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Análisis

Lafone Quevedo en el recuerdo

Por Rodolfo Schweizer – Especial para El Ancasti, Octubre 2021

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15 de octubre de 2021 - 09:30 Por Redacción El Ancasti

Para quienes tratamos de comprender el presente de nuestros países remitiéndonos al estudio del desarrollo histórico que lo hizo posible, no nos deja de llamar la atención el desconocimiento o el olvido social de los hechos y las personas que, con su esfuerzo y sacrificio personal, contribuyeron a construir lo poco o mucho de ese pasado que nos identifica como región o país. Lo vimos, por ejemplo, el año pasado cuando redescubrimos al Dr. Carlos Malbrán gracias al Covid, aunque no es el único. 

Igual suerte corre Samuel Lafone Quevedo (1835-1920), un hombre que junto a otros invirtió casi 40 años de su vida y sus recursos personales en desarrollar dos grandes proyectos personales: el primero, administrar el emprendimiento minero más grande en la Argentina en el siglo 19, entre 1860 a 1890; el segundo, tratar de descifrar el pasado indígena del NOA. Como se sabe, ambos desafíos los llevó a cabo desde su amado Pilciao, al sur de Andalgalá, del cual no queda nada, salvo escombros. Hoy en día, si no fuera por un museo que la gente de esta ciudad le construyera en su honor, su nombre no pasaría de ser una anécdota.

Creemos que toda esta trayectoria personal habría ameritado para recordar a este personaje multifacético de nuestra historia a cien años de su muerte, un 18 de julio de 1920. Sin embargo, hasta donde sabemos, tal fecha pasó desapercibida, lo cual no debe extrañar, si aun entre los estudiosos del pasado se duda en reconocer su aporte al estudio de nuestro pasado precolombino, más allá de que algunas de sus propuestas y conclusiones hayan sido superadas por el tiempo y el avance de las ciencias. 
Reconocer y recuperar su memoria es aquí nuestro objetivo.

Lafone y su contexto

Evaluar el trabajo de un investigador como Lafone, demanda aclarar el contexto social y político, condicionante por cierto, que rodeó su existencia. Eran los tiempos de Mitre, Sarmiento, Avellaneda, Roca, en que se quería consolidar el estado nacional dentro de un modelo de desarrollo aceptable a los intereses del puerto, lo cual demandaba solucionar la cuestión indígena. Como la investigadora María A. Bovisio lo expone, “había que decidir qué lugar otorgar a las culturas prehispánicas en el contexto de la historia argentina”. Obviamente, el objetivo no era fácil. Eran los tiempos de la Campaña del desierto y no había mucho lugar para el disenso intelectual.

Pero, por otro lado, jugaba a favor de Lafone el hecho de que esas elites nacionales y provincianas también eran positivistas y compartían un interés intelectual por el estudio del pasado americano, al igual que él. Como es de imaginar, esta coincidencia, más la amistad que lo relacionaba a los círculos de poder en Bs. As. desde tiempos de Rosas, le facilitó sus investigaciones y el acceso a una red nacional e internacional de intercambio de documentos, libros y datos entre el Río de la Plata y Chile, que se alimentaba de las bibliotecas personales de gente importante como Bartolomé Mitre (1821-1906) y Andrés Lamas (1817-1891), más los archivos públicos y privados de estos países. Por lo tanto, recordar su experiencia intelectual revela el estado de cosas que rodeaba la investigación histórica en su tiempo, un dato importante para comprender la dinámica intelectual de su época en nuestro país. 

Las dos facetas de Lafone

El estudio de Lafone demanda, a nuestro entender, verlo en dos aspectos de su vida: la del hombre industrial de fines del siglo 19 y la del intelectual interesado en la cultura indígena

1. Lafone, el industrial

El investigador Máximo Farro cuenta que Samuel Alexander Lafone Quevedo (1835-1920), “don Samuel” a secas en territorio catamarqueño, fue un empresario minero residente en Catamarca, propietario del emprendimiento “Pilciao-Las Capillitas”, el cual, junto a otro llamado “La constancia”, de Adolfo Esteban Carranza (1824-1896), conformaron lo que, por entonces, se llamaba el “emporio minero catamarqueño”.

