Por Nehuen Vazquez.
En diálogo con El Ancasti, Negroni reflexionó sobre la memoria como ficción, la escritura y el desafío de crear desde las provincias.
Por Nehuen Vazquez.
La reconocida escritora María Negroni se encuentra en Catamarca para brindar esta tarde, a las 18 horas, la conferencia “Los anuncios” en el Aula Magna de la Facultad de Humanidades de la UNCA. La actividad es coordinada de manera conjunta por dicha unidad académica y la Academia Luis Franco, en el marco de la séptima edición de los Premios Luis Franco.
Antes de su presentación, la escritora dialogó en exclusiva con El Ancasti. Durante la charla hizo un repaso por su novela “El sueño de Úrsula”, sobre la cual expondrá esta tarde, pero también profundizó en el valor político del lenguaje, la situación del mercado editorial, la memoria como ficción y una reflexión sobre el desafío de escribir en las provincias.
En este sentido, la autora invitó a los interesados en participar de la Diplomatura en Escritura Creativa, con modalidad virtual, que se dicta exclusivamente para quienes residen fuera del AMBA, buscando justamente federalizar la formación y fomentar el diálogo con el interior del país. La propuesta cuenta con su dirección y es dictada por la Universidad Nacional de Tres de Febrero.
Venís a presentar la reedición de tu novela “El sueño de Úrsula”, una ficcionalización de la leyenda medieval de santa Úrsula, ¿qué nos podrías comentar sobre esta obra?
Bueno, vamos a sacarle el “santa”, primero, y hablemos de Úrsula, en mi versión. En realidad es una leyenda medieval que escribió un genovés en el 1200, formaba parte de un libro llamado La Leyenda Dorada, que tiene muchas historias, pero hay una sola que tiene a una mujer viajera como protagonista.
A mí me fascinó la idea de una mujer que se hizo acompañar por mujeres y, supuestamente, emprendió un viaje desde el sur de la isla que hoy es Inglaterra y viajó por el Rhin hasta hacerse bautizar en Roma. Todo esto más o menos en el Siglo III, después de Cristo. O sea, estamos hablando de hace mucho tiempo atrás. La propia idea de un viaje de mujeres solas es algo inverosímil.
Como una especie de odisea…
Claro, como una Odisea pero que tiene una protagonista mujer. A mí me interesaba mucho en ese momento buscar una especie de odisea femenina, o de viaje épico femenino, porque, en general, los viajes épicos tienen como protagonista siempre un héroe masculino.
Fue un poco azaroso cómo la descubrí, porque fue viendo un cuadro de Carpaccio, un pintor italiano. En el cuadro había una chica durmiendo en una cama, con una borla en la almohada que decía “infantia”. La chica dormía y por la parte derecha entraba un ángel, pero en vez de ser una enunciación, al estilo religioso, le traía una pluma para escribir en la mano. Entonces empecé a pensar que era como la enunciación de la escritura. Ahí surgió y el resto es historia.
En esta novela, las voces femeninas tienen una gran potencia, evidentemente, pero también se nota un trabajo muy cuidado con el lenguaje. Hay una intención estética bastante importante detrás. ¿Cuán importante es para vos este rasgo en la literatura, teniendo en cuenta de que en la actualidad hay muchas obras que prescinden de un trabajo tan elaborado con el lenguaje?
Bueno, yo soy un poco extrema en eso. Para mí la literatura es el lenguaje. En realidad, lo otro sería una especie de malentendido; lo leemos como literatura, pero no es.
Una especie de distinción entre literatura-arte y otra literatura más ligada al consumo.
Claro, ahí entraría toda la categoría de, como dices tú, los libros que priorizan los temas, que a veces se confunden con agendas del mercado, cosas que se ponen de moda. Entonces, no sé, ojo que esas cosas que se ponen de moda muchas veces pueden ser temas importantes; pero que inmediatamente se hace de eso un negocio. Puede ser bien intencionado, pero hay una especie de, no sé, la idea de que la literatura puede servir a un fin. Por ejemplo, yo no creo en eso.
