La insurrección de la poesía

Nacido en Buenos Aires en 1946, Penelas es uno de los escritores representativos de la generación del 70. Publicó obras en poesía y prosa, entre ellas su libro Conversaciones con Luis Franco. El texto y los poemas a continuación pertenecen a su Antología personal (Dunken, 2010).
4 de diciembre de 2011 - 00:00
Una extensa obra poética -saludada por Luis Franco, Raúl González Tuñón, Ricardo Molinari, Juan L. Ortiz, Elvio Romero, Lily Litvak, Giuseppe Bellini, Juan José Ceselli, Eduardo Blanco Amor, Héctor Ciocchini, Xesús Alonso Montero, entre otros- revela el devenir creador de Carlos Penelas, una de las voces más serias de la generación del 70.



La crítica ha advertido una preocupación raigal por adentrarse en los símbolos expresivos y en las estructuras modernas, conciliando el peso y la medida de su lirismo.



En Antología personal compila intensidad y calidez, una creatividad que se advierte en el tiempo.



Hay un impulso cósmico que deja una temblorosa sensación de misterio en el espíritu de quien transita esta antología. Sutiles ceremonias, la respiración del silencio o los ritos del instinto, la ternura del hombre y la mujer, el exilio, las persecuciones, el compromiso social, vibran en sus imágenes y contagian el gozo y el pavor de la vida.



Fiel a los hechos de su tiempo, su poesía abarca una problemática que va desde las vicisitudes del ser contemporáneo hasta el intransferible lirismo. Pero hay, además, una estética de lo subyacente velado del predio nativo.



La obra de Carlos Penelas ha nacido de su propia experiencia, de una experiencia que desde su infancia fue descubriendo el mundo a partir de la mirada de una nostálgica memoria que necesita referencias éticas. Un poeta que se rebela contra el mundo empírico. El poeta encuentra y requiere silencio; poetizar, es decir crear en el sentido etimológico. Por eso su clasicismo desde sus primeros libros, el símbolo del mundo interior, la intuición y la conciencia, el lenguaje que descubre su lugar en el cosmos a partir de lo sensual y de lo contestatario.



La mirada de Penelas horada la realidad, la materia. Allí aparecen también los mitos celtas, el saber de la tierra, la intersección entre lo moral y lo humano, lo utópico como refugio de lo profano y lo miserable. Por esta razón son tantas las referencias de su mundo mágico en pasión libertaria; un orden brotado con la respiración de lo bello.



Su actitud melancólica expresa tradición, premonición por el sueño, un orden sutil de la armonía, la fatalidad y la lucha contra la deshumanización, la realidad mitológica de las fuentes artísticas, el lenguaje elaborado a partir de una cultura clásica de la poesía medieval española y la lírica de la poética argentina.



También advertimos en sus últimos años una mirada más compleja que establece lo ilusorio de aquello que llamamos realidad; la simultaneidad del tiempo, la propia percepción que crea realidad. La obra de Penelas celebra el júbilo de lo vital, de lo bello, de lo insurrecto. Penetra un mito significativo de la intimidad poética: la memoria olvidada de la infancia.





LA GAVIOTA BLINDADA

¿De dónde viene?



¿Del sur o de mi pecho?



¿Qué noches ha cruzado?



¿Y por qué es pensamiento



y canto y hombre?



¿Qué sangre o qué galaxias,



sobre sus alas,



no ha cubierto de sueño?



Alzada al infinito



con el llanto de agosto



para hallar otro edén



más misterioso y puro.



Su forma se renueva



inédita de tránsito



como un muelle plural



de ríos numerosos.



En pos de cada tarde



es resplandor que nutre.



Herida, clandestina,



regresa con su estrella.



Pálida, inagotable,



inmarcesible y trémula



atestigua la aurora.



¿De dónde viene?



¿Del sur o de mi pecho?

(La gaviota blindada y otros poemas, 1975)





LOS SUEÑOS DE ODISEO

Estas mujeres son parte de mi vida.



Vienen a mí



en la vigilia de la desventura.



En la mezquina gloria



que dioses y reyes impusieron



aspiro sus perfumes.



Miradas traspasadas de voces



proclaman la grandeza del amor.



Me ofrendan soledad y belleza.



Cabelleras desvalidas



sobre las túnicas que denotan los senos.



Nos ocultamos en la bruma dorada,



asombrados de los designios de la arena,



únicos ante el misterio.



Sólo la fugaz Nausícaa perdurará



entre tanto dolor y desprecio.



Como el soplo de la vida



en la mirada taciturna.

(El corazón del bosque, 1992

TRASVEO EN TUS OJOS

Trasveo en tus ojos. Tu mirar



regresa recogiendo el estío.



Una melancolía celta



consumida en el alma.



Así te gozo. Sin que sepas



del mundo,



del tras amor vencido



por donde entremiro impávido.



Te descubro distante.



Imagino entre noches



el hechizo que aventa



los cabellos. Esencia errátil



tu mirar. Húmeda, oculta.



Te escapas de mis brazos.



Cedida.

(Guiomar / Cantiga, 1996)
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