Las expectativas que se había generado en torno a la interna del radicalismo fueron defraudadas el domingo por una participación de los afiliados tan exigua que dejó flotando la impresión de que las partes pactaron inflar los números para evitar el papelón colectivo de no llegar siquiera al piso del 15% del padrón, mínimo exigido por la Carta Orgánica para validar el comicio.
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Anemia radical
Es cierto que se trataba de una elección de autoridades partidarias, circunscripta a los afiliados, que no era obligatoria, pero el resultado debe leerse a contraluz de la intensidad que la dirigencia empleó en el litigio y alimentó proyecciones exageradas.
La intransigencia que clausuró las posibilidades de acordar lista única e hizo escalar la agresividad obedecía a una convicción: la contienda radical legitimaría las pretensiones para las candidaturas de las elecciones generales.
Esta presunción se reforzaban con la desaparición física de Eduardo Brizuela del Moral y el repliegue de Oscar Castillo, las dos figuras que habían orientado la dinámica radical en los últimos 40 años. Se advertía un vacío de liderazgo que los emergentes de la interna vendrían, supuestamente, a cubrir.
Las cifras ponen un inmenso signo de interrogación sobre estos prejuicios. Los radicales quedaron expuestos en un contexto transformado nuevos sujetos políticos que fueron afianzándose desde que el FCS articulado en torno a la UCR perdió el poder allá por marzo de 2011.
Están, por supuesto, el PRO y la Coalición Cívica, sus socios en Juntos por el Cambio.
El PRO carece de figuras de relieve a nivel provincial, pero contribuye con el sello nacional y las figuras posicionadas para la pelea presidencial. Ya no Mauricio Macri, sí Horacio Rodríguez Larreta y Patricia Bullrich.
La Coalición Cívica sigue teniendo a Elisa Carrió como sacerdotisa incombustible a nivel nacional, pero también a un dirigente con más rodaje que cualquier macrista en Catamarca como es el diputado nacional Rubén Manzi.
Las acechanzas a la centralidad radical, sin embargo, no provienen de macristas y lilitos.
Con todas las salvedades que puedan hacerse, los votos de la interna son menos, por ejemplo, que los obtenidos por el diputado provincial Hugo “Grillo” Ávila, peronista disidente reelecto en 2021 con unos 11 mil votos. Exintendente de Tinogasta, duro crítico del Gobierno, Ávila fue electo diputado en 2017, con 12 mil votos, y compitió como candidato a vicegobernador de Luis Barrionuevo en 2019. Viene surfeando en la polarización desde hace seis años, con resultados consistentes y ayuno de una estructura partidaria como la que se presume tiene la UCR.
El otro vector que asoma es el de los libertarios. Como precandidato a la Presidencia, Javier Milei viene marcando niveles de aceptación muy significativos en Catamarca. El diputado nacional ha abierto a nivel provincial un espacio que tiene como operador más visible al empresario Javier Galán y empieza a sumar adhesiones.
Vale decir: hay figuras y sectores con potencial competitivo que asoman por fuera del universo de Juntos por el Cambio, dentro del cual la UCR viene manteniendo preeminencia.
Los guarismos de la interna se proyectan sobre esta nueva escena y terminan destapando un partido anémico. Las dificultades para movilizar eran evidentes ya desde un par de semanas antes de las urnas. Este diario consignó precisamente eso, cuando remarcó que el desafío más importante que enfrentaban pasaba por superar el piso reglamentario.
Alfredo Marchioli, por supuesto, ganó la presidencia del partido a la cabeza de una alianza en la que convergieron el castillismo residual y la línea Morada de Juana Fernández y Roberto Gómez, entre otros. Y perdieron Francisco Monti y Flavio Fama, que habían ganado las PASO en 2021, con Natalia Herrera como candidata a la Presidencia.
La contracara es que se dejaron contar las costillas en la previa de las tratativas para conformar un frente opositor. 10.000 votos con toda la furia, de los que los posibles aliados tomaron ya debida nota para subirse el precio en las negociaciones, con las PASO amartilladas. n