Su vida infantil estuvo tocada por la realidad que en el Río de la Plata había creado el gobierno de Juan Manuel de Rosas. Sus padres, Samuel Fisher Lafone (1805-1871), un rico comerciante inglés dedicado al intercambio entre Inglaterra y el Río de la Plata y María Quevedo y Alsina, una dama de la sociedad porteña, tuvieron que exiliarse al Uruguay para escapar a la persecución política del régimen. Don Samuel nació allí en 1835. 

Sin embargo, ese infortunio familiar tuvo su lado positivo con el tiempo, porque le brindó a sus padres la oportunidad de conocer a otros exiliados importantes en el futuro de Argentina, como Bartolomé Mitre y Francisco Facundo Moreno, el padre del perito Moreno, que luego le sirvieron a su hijo, Samuel, para acceder al ambiente académico e intelectual de aquel Buenos Aires de la segunda mitad del siglo 19, que soñaba con integrarse, cultural y económicamente, a Europa.

Llegado a la adolescencia, su ascendencia inglesa y la riqueza de su padre le abrieron las puertas de las mejores escuelas de Europa. Entre los 13 y los 22 años de edad, su educación se concretó en Inglaterra, terminando en la Universidad de Cambridge con un “Magister Artium” y una especialización en filología, una preparación educativa inimaginable para un habitante común de nuestro país de entonces, que luego le sirvió, obviamente, para desarrollar sus investigaciones acerca del pasado en el NOA.

De vuelta a nuestro país, su padre lo mandó a Santa María (Catamarca) como administrador del complejo minero “Las Capillitas”, para hacerse cargo del manejo de una mina donde se explotaba cobre fundamentalmente, más oro y plata. Dejamos a la imaginación del lector imaginar lo que semejante cambio pudo haber representado para este joven educado en Europa que, de golpe, se ve instalado por su padre en aquella Catamarca dominada por las convulsiones internas de la segunda mitad del siglo 19, para administrar un emprendimiento minero, con los pocos recursos de la época, o sea, a pico, pala y voluntad de superación.

Hacia 1880 don Samuel trasladó sus operaciones a Pilciao, al sur de Andalgalá, un algarrobal en la punta norte de Pipanaco, 17 kilómetros al sur de Andalgalá, donde fundó y levantó un pueblo de 500 personas al mejor estilo inglés, con viviendas para su personal, escuela para niños y adultos, iglesia, recreación, etc. Hasta un coro de niños cantores de origen indígena, que maravillaron por la calidad de sus interpretaciones a extranjeros que lo visitaban en Pilciao y hasta en Tucumán, adornaron el prestigio de aquel lugar utópico, del cual hoy solo quedan restos fragmentarios desparramados sobre el terreno. 

Pero, ese triste destino del poblado no alcanzó a mellar el prestigio de aquella villa que, allá por 1880, llegó a ser vista, aún más allá de nuestras fronteras, como “El Dorado de la América del Sur”. No era para menos. Por sus senderos polvorientos pasaron personalidades importantes de aquella Europa interesada en visitar aunextraño personaje que había montado exitosamente una utopía en medio de Calchaqui, como lo llamaban, don Samuel Alejandro Lafone Quevedo.

2. Lafone el investigador cultural

María A. Bovicio nos dice que Don Samuel Alexander Lafone Quevedo es reconocido como uno de los precursores del estudio de la arqueología en nuestro país, junto a Florentino Ameghino, Adán Quiroga y Juan B. Ambrosetti, por nombrar a los más conocidos. Lo integra, por lo tanto, a ese grupo de notables que, a fines del siglo 19, se dedicó a recuperar, catalogar y estudiar lo que quedaba de los pueblos antiguos que poblaron esta región antes de que llegaran los españoles. Igual opinión comparten los investigadores Alejandro F.Haber y Daniel D. Delfino que lo califican de “pionero” de la arqueología, aunquedudan de su trascendencia actual.

