sábado 11 de abril de 2026

Recuerdo de Armando Castro

El 2 de junio del año pasado, a las 22 aproximadamente, recibo un mensaje que nunca imaginé: a esa hora fallecía Juan Armando Castro, Tata, como le decíamos cariñosamente en nuestra entidad, más precisamente en la bochas del Club de Pelota Catamarca.

Este gran ser humano que fue Armando se iba llevando consigo el dolor de todos los que de una forma u otra lo conocimos; y con él se fue una parte de la rica historia de nuestro predio de las bochas, cuando decidimos refaccionarlo, allá por 1991, en las cercanías de un importante Campeonato Argentino de Bochas por Tercetos.

Lo comentamos entre todos los bochófilos del club y recordamos que por aquel entonces era presidente de la Subcomisión de Bochas ese inquieto dirigente que es el Dr. Julio Argentino Soria, Julito, para los amigos; secretario Eduardo Lalo Figueroa, y el resto de los integrantes eran David Álvarez, Néstor del Pino, Luis Caviedes, Antonio Closas, Juan Ricardo Flaco Nieva, Ignacio Bota Nieva, Bernardo Vieyra, Héctor Rodríguez, Julio César Pacheco, Luis Soria, Edilberto Chichí Ibáñez, y tantos otros que en estos momentos escapan de mi memoria.

Trabajábamos día y noche, sin descanso, y allí estaba Armandito, puntal culpable de todo lo hermoso que se hizo en el estadio que hoy lleva su nombre.

El recuerdo de este nefasto día para nosotros, que hoy aún no podemos superar del todo, debe servirnos para seguir con el esfuerzo, con la vocación de servicio, con la solidaridad que tenía Armando. Y sí, digo bien: solidaridad, la que en cada acto nos entregaba, porque si se necesitaba de un trámite en su camioneta Ford Mod. `66 de 8 cilindros, con solo decirle Armandito necesitamos llevar tal cosa, o tal otra para aquel lado, él estaba a la hora convenida. Y cuando le preguntábamos cuánto te debo, él respondía: faltaba más; lo único que deseo es saber si estás conforme, con eso me doy por bien pago, marchándose feliz.

Así, a quien escribe, cuando debió mudarse de barrio, del hermoso B° Jardín a las 1000 Viviendas, la alegría que tenía era contagiosa más allá de la nostalgia por el desarraigo que causaba el traslado, pero era un amigo.

Fue un compañero de deporte, y de la vida, porque también cuando nació mi primera hija, Viviana Leticia, fue quien llevó a mi esposa hasta el sanatorio. ¿Quién otro iba a ser, si no era Armandito Castro?

Eso era el Tata, lleno de nobleza, de bonanza. Por eso este reconocimiento que en vida ya se lo hicimos saber, puede que sea como el único consuelo que nos queda; por haberle hecho conocer que su paso por la vida no fue en vano, y que hoy -aunque ausente físicamente- vivirá en nuestro recuerdo por siempre y para siempre.

Al cumplirse ayer el primer aniversario de su fallecimiento, sus familiares y quienes nos sentimos sus amigo les rogamos a Dios y a Nuestra Madre del Valle por el eterno descanso de su alma, en una misa que tuvo lugar en la Iglesia de San Antonio de Padua, de Tucumán y Almagro.

Hasta siempre querido amigo.

Víctor Hugo Ibarra
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