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¿Una alternativa o una escapatoria?

17 de marzo de 2010 - 00:00
Casualidad, causalidad u oportunismo, eso queda a la libre interpretación de los hechos. Cuál de esos motivos hizo que Olimpia, según la secretaria de Deportes, solicite la intervención de la Federación. Veamos: alguien duda de que la dirigencia de este club, luego de tantas ligas e incluso un TNA, desconozca sobre los alcances de una intervención... difícil de entender.

Máxime si tenemos en cuenta que las propias autoridades de esa entidad defendieron con uñas y dientes cada representación, y ahora, de la noche a la mañana, decidan tirar todo por la borda con el pedido de intervención.

En todo caso, pareciera que Olimpia encontró en esta extrema medida la excusa perfecta para evitar las deudas que implicó la deuda de la Liga pasada (por eso su plantel recortado) y los costos que implicaría la participación que en mayo deben deberían asumir, cuyo presupuesto aún ni siquiera fue analizado, ni gestionado a tiempo, como sucediera años anteriores.

Además, ¿cómo puede ser que un club como Olimpia, cuya única actividad es el basquet, que además nuclea a cientos de niños en sus formativas (incluido un jugador de selección, Ignacio Parra), hoy pida la intervención? Con esto se vería privado de la competencia oficial, resulta incoherente.

Por el honor

Lo más grave de todo, con la aceptación de la intervención, quedarían bajo sospechas (mientras no se apruebe la documentación), las gestiones de todos y cada uno de los tesoreros que cumplieron funciones en los períodos en cuestión, ya que es un balance el principal y único impedimento para el dilatado llamado a asamblea, entre los cuales Avellaneda (lo mencionamos únicamente porque su club efectuó el pedido) tuvo una intervención.

Es decir, que independientemente de la falla técnica que impida la aprobación de los balances, y nunca se conocería quién o quiénes son los responsables de dicho balance. Por lo tanto, aprobar la intervención sería una medida irresponsable, que incluso no permitiría a los tesoreros dejar bien sentado su nombre y honor, con una duda eterna, que únicamente se saldaría con la normalización de la entidad.
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