La realidad parece indicar que Lafone se encontraba entre dos tendencias adversas en el ámbito académico. Una que ligaba la arqueología a las Ciencias Naturales y por lo tanto no pasaba en sus objetivos de la clasificación de todo lo indígena. Desde el poder se apoyaba esta tesitura a través del perito Moreno, amigo de Lafone. La otra, la visión histórica, que se inclinaba por intentar una interpretación simbólica del objeto indígena bajo estudio. Imaginamos que, dada la relación personal de Lafone con Moreno, Mitre, etc., que venía de tiempos del exilio de su familia hacia 1840, es natural que su persona quedara ligada a quienes ostentaban el poder político de su tiempo, lo cual se proyectaba al tratamiento dela cuestión indígena, ante lo cual Lafone, un europeo acriollado o viceversa, no podía opinar. Eran los tiempos de la Campaña del Desierto. 

Como se sabe, esta situación se revirtió a partir de 1916 más o menos, lo que cambió el contexto político en el cual había actuado Lafone. Lo que siguió a su muerte en 1920 fue un interregno de unos 10 años, al cabo de los cuales la arqueología volvió a ser parte de las ciencias históricas, con la aparición en escena de Alberto Rex Gonzalez, según nuestras referencias. Para entonces, Lafone ya era historia. 

En conclusión, creemos que Lafone estaba más allá de los feudos en que se dividía la sociedad argentina de su época y que su actuación, aparentemente acomodaticia ante el poder, no era otra cosa que una actitud de resignación ante una realidad que no podía manejar ni controlar. Su personalidad nos muestra a un individuo más bien interesado en ajustarse al Positivismo del siglo 19, o sea a la idea de que el conocimiento real surge de la experiencia personal de los fenómenos naturales, interpretados a través de la lógica y la razón. Todo esto, adornado por la filosofía del Romanticismo, que exaltaba lo natural, lo exótico y la historia a través de la sensibilidad y la subjetividad personal, lo que lo impulsó a tratar de conocer el pasado de América. 
Lo dicho en su defensa no implica, por otra parte, defender o reivindicar sus interpretaciones del pasado,sino rescatar su espíritu infatigable al servicio del conocimiento del mismo.

Su mundo teórico

Lafone, como cualquier estudioso de entonces y ahora, adhería a las ideas en boga del momento, actualmente superadas a nuestro entender. En su tiempo, la figura clave era Vicente Fidel López, quien no solamente le aconsejó que estudiara filología y arqueología americana, según M.A. Bovisio, citando a Ricardo Rojas, sino que, a través de su obra de 1867, “Estudios sobre la colonización del Perú por los Pelasgos en tiempos prehistóricos”, le inculcó la idea de un tronco común de las lenguas europeas y americanas, un tema dominante en su visión del pasado.

Siguiendo esa teoría, Europa y América estuvieron unidas geográficamente en un pasado remoto, hasta que las costas se hundieron y separaron los continentes. Por lo tanto, cree que las civilizaciones indígenas de América son una continuidad de las del viejo mundo. Esto lo llevará a creer que los símbolos representados en las figuras indígenas americanas eran transferencias culturales del viejo mundo y el medio oriente y, por lo tanto, universales. Para él, las urnas de Chañar Yaco, cavadas y extraídas por Lafone en 1891, muestran símbolos de Isis y Osiris, dioses egipcios.

Lafone también adhirió a la teoría de Fernando de Montesinos acerca de la presencia de una civilización preincaica en toda la región andina y una lengua común. Esa nación, según Montesinos, fue destruida por una invasión de hordas salvajes provenientes del norte (Caribes), del este (guaraníes), y del sud (Araucanos). Por lo tanto, lo que los españoles encontraron al llegar al Perú no fue la cultura original de América del sur, sino el remanente degradado de aquélla, como lo prueban la pobreza de las construcciones o algunos cultos como el de Tonapa, un dios, según él, producto de la mezcla del mundo quechua con el guaraní. Lo probaría la etimología de su nombre, derivado de Tupa, un dios guaraní y Thupa, señor en quechua..