No crees que la literatura tenga un sentido utilitario.
No, por supuesto. Como decía un poeta brasilero que me gusta mucho, Paulo Leminski, quien tiene una frase buenísima para definir, para mí, lo que es la poesía y también la literatura. Él dice “la poesía es un inutensilio”. Es decir, mezcla el inútil con el utensilio, como si no sirviera para nada más que para una cosa gigante. Es el tomar conciencia de ese instrumento que usamos para la comunicación normal, en realidad, también es una posibilidad de ensanchar el mundo si tú lo trabajas de cierta manera.
El lenguaje es una convención, que es una cárcel también, porque el lenguaje comunicativo está lleno de correspondencias. Si yo digo vaso, los dos entendemos qué es un vaso. Pero a otros niveles, por ejemplo, si te digo “la felicidad”, son cosas que no son identificables con un objeto. Entonces las palabras constituyen el lenguaje, son como criaturas vivas, peligrosas también, insuficientes para describir algunas cosas. Mentirosas y crueles, pueden ser muchas cosas las palabras, no es así como ovejitas buenas. Entonces la escritura lo que hace es poner esa lengua que compartimos todos en una especie de erupción. Todo empieza como a desgajarse o desconectarse, y la literatura lo que hace es obligar también a entrar en contacto con la matriz; con la advertencia, la duda y el error.
Eso es muy importante políticamente en momentos como ahora o como siempre, que el poder en realidad siempre quiere que los sentidos sean claros. No quiere ambivalencia ni errores, sino que sea blanco o negro. Y la poesía es justamente lo contrario. Alejandra Pizarnik decía que las palabras dicen una cosa, pero a la vez otra cosa y otra cosa, y así sucesivamente. La escritura tiene una función política, pero que no tiene que ver con los temas. Tú puedes tener un tema muy, no sé, revolucionario y después en la escritura es una cosa súper reaccionaria.
Cortázar decía que lo importante en la literatura no eran tanto los temas, sino el tratamiento de los temas, por ejemplo.
Tal cual. Ya lo dijo él y lo han dicho otros antes que él también, pero hay que recordarlo porque se suele confundir. En un libro, como tú dices, la anécdota en todo caso es una excusa, un puntapié que se da, pero con la misma excusa temática puedes escribir miles de libros diferentes. Lo que hace que un libro sea eso y no otra cosa, es eso que vos llamaste “cuidado con el lenguaje”, que podríamos definirlo más como una conciencia del lenguaje.
Cuando se anunció tu llegada a Catamarca, se habló de vos como una representante de la literatura gótica. Si bien es un género que vos investigaste en profundidad, ¿coincidís con esto? ¿Algo de lo gótico se impregnó en tu escritura?
No. Yo creo que el interés que yo tuve y tengo en la literatura gótica o en el impulso gótico, porque no solo se expresó en la literatura, estuvo ligado por un interés histórico. El siglo XVIII es el siglo del iluminismo, el siglo de la razón, de la enciclopedia y la revolución francesa. Y simultáneamente, también es el siglo del control. La idea de que todo puede ser controlado por el ser humano.
Pero había algo que se estaba dejando atrás.
No es que se está dejando atrás, sino que se resiste a ser integrado en ese sistema. Yo digo que es como una fisura que se le abre a la razón en el costado. Es como si te golpearan la mesa y te dijeran “hola, se olvidaron de mí”. Y lo que se olvidaron es el deseo, porque el deseo es incontrolable. No lo podés ordenar. Eso es para mí el impulso gótico. Yo leo el gótico como un lugar de resistencia frente a la razón y lo uno a la poesía.
La poesía es el lugar del deseo. Se escribe con el deseo, no con la razón. Se escribe con el cuerpo, con la fugacidad de la existencia, con las preguntas, se escribe con todo lo contrario a la razón. Me interesa la literatura gótica porque es fascinante, pero yo nunca diría que soy una escritora gótica.
También me gustaría preguntarte algo relacionado a tu aclamada novela El corazón del daño. En esa novela hay una intención de fragmentar el concepto de género literario. Es una obra que combina la poesía, con lo propio de la narrativa novelesca y también el ensayo. ¿Esta obra fue una forma de reflexionar acerca de qué es un libro o qué es la literatura?
