jueves 2 de abril de 2026
COLECCIÓN SADE - ESCRITORES CATAMARQUEÑOS POR AUTORES CATAMARQUEÑOS

A. Migó Garriga, cuando el vuelo lírico fortalece lo raigal

Judith de los Ángeles Moreno

  • Migó es el seudónimo del poeta catamarqueño Miguel Ángel Garriga, nacido en 1940 y fallecido en mayo de 2012. Con él firmaba sus escritos.

Ha publicado en numerosas revistas editadas en diferentes provincias argentinas, tales como “Caminando” (Villa Dolores, Córdoba), “La Ventana” (Rosario, Santa Fe), “Cuaderno de Cultura y del Hombre”, “Arauco” (La Rioja), “Las espuelas del Ángel” (Ciudadela, Buenos Aires). Sus composiciones también aparecieron en las páginas de los diarios de Catamarca y en los de alcance nacional. Además, sus creaciones fueron acogidas en Suma de Poesía Argentina 1538-1968. Crítica y Antología, compilada por Guillermo Ara (Buenos Aires, 1968); en Antología de Poesía coordinada por el poeta riojano Héctor David Gatica, y en Antología Nº 16 y 18, coedición de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) Filial Catamarca y la Secretaría de Extensión Universitaria de la Universidad Nacional de Catamarca, 2003, 2004. Su obra El señorío célico de la América criolla también se publicó en los pliegos coeditados por SADE- Catamarca y la UNCa.

Participó, en varias ocasiones, en encuentros de poetas y lecturas de poemas, entre ellos, el Ciclo Poesía Abierta Daniel Giribaldi, organizado por Beatriz Balvé en “La Bodega”, Café Tortoni, Buenos Aires, en 1995.

En 2014, se publica Poesía reunida, por Ediciones de la Secretaría de Estado de Cultura de la Provincia de Catamarca, con arte de tapa, diagramación y compaginación del reconocido artista plástico Eduardo Aroca. Se trata de una obra póstuma que compila entre sus páginas los poemas de El polen humano y los textos de El señorío célico de la América criolla.

De su trayectoria vital puede destacarse su labor como director de la Revista Cultural “Polen”, editada en Catamarca entre 1968 y 1973. Integró el grupo literario “El habitante”, dirigido por el poeta y músico Luis Argañaraz. Se desempeñó como Secretario de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) Filial Catamarca, durante trece años.

Sobre la obra

A través de estas líneas efectuaré algunas consideraciones de los aspectos más salientes y destacables de su obra. Para ello me centraré en El señorío célico de la América Criolla y, además, en algunos poemas incluidos originalmente en Antología N° 16 y 18. A modo de anticipación, puede decirse que en los textos de A. Migó Garriga se acentúa la presencia del hombre y de la tierra, del paisaje captado por el artista o tal vez una combinatoria o fusión entre ambos. La lectura alerta impone, pues, la ubicación de estas unidades de sentido que sostienen la hondura conceptual plasmada en imágenes intensas, tanto en los poemas como en la prosa poética.

El señorío célico de la América Criolla es una pieza escrita en prosa poética. Está organizada en dos partes: Cuéntame kuntur de aquel horizonte criollo y Cántame kuntur de la epopeya libertaria. La primera reúne los apartados titulados: El silencio; El vuelo; Las sombras, los fantasmas, los ensalmos; La danza y las bodas de Mallku Kuntur; Hijo de cóndor, El banquete, La fábula, La libertad encadenada y El benjamín. La segunda parte agrupa las letras de Condorí e Hijo de Cóndor, dos composiciones para ser cantadas. La América original le inspira estos versos que ahondan en lo raigal.

Así, el ámbito evocado en El señorío célico de la América Criolla es el escenario andino configurado a partir de rasgos como: el silencio, el desierto -connotado a través de la mención de “extensión”- y, ante todo, por la presencia del ave emblemática: el cóndor; todo ello expresado en una prosa concentrada, de aliento poético en la que se manifiesta una síntesis original y personalísima.

“Érase el silencio en la extensión. En las profundidades el silencio era. El silencio siempre. Siempre silencio. (…) Allá, en la fragosidad de los riscos andinos, entre desnudos peñascos, albo, purísimo, castísimo irrumpe a la vida el párvulo del ave-ángel solar. Inmaculado, empluma su cendal níveo, coronado de iridiscente aureola de luz sidérea”.