También adhirió a la idea de una civilización madre cuando encontró vocablos que el consideró “fósiles lingüísticos” provenientes de una civilización desaparecida. Así, los vocablos indígenas con la raíz “Co”, que halló en sus incursiones investigadoras y que atribuyó al araucano significando agua, son los que explicarían, según él, palabras como Coneta y Conando y la posible existencia de una lengua madre de la cual habrían salido el quichua y el Kakán.

Sus estudios de la lengua incaica, el quichua

Como se sabe, uno de los objetivos personales de Lafone era identificar y clasificar las culturas indígenas del NOA; definir una etnografía lingüística estudiando las reglas gramaticales que diferenciaban la lengua hablada; estudiar la etimología de los nombres geográficos, pueblos, etc. Por lo tanto, se sumó a la corriente que desde el siglo 16 venía recopilando a través de los misioneros las lenguas indígenas que se hablaban en el virreinato español. 

Para realizar esa investigación, Lafone recorrió todo el NOA a caballo, lo que le permitió tomar contacto personal con los indígenas. Aquí, en Catamarca, recogió y recopiló datos en los archivos oficiales, que no eran muchos, pero fundamentalmente de los manuscritos que tenían las familias más antiguas de nuestra zona, que los guardaban para demostrar su prosapia y los favores a la corona española a lo largo de la colonia. Uno de sus contactos más importante fue con el clero local y el Convento Seráfico en Catamarca, lo que le facilitó llegar a sus archivos sobre las lenguas indígenas en el territorio donde actuaba la orden religiosa, que comprendía, además de Catamarca, a nada menos que Salta, Jujuy, el Chaco y Bolivia.

Una anécdota tomada por Farro del diario de Lafone ilustra su metodología de trabajo sobre el terreno. La ocasión es una visita a Magdalena Gomez, “famosa médica y que sabe componer quebraduras y zafaduras» quien «con un andar de reina en medio de su pobreza, vecina mía y condómina conmigo en esos derechos de indios de Huaco, me entretuvo más de tres días dándole salida a casi dos tercios de las voces quíchuas contenidas en la reproducción del diccionario de Holguín por von Tschudi”. 

Lafone se conmueve ante el pedido de doña Magdalena, que le pedía recoger palabras que estaban en trance de desaparecer. El hecho de que Lafone contara en sus diarios este detalle demuestra su sensibilidad personal acerca de la desaparición del legado indígena y sus consecuencias. 

No menos interesante es que esta exploración lingüística sobre el terreno le permitió acceder a los papeles o documentos en manos de familias antiguas, los cuales le ayudaron a saber por dónde, en el siglo 17, habían pasado las expediciones españolas y dónde habían sido fundados localidades como Londres, Cañete y Córdoba de Calchaquí, por entonces adscriptas a Tucumán. Otros papeles del siglo 18, que marcaban los límites de propiedades y el empadronamiento de indígenas que tributaban a la Corona, le ayudaron a ver como había cambiado la toponimia local, es decir, el nombre de los pueblos y lugares.

Uno de los méritos de los estudios de Lafone fue la organización de una red de informantes sobre el terreno, a los cuales encomendó la tarea de recoger el habla de los indígenas. Los instructores iban desde personas con cierto grado de instrucción, hasta indígenas y sacerdotes. Las preguntas que hacían a los indígenas abarcaban todos los aspectos de la vida, incluidos los de uso diario para las necesidades más elementales. Esto también incluía el relevamiento de las variantes de vocabulario de acuerdo al sexo de las personas. Una vez recolectados los datos o la información de dónde estaban, Lafone se valía de un asistente en Pilciao para organizar la información. La calidad de las tabulaciones, basada en sus conocimientos empresarios, le valió el reconocimiento incluso de gente académica de Europa.

Su ansia de precisión lo llevó incluso hasta a hacer rezar el Padre Nuestro para ver cómo los indígenas articulaban las partículas pronominales en la expresión. Lafone advertía que el recoger vocabulario no era fácil, porque el indígena no piensa en vocablos sueltos, sino en frases, y porque emplea sonidos irreproducibles en castellano. El tema era evitar el prejuicio o la mala interpretación del recogedor de la muestra y dejar que el indígena hablara.

