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COLECCIÓN SADE- ESCRITORES CATAMARQUEÑOS POR AUTORES CATAMARQUEÑOS

Alfonso de la Vega, un alma enarbolada

30 de abril de 2024 - 00:50

Graciela Córdoba

Al decir de Luis Franco, el poeta “es el primero en escuchar los mensajes del tiempo, el primero en empujar el mundo hacia el futuro (...) y deberá inventarse una vida tan simple y tan profunda que no puedan con ella las ataduras que tienen a los otros, pues el libertador debe libertarse primero”.

Con esta sola y comprometida reflexión se puede definir la vida y la obra de Alfonso María de la Vega, cuya existencia tuvo la simplicidad de las cosas profundas. Leer su poesía es beber de pronto y sin más anuncio que la inmediatez de su presencia el agua simple de la calma. Y conocer su vida es observar desde lejos y con cierta nostalgia una época luminosa de nuestra Catamarca, donde lo artístico y lo científico se conjugaban “a manera de laurel”.

Lo recuerdo por las galerías de mi escuela, el profesor de Literatura del curso contiguo, siempre de traje y mirada claros, caminando lentamente y sosteniendo en su mano derecha el gastado portafolios, abriéndose paso entre la bullanguería adolescente, con el asombro bajo sus cejas espesas y el cansancio en los pies.

Estas impresiones son el eco que ha despertado la lectura de Fervor desde mi época universitaria, y que me ha inspirado la necesidad de poner su luz sobre el monte para que todos seamos incendiados.

Un lejano 15 de septiembre de 1907 nuestra ciudad lo dio a luz con la alegría de saberse dueña desde ese momento de uno de los poetas que más líricamente le cantara al amor. Ese día nació un hombre que enarbolaría su alma y amansaría con huellas indelebles el camino cultural de Catamarca.

Su niñez fue un padre que iniciara pronto el vuelo de la muerte y siete hermanos. Su niñez fue también la Escuela Normal Fray Mamerto Esquiú. Y fue además la fragancia musical de los violines: su amor por la música le nació a los 9 años de la mirada de su maestro Mario Zambonini. Quizás el apacible sonido del instrumento le penetrara el espíritu y lo llenara del ritmo que imprimiría luego a su poesía, inaugurando su idilio perenne con las letras a muy temprana edad.

La adolescencia le llega de un trazo de pintura. El Colegio Nacional se convierte ahora en el receptor de sus inquietudes. Vive ese tiempo con la intensidad y el compromiso de los jóvenes, compartiendo su secundaria con hombres y mujeres de ideales claros y azules: la música, la poesía, la pintura. De ese grupo especial de jóvenes amantes de lo artístico nace una revista émula del libro rubendariano, Azul, cuya dirección estuviera a su cargo en 1924, cuando el poeta cursaba el cuarto año y era al mismo tiempo presidente del Centro de Estudiantes.

Del número 42 de la simpática revista dedicada al poeta Jijena Sánchez diría un periódico de la época: “Campea en todas sus páginas el estilo picante y frescachón que tiene el picor y la dulzura de las abejas”. Y luego, refiriéndose a un poema publicado, Romance, del joven Alfonso de la Vega, le acredita como “poeta de alto vuelo, de delicada expresión, de sentimiento hondo, de galana y fecunda imaginación”.

A nuestro joven poeta lo llevaba el impulso de la proyección, por ello funda paralelamente la revista Ultra, que publicaba colaboraciones de escritores catamarqueños como Amalia Zamora y Carlos B. Quiroga, y que se mantuvo por muchos años.

Se recibe de bachiller en 1925 y dos años más tarde nace un movimiento literario que tiene como fundadores a Juan Oscar Ponferrada, Carlos Aguiar y José Ramón Luna, a los que se suma Alfonso de la Vega. Es la famosa Peña de Tito Livio, la que se mantuvo durante tres años alimentándose y proyectándose a través de revistas orales, 34 en total que, realizadas en el café “Los dos chinos” o en el “Club Social”, acercaban de manera directa y amena sus creaciones artísticas a un público tal vez sorprendido, pero sin duda reconfortado y complacido por esta iniciativa.

