas al silencio (2024).

Del mismo modo, esta vez, el poeta nos presenta un poemario que condensa lo insondable ya desde el oxímoron que da título a la obra: Sal negra. Donde advertimos una contradicción conceptual que desasosiega por la unión de dos palabras de sentidos contrapuestos en el mismo sintagma. Ocurre que la "sal" popularmente se asocia con el color blanco, pero calificada como "negra” anticipa el sabor amargo de la pena oscura de la no total correspondencia.

Sumado a esto, tal vez sea éste uno de los libros de Luna donde la síntesis de los poemas alcanza una de sus formas más intensas, ya que las palabras distribuidas en pocos versos sostienen capas profundas de sentido, dolor y memoria.

Desde el comienzo, el poemario invoca la necesidad de decir, escribir y recordar:

“Por una vez dejemos rodar la lengua / (…) / Dejemos que la herida y las delicias / encuentren su lugar en la memoria / “Aunque los ciegos digan / que no sabemos escribir / aunque los sordos / no nos dejen hablar.”(Luna, 2026, p. 9)

Poema donde la lengua expresa la herida, las delicias y la memoria desde la más sutil y dolida rebeldía; donde se presenta una disputa cuyo argumento lírico y visceral se construye en desplazamientos formales casi antitéticos con díadas de palabras como: ciegos-escribir; sordos-hablar.

Pero, ¿cuál es el dolor que aciaga a Alfredo Luna?

En un movimiento de ruptura del borde entre ficción y realidad -al decir de Josefina Ludmer (2007)-, el propio poemario da respuesta a esa pregunta, ya que en él se despliega un diálogo constante entre el yo lírico —que bien podemos identificar con el propio Alfredo Luna— y un ser amado congénere, que por este motivo se mantiene en la sombra, sin identificación plena y que incluso incurre en el abandono de la pareja por temor a la condena social como respuesta al homoerotismo.

A partir de esta situación, se desliza en la obra, una honda queja lírica por la imposibilidad de concretar juntos un proyecto vital pleno y amoroso. Es un yo hablando a un tú, cuya respuesta no se verbaliza, sino que paradójicamente, se materializa en ausencia: “en liturgias de camas / hay un orgasmo roto”(p. 27).

Lo central es el drama del Yo lírico cuya experiencia afectiva deja entrever a un receptor, su amado, marcado por el miedo y la renuncia, forjado en una pedagogía social que excluye al diferente según una lógica tradicional heteronormada.

Aun atravesado por la pérdida, el yo lírico conserva una certeza fundamental: nadie puede quitarle la experiencia del amor vivido. Aun atravesado por la pérdida, el yo lírico conserva una certeza fundamental: nadie puede quitarle la experiencia del amor vivido.

En ese movimiento dialógico, el yo lírico interpela no solo a su amado, sino también a los lectores. Y así, el dolor íntimo se vuelve reflexión, por ejemplo, cuando dice: “la casa cruje / entre los escombros del alma // no quiero la impudicia / de negar el miedo.” (p. 16)

El libro está compuesto por 46 poemas, de los cuales significativamente, 39 no tienen título. Esa decisión no es casual: el sentido queda suspendido, pendiendo entre la palabra y el silencio, entre lo dicho y lo imposible de decir. De este modo, Luna logra abrir abismos emocionales y la palabra poética aparece como único espacio posible para nombrar el deseo, aun cuando el destinatario permanezca en la clandestinidad. Puede nombrarse el amor; aunque no siempre puede vivirse plenamente: “aquí /la palabra es el órgano / del tormento del deseo / del desastre / y del goce”(p.42).

Sumado a esto, una espiritualidad muy particular atraviesa el poemario, una dimensión interior de Luna, donde sentir y pensar se unen sutilmente en su palabra poética. De este modo, la poesía se presenta como el lugar donde Alfredo transforma la pena en lenguaje. Ese dolor atraviesa la obra completa a manera de plegaria, en una forma de escritura que mucho recuerda la voz de su admirada Alejandra Pizarnik.

Es el ser humano en crisis, que sufre la contradicción de amar, pero tener que dejar ir en su infinita comprensión del amado. De donde resulta que el diálogo con el otro se vuelve diálogo consigo mismo para condolerse por su propia ilusión truncada: “no… compañero / ya no puedo decir te amo // sólo darme el pésame.”(p. 41)

Y en esa aceptación de la pérdida constante, la dicha, el placer, la ternura y el dolor forman una circularidad inmutable: “conozco esa medida: los fulgores de la dicha / las palpitaciones del mal / el dolor de la ternura.”(p. 40), donde dicha, mal y ternura son la síntesis de una recurrencia que desalma y que sólo se redime en la certeza de haber podido amar, aunque no haya habido persistencia en la reciprocidad.

Y aparece también el reclamo religioso, como marca de culpa o condena interiorizada en su amado: “fuiste el cordero de un dios en penitencia / que le teme / a este amor así tan grande / así tan fantasma // suéltame / ‘es justo y necesario’”(p. 24). Donde, la intertextualidad religiosa se vuelve profundamente rebelde al exponer el dolor producido por ciertas formas de moral y disciplinamiento afectivo.

Sin embargo, lo extraordinario de este libro es que el dolor nunca se transforma en odio. La poesía de Alfredo Luna no lastima, sino que se desgarra a sí misma:“con el sexo amordazado / su palabra / sangra / (…)”(p. 13)

Y justamente allí aparece la ternura como gesto político. Porque en Alfredo Luna la resiliencia muchas veces se vuelve resignación, sí; pero también persistencia. Persistencia del amor, de la escritura, de la vida, incluso persistencia de seguir rebelando en la poesía la herida que causan las ataduras sociales. Por eso, aun atravesado por la pérdida, el yo lírico conserva una certeza fundamental: nadie puede quitarle la experiencia del amor vivido.

Y es allí donde se profundiza la interpelación a los lectores, respecto de todo el dolor que le ha causado el abandono… y esto nos lleva a condolernos con su profunda herida, a reflexionar sobre lo que somos capaces de hacer sentir como sociedad a los seres diversos, y a entender y proclamar la valentía del autor al reconocerse y permitirse vivir el amor.

En definitiva, la escritura de Alfredo Luna es autorreferencial y de profundo desvelamiento de su ser, cual rasgadura de la propia identidad que grita su dolor sin lastimar a nadie más. En este sentido, la caracteriza una honda extimidad (Paula Sibilia, 2008), por la cual el autor abre el corazón a los lectores promoviendo un profundo senti-pensar sobre lo que la imposición patriarcal hace-hacer y las vidas que puede tronchar.

Por ello, la escritura de Alfredo Luna se revela simbólica, profunda y existencial, donde su obra Sal negra alcanza alta intensidad emocional y reflexiva. Sin dudas, una de las expresiones más profundas y a la vez valientes de la poesía contemporánea catamarqueña.

Seguí leyendo

Te Puede Interesar