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Veinte años sin Zitarrosa, para pesar del canto popular

El 17 de enero de 1989 dejó de existir el cantautor uruguayo Alfredo Zitarrosa y aunque su vasta y esencial obra es un legado siempre vigente, la ausencia física del artista implica una luz menos para la cultura popular latinoamericana.
18 de enero de 2009 - 00:00
Si una década atrás aquella rica herencia era motivo de visitas que parecían orientadas a multiplicar y profundizar los alcances de un repertorio donde el gesto estético y el testimonio social hallaban luminoso equilibrio, hoy se percibe ese vacío.

El canto popular iberoamericano es un escaparate más de la lógica de mercado con sus luces fugaces y sus figuritas de permanente recambio y, en ese contexto, el creador nacido el 10 de marzo de 1936 en Montevideo sigue siendo un personaje incómodo.

Las reconfortantes excepciones que aquí y allá resisten esa maquinaria, no hacen más que ratificar una tendencia generalizada que anula el disenso expresivo, sonoro y musical, pero ante esa afrenta don Alfredo es un bastión siempre a mano.

Zitarrosa logró innovar el lenguaje musical, abrazar la belleza poética, retratar la realidad y exponer su posición política.

Envuelto en una vida azarosa y cambiante se relacionó mágicamente con las letras -fue poeta y periodista-, utilizó profesionalmente su honda voz -se desempeñó como locutor- y, adosándole un toque propio y original a las músicas nativas, finalmente sintetizó esas aptitudes dentro del traje oscuro del trovador popular.

En esa faceta, iniciada en 1963 en Perú y afirmada tiempo después, registró unos 40 discos, fundamentalmente en Uruguay y Argentina, entre los que se contaron producciones claves como, Canta Zitarrosa, Milonga madre, Coplas de canto, Guitarra negra, Candombe del olvido, Melodía larga y Milonga de ojos dorados.

A lo largo de su trayectoria y acompañado por diversas formaciones musicales, demostró su talento para innovar el tratamiento rítmico y musical de la milonga, a la vez que dotó de una lírica filosa, atenta y urgente a otros géneros autóctonos del Plata, como el candombe, la zamba y la canción.

Puestos a citar apenas algunas de sus canciones emblema hay que citar a Qué pena, Stéfanie, Milonga para una niña, El violín de Becho, Milonga madre, cantando te conocí, Doña Soledad, Guitarra negra, Diez décimas de saludo al pueblo argentino, Pa´l que se va y Zamba para vos.

Del repertorio básico tampoco pueden faltar Triunfo agrario, Los hermanos, La canción quiere, A José Artigas, Chamarrita de los milicos, Candombe del olvido, Pollera azul de lino, Canto de nadie, Muchachita campesina y Mi tierra en invierno. Voz propia

Sobre la dermis sensible del mundo de los 60 y los 70, el creador aportó una voz propia que redefinió la música uruguaya y sumó matices de calidad a la canción urgente y pretendidamente rebelde de aquellos años.

Esa valiente mirada no pasó desapercibida para la dictadura militar que tomó el poder en Uruguay y que lo obligó a exiliarse el 7 de febrero de 1976.

Desde ese momento inició un doloroso peregrinaje con eje en España y México, donde plasmó obras antológicas de la talla de Adagio en mi país, que continuaron denunciando el despojo y, además, el flamante estado de terror implantado por la dictadura.

A su regreso a Uruguay, en marzo de 1984, una impresionante multitud fue a recibirlo, potenciando la estatura de mito viviente y de máximo exponente de una impronta oriental para cantar y contar historias del pueblo.

Sin grandes problemas de salud, pese a una vida agitada y bohemia, la muerte lo sorprendió a los 52 años y causó conmoción en la inmensa legión de admiradores que hallaron en su obra una nueva manera de aproximarse a distintas aristas de las artes populares.
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