Sí, creo que sí. Yo creo que el libro tiene también una excusa que es la relación de la narradora con su madre. Pero también creo que detrás de esa trama se esconde la pregunta acerca de cómo llegué a ser la escritora que soy.
Además, sumando el aspecto de que soy mujer, ¿no? Que eso también es un tema importante, porque la literatura escrita por mujeres, aunque ha existido siempre…
Sufrió grandes cambios en su recepción.
Sí, claro. Recién ahora tiene más visibilidad. Entonces yo creo que reflexiono sobre todo eso en ese libro en el que incluso me pregunto qué es un libro. Además, aprovechando tu pregunta, yo no creo en los géneros literarios. Para mí hay escritura o no la hay. Los libros nos atrapan o no de acuerdo a la capacidad de asombro que nos producen. Cuando un libro me atrapa es porque hay algo en el manejo del lenguaje que me sorprende.
Es toda una cuestión de palabras. Siempre doy el ejemplo de Marguerite Duras que decía (esto está en un libro en prosa, pero podría ser un verso): “¿Cómo se hace para aullar sin ruido?”.
El epígrafe con el que comienza el libro es una cita de Clarice Lispector que dice “voy a crear lo que me sucedió”. ¿A eso te referís con la idea de excusa literaria?
También, pero no solo eso. Lo que dice Lispector ahí es que yo podría decir “te voy a contar la historia de lo que sucedió”. Pero contar implicaría que te voy a contar la verdad. Y ella no dice eso, dice “voy a crear lo que me sucedió”; lo cual implica que no existe tal cosa como la memoria sinónimo de verdad. La memoria también es fragmentada.
Por eso en el libro hay muchos momentos en el que la madre le dice a la narradora “no, eso no pasó. Sí había libros en la casa”. Está todo el tiempo poniendo de manifiesto que la memoria es una ficción y que vivimos entre ficciones incluso cuando creemos que estamos diciendo cosas reales.
Totalmente. Bueno, la última pregunta para cerrar y agradecerte por tu tiempo. Conozco muchos escritores jóvenes que se sienten un poco frustrados o cierta apatía con la literatura porque piensan que estando en esta provincia es difícil alcanzar una visibilidad literaria. ¿Qué podrías decirles, según tu experiencia como escritora, a esos jóvenes?
Ay, eso es dificilísimo, la verdad es que no sé qué les podría decir. Porque, a ver, a los escritores porteños también les pasa lo mismo en otra medida. El mundo está estructurado así: los países del primer mundo tienen un acceso privilegiado a la visibilidad, muchísimo mayor que Argentina, donde estamos casi en el fin del mundo. Y a Buenos Aires le pasa lo mismo respecto a esos centros. Pensemos en Cortázar, a quien acabás de citar, en Samanta Schweblin para poner a alguien más joven, o en Juan José Saer y Juan Gelman en su momento; gente que en su momento accedió a publicaciones, editoriales y premios a los que desde acá parece imposible llegar.
Entonces, hay que separar esto en dos temas. Por un lado está la visibilidad, y por el otro la alegría, el placer y todo el desafío que implica escribir; que te llena, que es difícil, que es terrible, pero que también es algo hermoso.
Hay un poeta extraordinario de La Pampa que me encanta, Juan Carlos Bustriazo Ortiz. Él vivía en el campo, ni siquiera en la capital de su provincia, y ni siquiera publicaba; no escribía para ser publicado. Hasta que un día lo descubrió Cristian Aliaga, lo editó, y hoy se lo conoce. Lo que quiero decir es que son dos momentos distintos: uno es el mercado y el otro es el de la creación, aunque por supuesto uno siempre quiera que los libros lleguen a los lectores. Es una respuesta difícil, pero me parece que se trata de confiar. El mismo Luis Franco, que convoca mi visita hoy, es un gran ejemplo de esa tensión entre vivir y crear desde el propio lugar y el paso por Buenos Aires.