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Refugio de lectura

LAS AVENTURAS DE LA CHINA IRON, de Gabriela Cabezón Cámara

Por María del Rosario Andrada
6 de octubre de 2019 - 02:08 Por Redacción El Ancasti

GABRIELA CABEZÓN CÁMARA nació en 1968 en Bs. As. Autora de las novelas: La Virgen Cabeza, publicada también en el Reino Unido; de la nouvelle “Le viste la Cara a Dios”, “Romance de la Negra Rubia”; de las novelas gráficas “Beya”, “Y su despojo fue una muchedumbre”. Fue residente en la Universidad de California (Berkeley), trabajó como editora de cultura de Clarín y fue colaboradora de la revista Anfibia. Ejerce como periodista cultural en Página 12 y Fierro.

Pocas veces uno sale de la calma que la lectura provoca; en este libro la fluidez de la escritura y las abundantes imágenes muestran un escenario: una carreta va andando y nosotros dentro de ella por caminos polvorientos, apisonados por el ir y venir de la indiada; el viento, el chillido de algún chimango, insectos, cuises, algunos tatúes en la soledad de la Pampa.

Una novela contada en primera persona, por la mujer del gaucho Martín Fierro en un contexto picaresco y cruel a su vez, por el pasado de quien se bautizó como China Josephine Star Iron, huérfana, pobre, sucia y abandonada por el gaucho nacional a quien se lo llevó la leva.

La China sube a la carreta junto a su perro Estreya y conducida por  la inglesa Elizabeth, cuya misión es rescatar a su marido y hacerse cargo de la estancia que va administrar. Son dos lenguas que se unen en el confín del mundo, la China duerme en sábanas que huelen a lavanda -lo supo después-, creía que el perfume era propio del género. Reconoció otra piel sobre su piel cuando Liz la bañó, le regaló zapatos, la enagua de silk, pulloveres. Dice: “Yo sentía que había vivido fuera de todo, afuera del mundo que cabía entero en la carreta con Estreya y con Liz… aprendí lo que era la brújula como aprendí a ponerme una enagua o a ordenar las letras, como se aprende a nadar, diría, la vida nueva era eso: me sentía arrojada al agua…yo empezaba esquivando los guadales como quien esquiva rocas en el mar, siguiéndole las rutas a la indiada. Aprendimos a saber si estaban cerca leyendo la bosta de sus bestias…” En el camino aparece Rosa (Rosario), un baquiano medio indio, de una ceja sola que se une al viaje.
Se entreveran los relatos de Liz sobre Londres, las selvas africanas, los dragones chinos, las vacas sagradas de la India,  todo es curiosidad, sorpresa para la China Iron ante el sabor del té, el whisky.  No falta entre los artefactos el pararrayos Franklin, que Liz  coloca en el techo.

La autora libera a la mujer, a la China Josephine Star Iron, la desnuda de prejuicios, la enciende, la deslumbra en el erotismo y en el sexo cuando Liz la besa y ella no está segura de que fuera “una costumbre inglesa o un pecado internacional”, o cuando la vistió de gringo, asumiendo quizás un nuevo género. Finalmente llegan a las tierras de Kaukalitran, una geografía alucinante, un paraíso, pájaros, mariposas, picaflores y una toldería de indios desnudos y hermosos. Ahí la China Iron se reencuentra con Fierro, pero él es otro hombre distinto al que conoció.

Una mujer que irrumpe la época, una liberación del espíritu, del sexo, de la sumisión, del olvido y de la postergación. La reivindicación de quienes fueron ignoradas y dominadas en la literatura. 

Gabriela Cabezón Cámara reconstruye otra visión sobre la “barbarie” con una historia brillante y colorida.

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