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Lo bueno, lo malo y lo feo

3 de febrero de 1813 - Combate de San Lorenzo

3 de febrero de 2022 - 00:00

Sr. Director:

La Asociación Cultural Sanmartiniana de Catamarca “Tcnel. Francisco Olmos” recuerda, como todos los años, el desarrollo del único combate que llevó a cabo el General Don José de San Martín, en su patria.

Este hecho debe ser uno de los más conocidos y representados por nuestros docentes y niños, cuando promediaban sus estudios primarios. Por ello quiero tomar algunas partes del libro “Imágenes del país” del año 1937 del escritor César Carrizo (argentino -50), relatando “La celda de San Martín”:

“La celda de San Martín está intacta. Es de una austeridad y de una humildad que conmueven. Ahí, el catre de campaña, tan mísero que hoy no lo admitiría ni el último soldado. Catre para que reposara solamente un apóstol en ejercicio de penitencia … tan parecido al de fray Mamerto Esquiú, que se conserva en el convento de Tarija, que no supimos si habíamos penetrado en el retiro del hombre y del santo que predicara obediencia a la Constitución, con asombro de Vélez Sarsfield , Estrada, Sarmiento , Avellaneda, o en el refugio del “Santo de la Espada” cantado por Ricardo Rojas.

Las sillas, la mesa, los enseres, la palmatoria, algunas reliquias, el piso de tierra, las paredes desnudas de paramentos: todo es de una parvedad franciscana y todo empolvado de olvido, y en el callado recogimiento que imaginarse pueda. Detenerse un momento en estos recintos de la fe y de la historia, es saturarse de grandeza moral y hacer menos cortantes las aristas de nuestro pobre orgullo. Y la imaginación lo ve al Coronel de granaderos pasearse a lo largo del cuartujo, en esa noche del 2 de febrero, víspera de la acción. Mientras sus hombres duermen, él vela. Para no hacer ruido se ha quitado el talabarte de donde pende el corvo sable.

Va del catre a la mesa de algarrobo, donde se consume y parpadea una vela. Traza unos signos y unos números en el papel, que al punto los rectifica. Piensa, cavila… ¿Qué puede la táctica frente a lo desconocido que está más allá del misterio de la noche? Cuenta apenas con un puñado de hombres. Pero cuenta también con este designio terrible: quedar todos en el campo, o recorrerlo al galope después de la victoria.

Cuando se cansa de caminar, se va por unas galerías silentes y cóncavas, hacia el ancho patio, entoldado por las estrellas más luminosas que haya visto jamás. ¿Qué le pregunta el Coronel a este firmamento enjoyado que invita al ensueño? ¿Piensa acaso en la esposa joven y bella a quien ha dejado en Buenos Aires; o piensa en la patria, la novia augusta con quien va a desposarse al rayar el alba, en el campo de batalla? De nuevo retorna a la celda, pero ahora a calzar la espada, porque ha advertido que de allende el río se viene la aurora. Lo demás ya se sabe.”

Al rayar la aurora subió por segunda vez al campanario, provisto de su anteojo militar. A las cinco de la mañana (3 de febrero), empezó a iluminarse el horizonte, destacándose de entre las sombras de la noche aquel grandioso paisaje de agua y de resplandeciente verde del campo de batalla. Pronto subían por el camino principal dos pequeñas columnas de infantería en disposición de combate.

Montando en un brioso caballo bayo y desenvainando su sable corvo de forma morisca, arengó con breves y enérgicas palabras a los soldados, a quienes por primera vez iba a conducir a la pelea, recomendándoles que no disparasen ningún tiro, fiando solamente en sus lanzas y en sus filosos sables.

De lo que mis Granaderos son capaces, solo lo sé yo, quien los iguale habrá quien los exceda no.

Al toque de clarín salieron desde ambos costados del convento al encuentro de los realistas, y en pocos minutos los derrotaron. El caballo que montaba San Martín fue herido y este quedó aprisionado debajo del animal. El granadero Juan Bautista Cabral lo ayudó a salir y es gravemente herido, muriendo posteriormente. Allí también San Martín recibe un sablazo en la cabeza, que le dejará para siempre, una cicatriz en su pómulo izquierdo.

El mismo día del glorioso combate, San Martín envió a bordo de los buques realistas, con destino a los heridos, media res de carne fresca. Visitó luego a los que se asistían en el hospital de sangre y después fue a su celda- alojamiento, donde curó su pierna magullada y la luxación de su hombro derecho.

Es interesante mencionar el reconocimiento del rol de los franciscanos del convento de San Carlos: por recomendación y a solicitud de San Martín, meses después, la Asamblea General Constituyente del Año XIII, le envió al guardián del convento, Padre Julián García un oficio mediante el cual se les otorgaba la Carta de Ciudadanía a los franciscanos que habían socorrido de manera espiritual y humanitaria a los heridos, y muertos, después del combate.

Colaboración: Cnel. Héctor Evaristo Sánchez

Presidente de la Asociación Cultural Sanmartiniana de Catamarca “Tcnel. Francisco Olmos”.

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