Resulta interesante la reiteración de la mención al silencio; con el empleo del ademán lingüístico, que comporta el deíctico “allá”, al leerlo o al escucharlo, es como si se nos invitara a levantar, a alzar la mirada hacia las alturas; por su parte los atributos “albo”, “inmaculado”, “coronado de” –a modo de pinceladas impresionistas- van perfilando la imagen del “ave-ángel solar”, imagen del momento auroral de su nacimiento. Más adelante, impactan, por su plasticidad expresiva, imágenes visuales luminosas, radiantes: “resplandor fulgurante”, “revienta resplandeciente la aurora”, “coronado de iridiscente aureola de luz sidérea”, “el prístino claror del alba bendice todo lo creado”. Estas imágenes promueven un vínculo con el adjetivo poético “célico”, incluido en el título de la obra.

En el escenario andino, la tierra o Pachamama, los animales, las plantas, las semillas, los cerros, el agua, el hombre, los dioses, los duendes son significativos e interactuantes. El poeta lo sabe y así lo siente y así lo expresa:

“La sutil sombra enrédase entre las enmarañadas breñas, cardales espinosos, cardones gigantes, deshilachándose a girones; luego retorna a su forma egregia y piérdese serpenteante en la fronda de algarrobales a jugar a las escondidas con los traviesos trasgos al amparo de las umbrosas copas del boscaje”.

El cóndor, “kuntur”, mentado en lengua aborigen, es el destinatario evocado; a él se dirige la inspiración del poeta, esto se evidencia en expresiones como: “Cuéntame, Kuntur, de aquel horizonte criollo”; o esta otra: “Ave, cóndor, luminosos días te saludan”. En el apartado titulado El vuelo es posible agregar, a los rasgos ya mencionados, la estilización del motivo de la libertad y del cóndor como símbolo de la libertad del continente, motivo que es desarrollado en el apartado que lleva por título: Cántame, Kuntur, de la epopeya libertaria:

“El majestuoso señor del vuelo aletea, revolotea, planea, rasga airoso el espacio infinito con un zumbido vibrante. La diafanidad le roza entre los pulmones zumbadores, brama el plumaje que cosquillea las lisuras inmaculadamente tersas de los días soleados. Con las rémiges abraza las distancias de la Patria Grande. Con los múltiples índices tañe en los aires sonoras estrofas de los himnos libertarios”.

El cóndor, ícono del cosmos andino, es mostrado en la plenitud de su vuelo; predominan, entonces, los verbos y combinaciones verbales que implican procesos ascensionales como: “aletea”, “revolotea”, “planea”, “abraza las distancias” en conjunción con las imágenes que connotan la inmensidad del paisaje.

En el panorama de las letras de Catamarca, particularmente, en la obra narrativa de Carlos B. Quiroga (1887-1971), el cóndor es una presencia constante y constituyente de un núcleo significativo en su producción. Así, los cóndores aletean y viven en las páginas de Cerro nativo (1921), de La raza sufrida (1929), de Los animalitos de Dios (1930). También es uno de los motivos inspiradores de Los hijos del Llastay de Luis Franco. Por su parte, Joselín Cerda Rodríguez resalta, con admiración, “su vuelo sin igual en el mundo de los pájaros“, y cómo los indios lo veían despegar de un picacho de la cordillera y montarse con resoplido de ciclón cuando abanicaba sus alas hasta perderse en las profundidades del espacio (1994:44-45). El cóndor pone en marcha la andadura dramática de Lucas Vega, Hombre de soledad (1985) de José Horacio Monayar y ahora, reinicia su vuelo en El señorío célico de la América Criolla. De modo que estamos ante un símbolo del paisaje andino y, por ende, de Latinoamérica.

El señorío célico de la América Criolla, largo poema en prosa, de tonalidades y resonancias líricas, alcanza –además- acentos épicos en el tratamiento dado a la figura del cóndor, que es nombrado con frases-epítetos como: “celestial heraldo ándido”, “alada potestad”, “majestuoso señor del vuelo”, “Padre Cóndor, santificado por las nativas estirpes, en las gestas, en las palabras, en la canción”, y en el relato del linaje Condorí, gesta que también puede ser cantada, a través de las letras incluidas en la segunda parte y cuya música le pertenece a Ica Novo.