En lo que toca a Catamarca, su trabajo permitió dilucidar donde estaban las antiguas fundaciones de pueblos en el antiguo Tucumán. Su obra Londres y Catamarca de 1888 es producto de esas dedicaciones. Luego vino su Tesoro de catamarqueñismos, con las etimologías de nombres locales, a lo cual consideraba como “mojones de la historia”. La revelación de cómo fueron cambiando los nombres de lugares e individuos lo llevó a adentrarse cada vez más en el estudio de las lenguas indígenas de nuestro país, a las cuales denominó “Lenguas argentinas”.

No podríamos terminar esta sección sin mencionar a modo de anécdota, su conclusión de que el kakán no era un dialecto del quichua. Recordemos que Lafone, siguiendo a Montesinos, creía en la existencia de una lengua única a través de la América del Sur, lo que lo había llevado a creer que el kakán sí era un dialecto. Un descubrimiento fortuito lo llevó a aclarar el tema. En efecto, según cuenta Farro ello ocurrió por casualidad cuando Adan Quiroga (foto, a su izquierda),lo invitó a revisar unos papeles en Singuil, cuando intentaba arreglar un pleito entre familias, que venía de la época en que ese lugar era una merced. Al describir las propiedades, se hace mención a un lugar llamado “Enjamisajo”, que quería decir “Cabeza Mala”. Obviamente, el orden de la palabra compuesta no corresponde al orden gramatical del quichua, que diría Sajoenjami, “Mala Cabeza”. Por lo tanto, la gramática le demostraba la independencia entre esas dos lenguas indígenas.

Como no podía ser de otra manera, esto lo llevó a una nueva aventura intelectual: a interesarse por las lenguas de la región chaqueña, como el mocoví, el abipón, el guaycurú, el toba y otras, para lo cual la biblioteca del Gral. Mitre le vino muy bien por tener muchos estudios sobre ellas.

El lenguaje simbólico. Sus limitaciones

Uno de los temas caros a la aproximación de Lafone es, a nuestro entender, el hecho de que adhiriera a las teorías en boga de entonces. Como dijimos,creía en la teoría de Montesinos acerca de la presencia en Sudamérica de una nación preincaica en toda la región andina. También se plegó a Ameghino en la idea de un tronco cultural único de las culturas indígenas americanas, cuyo origen estaría en Tihuanaco y en que las imágenes representadas en objetos de barro o metálicas constituirían un lenguaje ideográfico similar al de los chinos o egipcios, o sea una forma de escritura que merece una lectura simbólica. Quizás por su mente pasaba el recuerdo de Jean Francois Champollion y su desciframiento de la escritura jeroglífica de los egipcios hacia 1822.

Pero, si Ameghino es cauto en el momento de hacer una lectura simbólica de las imágenes, Lafone es más osado y hace una lectura ideo gramática y fonética de ellas (Bovisio). En efecto, al otorgarle un carácter fonético a los símbolos, estos subían un peldaño para transformarse en escritura, un cambio de interpretación de fundamental importancia, porque implicaba asumir que los pueblos indígenas poseían escritura y que, por lo tanto, habían llegado a un grado de civilización similar a los del llamado Medio Oriente (Egipto, Persia, etc).

Pero, había algo más serio en tal conclusión. De aceptarse su propuesta, nuestro mundo indígena pasaba a ser una continuidad de las antiguas civilizaciones de Europa, lo cual coincidía con las tesis impulsadas desde el poder para ofrecer una imagen civilizada del pasado indígena, con el fin de atraer al inmigrante europeo. Obviamente, esta conclusión le resultó cara al prestigio de Lafone, porque lo confirmaba como parte de los grupos de poder que manejaban el país por aquel entonces (Mitre, etc). 