En una entrevista concedida a María del Rosario Andrada, Alfonso de la Vega cuenta que “el Grupo La Peña se ubicaba en las mesas y se invitaba al público a participar. El movimiento era una proyección de los grupos de vanguardia que surgieron en el país influenciados por la revolución del periódico Martín Fierro y el ultraísmo traído desde España por Borges”.

De esto se desprende que esta asociación no era algo aislado, sino que mantuvo relaciones con núcleos similares de todo el país, como La Peña del Café Tortoni y el Grupo Martín Fierro de Buenos Aires, La Gazeta del Sur de Rosario, grupos de Mendoza y Córdoba, La Carpa de Tucumán, La Brasa de Santiago del Estero. Entre ellos se enviaban sus colaboraciones y así “¡se recibieron las de Juana de Ibarbourou!”, expresa feliz el poeta.

¡Qué de días asoleados por las musas habrán vivido estos hombres y mujeres, estos libertadores de los que nos habla Franco! Tal vez haya sido esa época la testigo del amor, ese que se deja traslucir, que se sugiere a manera de bandera en sus versos. Es también por este tiempo que Córdoba, ciudad mediterránea, le regalara según su confesión “el tiempo más hermoso de la vida, los días del romanticismo”.

“La poesía de los verdaderos poetas es zumo de vida, es llama que consume la lámpara”. Con estas palabras inaugura Alfonso de la Vega cierta vez una conferencia sobre la vida y la obra de su amigo, el poeta Luis Franco, y estas mismas palabras, nacidas de su reconocimiento, se vuelven hacia él para definir con justicia su vuelo poético, pues su poesía es vida y es llama.

El mismo Luis Franco escribió en su prólogo de Catamarca en cielo y tierra: “El arte es vital o no es nada, el artista solo puede expresar auténticamente lo que lleva en lo más profundo de sí, lo que ya forma parte de su pulso y de su alma”. Leyendo esta frase se puede pensar que De la Vega poetiza sobre algo que llevaba muy dentro de sí, este amor que transita por las páginas de su libro nos lleva a medir tal vez en forma inconsciente la pureza de las almas sensibles, pureza que no conoce límites. Hablar de Fervor es llenarse de vuelo, luz, alba, cielo, amor, pájaro, paz: palabras que nos sumergen en un estado de serenidad, de sosiego, de consustancia armónica con la naturaleza. Leer el libro de Alfonso es penetrar en el juego metafórico de su palabra y sentir cómo el alma se llena de una calma que es a la vez incendio amoroso. Como él mismo lo dijera, su poema es simplemente la historia de un amor unido al frescor del paisaje que le sirve de cobijo, de amigo, de compinche.

La fusión del poeta con el paisaje es incuestionable, se da de tal manera que resulta difícil ubicar lo narrativo en lo descriptivo de la composición.

Publicado en 1930 por iniciativa de Jijena Sánchez y Juan Oscar Ponferrada, Fervor se constituye en la única publicación de nuestro poeta, y ante la belleza simple y auténtica de su verso uno se pregunta ¿por qué una sola?, si el manantial de su voz parece prolongarse en el último poema, Voto, donde “se presiente ya el fruto del amor”.

La pregunta queda sin respuesta. Y nos quedamos callados, prudentes, a contemplar el silencio del poeta. Y a respetarlo. No averiguamos más. Alfonso María de la Vega ya habló del amor y nos mostró el alma sensible que habitara su cuerpo. ¿Qué más pedir? Nos llenamos de su luz, bebimos el agua de su fuente, creímos en su amor.

En 1932 se recibe de abogado y esta época, la del 30, lo ve conquistar los caminos del arte y de la ciencia. Podría decirse que vivió la vida intensamente durante estos años: la historia y la literatura conocen por entonces el amor de un hijo que se dedicaría de lleno a cultivarlas. Así, en 1936, junto al inicio de su carrera docente, funda con Juan Bautista Zalazar, poeta, Gaspar Guzmán, historiador, Edgardo Acuña y José Luis Galarza, también poeta, la filial de la S.A.D.E. en Catamarca. También por esta época, y ante cierta decadencia cultural, funda la Junta de Estudios Históricos, cuyas primeras reuniones, cuenta él mismo, se realizaban en la celda del padre Esquiú. ¡Qué de recogimiento habrá invadido las almas y las mentes de estos hombres! Allí estaban Sánchez Oviedo, Florencio Segura, Pedro Ignacio Acuña y el padre Narváez, que también por esa época empieza a formar su museo arqueológico.