Como ya señalé, originalmente, los poemas de A. Migó Garriga aparecieron publicados en las Hojas tituladas Antologías producidas por la Sociedad Argentina de Escritores, SADE Filial Catamarca, concretamente las que corresponden a los Nº 16 y 18, ambas incluyen seis composiciones del poeta en total. Entre ellas, ofrece particular interés para nuestra propuesta de lectura, la titulada Paisaje (Hoja SADE, Nº 16).

El paisaje próximo, la acentuación de la relación hombre-paisaje ha sido y sigue siendo la cantera literaria de los escritores de la región. Lo novedoso en este poema de A. Migó Garriga consiste en la plasmación estilizada del paisaje. Desde lo formal, el poema está estructurado en seis estrofas de dísticos, salvo en la penúltima de tres versos y en la última, de cuatro. Desde el contenido, en las cuatro estrofas primeras se advierte esta estilización de elementos paisajísticos o lo que el Dr. Pedro Luis Barcia explica como “un aligeramiento de la carga pintoresca”, puesto que la recreación del paisaje aparece anclada en la presencia imponente de la montaña, pero a través del rasgo de “altura” o de los riscos que se elevan; de su morador: no el ave, sino “el vuelo del ave”, el elemento mineral y en ese marco, situado el hombre, cuya existencia transcurre “bíblicamente”.

En un segundo momento, los versos se concentran en la noche, motivo universal de la poesía desde la antigüedad. En estos versos de A. Migó Garriga el paisaje delineado adquiere tres dimensiones: una marcada tendencia hacia al altura, perspectiva ascensional, la perspectiva telúrica ligada a lo nutricio y una tercera extensional, horizontal, ligada a lo circunscripto próximo; entre ellas, el hombre situado en el centro de lo creado. El paisaje real, transfigurado por el arte, ha sido recreado y entonces los lectores vemos lo que el artista ha creado con su numen, como señala Azorín.

Ahora bien, en el poema titulado Del polen humano II surge nítida la preocupación por el hombre, pero entendiendo hombre en sentido colectivo como pueblo, como el pueblo latinoamericano poseedor de una tradición y de una cosmovisión mítica arraigada en las culturas y creencias originarias del continente; culturas mestizadas, mixturadas con el culto y la cosmovisión cristianos. En suma, el poema devela la preocupación antropológica del yo lírico por la América mestiza, multicultural y multirracial; manifiesta a la subjetividad individual (autoral) en consonancia con la intersubjetividad social, con el contexto real e histórico al que pertenece y en el que este poema de A. Migó Garriga se inscribe. Del polen humano II es un poema que refleja su esencia de poeta y de latinoamericano.

“Aquí, bajo la vigilia de los ojos de vicuñas ascendidas a estrellas congeladas, Fariñango tripula en febril continente.

Y las gentes, nuestras gentes, hijos de hijas frutales de la tierra madre, estirpes de sonrientes mazorcas de maíz, soleadas espigas de trigo, doradas vainas de algarroba y henchidas uvas que alegran con sus zumos fiesteros, andan y desandan sobre los osarios de los héroes míticos, panteones de deidades exiliadas en los quintos infiernos; elevan plegarias diaguitas a la Pacha Mama y oran devotos a la madre de Cristo, modulando con tierno acento el lenguaje comarcano; memoran el polen ancestral, esculpen sus mensajes en roquedales, sacude sus nostalgias y entona cánticos hacia la eterna luz.

El polen de América, ese milagroso mineral que crece en las entrañas de los cóndores.

Mineral sagrado, partícula del amor que rige los orígenes.

Perfumes paradisíacos.

Sones de esperanzas.

Polen Humano”.

De los devenires y aconteceres de Latinoamérica, reproducidos en ritos, símbolos, mitos y creencias habla este poema. De señas de una identidad colectiva habla este poema. A. Migó Garriga se nos revela como un poeta de raíces.

Su escritura, labrada con temperamento y con una depurada sensibilidad estética, convoca a la lectura y al disfrute. Para cerrar, quiero recuperar un fragmento de lo que Jorge Paolantonio escribiera sobre el poeta (solapa de la edición de Poesía reunida): “Y es que Miguel Ángel Garriga se definiría como caminante infatigable del vastísimo país de la poesía. Su imaginería desprovista de manierismos contrasta con la fuerza que cala su pensamiento enraizado en las penas y alegrías de Latinoamérica”.

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