Un ejemplo de esta lectura simbólico-fonética en Lafone esel famoso disco de Chaquiago, donde intenta una interpretación iconográfica del mismo y le atribuye un valor fonético e ideográfico a los signos y representaciones en el mismo.
Para llegar a ello, Lafone recurre a la famosa lámina de Pachacuti Yamqui Salcamaygua publicada en el libro “Relación de Antigüedades deste Reyno del Pirú” (sic), a la cual califica de “la clave del simbolismo peruano”. En efecto, allí encuentra en quechua y su traducción al castellano ciertas figuras que él considera universales, a las que las ve como representando ideogramas, es decir ideas expresadas en símbolos. Por ejemplo, dado que al lado de unos círculos está la palabra Imaymana, nombre de una de las emanaciones de Viracocha asociada al agua, de ahí en más todo grupo de círculos representará, según él, un ideograma de Imaymana en otras piezas arqueológicas. 

Este concepto aplicará luego para proponer una interpretación del famoso disco de Chaquiago, aunque esta vez toma como referencia los jeroglíficos egipcios y mayas, a los cuales contrasta con los de la placa de Pachacuti y con estudios lingüísticos y de la religión incaica. Al final llega a la conclusión de que en el disco está el ideograma de Cuati, un dios acuático quechua (Bovisio). Obviamente, en su tiempo todavía no se había podido demostrar que la única escritura genuina (signo más sonido) en las Américas era y sigue siendo la de los Mayas (TheStoryofDecipherment, Maurice Pope, 1975, 1999).

Lo que siguió

Lamentablemente, las circunstancias de su vida llevaron a Lafone a tener que adaptarse al cambio de ambiente de trabajo cuando tuvo que abandonar Pilciao, al vender el emprendimiento minero para evitar la bancarrota. Como sabemos, el perito Moreno le ofreció como reconocimiento, en 1888, el cargo de Encargado Honorario de la sección de Arqueologia y Lenguas Americanas, más la publicación de sus estudios, luego de que Lafone colaborara por años con el Museo de La Plata enviándoles objetos arqueológicos. 

Obviamente, este nombramiento fue visto, con el tiempo, como una confirmación de su pertenencia a los sectores de poder; de ser un referente intelectual y académico del mismo. Ahora bien, no podríamos afirmar que él se viera a sí mismo como tal. Pero, eran los tiempos de afianzamiento del estado nacional frente al mundo y la cuestión indígena era tema delicado. Lafone, como un hombre entre dos mundos, no creemos que haya tomado partido, desde su conciencia, por ninguna de las corrientes académicas en que se dividió la aproximación a la arqueología. 

De todas maneras, quizás el saberse centro de una disputa intelectual en un país que no era el suyo explique que, desde su llegada a La Plata, su producción intelectual disminuyera, mientras se refugiaba en un significativo silencio. Se cuenta que los estudiantes guardaban un respetuoso silencio cuando veían pasar a ese anciano silencioso por los claustros camino a su oficina. No podía ser de otra manera, dado el peso académico de su trayectoria.

Nos quedamos, por lo tanto, con la sensación amarga de deberle algo a este hombre que no sólo dio vida a la investigación de las culturas precolombinas en esta región del NOA, sino que también registra en su honor el haber descubierto las ruinas de Quilmes en Tucumán, el mayor asentamiento indígena anterior al descubrimiento de América, que data del 850 dc, ocupaba unas 30 hectáreas y alojaba unas 5.000personas, lo cual lo coloca al lado de otros grandes de su tiempo, como el hawaiano Hiram Binghan, descubridor de Machu Pichu en 1911. 

Creemos que su memoria sigue mereciendo el respeto y reconocimiento de los catamarqueños.

Referencias
Alejandro F. Haber – Daniel D. Delfino. Samuel Lafone Quevedo and the construction of archaelogy in Argentina.(1996)

María Alba Bovisio. Supuestos y conceptos acerca de la imagen precolombina del noroeste argentino en la obra de Samuel Lafone Quevedo, Adán Quiroga y Juan Ambrosetti.(2014)

Máximo Farro. Las lenguas indígenas argentinas como objeto de colección. Notas acerca de los estudios lingüísticos de Samuel A. Lafone Quevedo a fines del siglo XIX (2013)

Maurice Pope. The story of decipherment. (1975, 1999)


 

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