“Fue dos veces Ministro de Gobierno y Director de Cultura de la Provincia, fundador del Rotary Club y del Instituto Sanmartiniano, miembro de la Comisión que propició la creación del Instituto Nacional del Profesorado de Catamarca”, nos describe también Juana Collado de Sastre.

Otro de sus amores adolescentes y del cual no se olvida es la pintura, y junto a su primo Laureano Brizuela, con el que siempre se reunía, funda la Comisión de Bellas Artes, la que creó luego el Museo de Artes Plásticas y dos Academias: la de Música, dirigida por Amalia Maldones, y la de Plástica, que contaba entre sus profesores con Luis Varela Lezana. Fue un momento de gran intercambio cultural, sobre todo porque se realizaban por primera vez en Catamarca Salones Nacionales de Pintura.

Cultivó grandes amistades y una de ellas le dejó gratos recuerdos: “Con Luis Franco pasé uno de los momentos más importantes de mi vida”. Al regresar de Buenos Aires, Franco formó parte de un grupo agrario y luchó contra los que se aprovechaban del agua en su Belén natal; convocó a la gente con palas y picos para hacer una compuerta y terminó preso. Su hermano Guillermo Franco era abogado, sin embargo, don Luis pidió a Alfonso que tramitara su excarcelación. Pero, fiel a su espíritu de lucha, Franco fue detenido nuevamente y nuestro poeta tuvo que solicitar por segunda vez su liberación. Él mismo recuerda: “A partir de ese momento se intensificó nuestra amistad, ya que Luis me invitó a pasar quince días en Belén, lugar al que fui junto a Santiago Ortega y Juan Oscar Ponferrada”. Éstos eran los amigos del terruño, pero también los tenía en los puntos más diversos del país y de América latina, porque sus viajes fueron muchos. Y seguramente esa calma, ese silencio, ese halo de misterio y de respeto que lo rodeaba, era un atractivo convincente. Viajó también a Europa, asistiendo a distintos congresos y dictando conferencias; tenía a su favor el conocer el inglés, el francés, el alemán y el italiano.

Resulta inexplicable cómo un hombre de tamaña empresa pueda lograr el pasar desapercibido. ¿Se deberá a su eterna espera? ¿O es lo más acabado de su humildad? Dicen las que fueran sus alumnas en la Escuela Normal Clara Jeanette Armstrong, en la que enseñara durante más de cuarenta años, que dejó en ellas “el sello de una personalidad increíble por su humanidad”. El poeta Juan Bautista Zalazar lo consideró puntal de una época gloriosa y floreciente en la cultura de Catamarca. Poeta exquisito y delicado, poeta manso y sublime, y al decir de Rubén Darío “sentimental, sensible, sensitivo”.

Partió a su Paraíso de cadencias olorosas y sutiles colores la mañana del 10 de noviembre de 1993.

Don Alfonso María de la Vega, su vida es ejemplo. Enarboló la inquieta bandera de su alma, conquistó los caminos y logró amansarlos con su huella. Su vida fue como su verso, sin ornatos ni estridencias.

Por su paso lento pero decidido, por la fuerza emotiva que emana su poesía, por ese modo suyo en que vio las cosas -con su manera especial de asimilar la belleza para volcarla en el verso-, por esa identificación perenne con la naturaleza -su panteísmo calmo y oloroso-, por esa simple profundidad de sus ojos azules, por su lucha constante por acercar los caminos del hombre hacia la cumbre, por su amor a Dios y a todo lo creado, por su misticismo, don Alfonso, la Vida le ha dicho ¡gracias!, y en esa declaración nos unimos todos los que adherimos a sus ideales.

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