jueves 23 de julio de 2026

"Gracias, madre cantora"

Gracias Madre cantora, dijo Rafael Toledo luego de haber cantado junto a Mercedes Sosa una zamba catamarqueña en una memorable noche de la Fiesta Nacional del Poncho de 2006, actuación que ayer tomó carácter de legendaria ya que fue la última actuación de La Negra en nuestra gran fiesta. Memorable por muchos motivos. Uno, porque cualquier escenario del mundo se agrandaba cuando aquella increíble voz sonaba llenando corazones y espíritus, sin distinciones de edades, credos ni gustos musicales.

Otro motivo es que una vez más se ponía de manifiesto la inmensa generosidad de la artista porque esa noche había invitado también a copleras puneñas para cantar con ella, y a su gran amiga Silvia Pacheco, quien hoy, más que nadie en Catamarca, llora su partida.

Y vaya coincidencia que impone el destino, porque en las dos puntas de la gran trayectoria de Mercedes se vio emparentada con dos cantantes catamarqueñas. Primero, en sus comienzos y tal como ella lo confesó varias veces, profesó gran admiración por Margarita Palacios, a quien ayudó en los tramos finales de su vida, incluso haciéndola participar en uno de sus discos (Mercedes Sosa 1983), lo que a la postre sería el último registro que quedó de la voz de la santamariana.

Y en la otra punta, la que ayer tuvo final, fue la Pacheco quien la atrajo para conformar una gran amistad fundada en la admiración mutua, la que quedó bien plasmada en el último viaje que Mercedes hizo a esta provincia para acompañar a Silvia en la presentación de su disco Valses, zambas y travesuras, placa en el que hicieron dúo en La tempranera. Yo tengo que estar ahí, Silvita, le dijo a la catamarqueña cuando ésta le contó sus planes para con su último disco, y se vino desde Buenos Aires en auto sólo para acompañar con tres temas y hacer delirar el salón mayor del Predio Ferial colmado de público.

Así era de generosa esta mujer que también dio un espaldarazo a la carrera de Federico De la Vega, otro catamarqueño que se destaca en Buenos Aires.

Y su fe religiosa también la emparentó con esta provincia porque era una agradecida de la Virgen del Valle, a quien le cantó en el camarín en 2006, cuando fue a visitar el santuario con Silvia Pacheco y el sacerdote Moisés Pachado, allí presente, le pidió que entonara algo. Cómo iba a decir que no, si su inigualable canto era la mejor ofrenda que podía recibir la Madre Morena.

En los catamarqueños que amamos esa irrepetible voz nos sirve como mínimo consuelo recordar hoy esos madrinazgos para con nuestros intérpretes; también que la tuvimos transitando por nuestras calles y, lo que es mejor, cantando hace muy poco en nuestros escenarios y en nuestro magno santuario.

Hoy el gracias Madre cantora nos engloba más que nunca, porque así sentimos las generaciones que nos reencontramos en 1982 con su voz y muchos ejemplos, luego del injusto exilio que le impusieron los que sólo sabían de muertes y robo de huérfanos.

Y un poco huérfanos también quedamos ayer porque se nos fue la Madre cantora que nos enseñaba qué es lo que había que escuchar, porque su sensibilidad no le fallaba nunca a la hora de elegir poetas, autores y compositores.

Se murió La Negra Sosa y con la música la estamos llorando.

Por Carlos Quiroga
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