18 de enero de 2009 - 00:00
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Veinte años sin Zitarrosa, para pesar del canto popular
El 17 de enero de 1989 dejó de existir el cantautor uruguayo Alfredo Zitarrosa y aunque su vasta y esencial obra es un legado siempre vigente, la ausencia física del artista implica una luz menos para la cultura popular latinoamericana.
En esa faceta, iniciada en 1963 en Perú y afirmada tiempo después, registró unos 40 discos, fundamentalmente en Uruguay y Argentina, entre los que se contaron producciones claves como, Canta Zitarrosa, Milonga madre, Coplas de canto, Guitarra negra, Candombe del olvido, Melodía larga y Milonga de ojos dorados.
A lo largo de su trayectoria y acompañado por diversas formaciones musicales, demostró su talento para innovar el tratamiento rítmico y musical de la milonga, a la vez que dotó de una lírica filosa, atenta y urgente a otros géneros autóctonos del Plata, como el candombe, la zamba y la canción.
Puestos a citar apenas algunas de sus canciones emblema hay que citar a Qué pena, Stéfanie, Milonga para una niña, El violín de Becho, Milonga madre, cantando te conocí, Doña Soledad, Guitarra negra, Diez décimas de saludo al pueblo argentino, Pa´l que se va y Zamba para vos.
Del repertorio básico tampoco pueden faltar Triunfo agrario, Los hermanos, La canción quiere, A José Artigas, Chamarrita de los milicos, Candombe del olvido, Pollera azul de lino, Canto de nadie, Muchachita campesina y Mi tierra en invierno. Voz propia
Sobre la dermis sensible del mundo de los 60 y los 70, el creador aportó una voz propia que redefinió la música uruguaya y sumó matices de calidad a la canción urgente y pretendidamente rebelde de aquellos años.
Esa valiente mirada no pasó desapercibida para la dictadura militar que tomó el poder en Uruguay y que lo obligó a exiliarse el 7 de febrero de 1976.
Desde ese momento inició un doloroso peregrinaje con eje en España y México, donde plasmó obras antológicas de la talla de Adagio en mi país, que continuaron denunciando el despojo y, además, el flamante estado de terror implantado por la dictadura.
A su regreso a Uruguay, en marzo de 1984, una impresionante multitud fue a recibirlo, potenciando la estatura de mito viviente y de máximo exponente de una impronta oriental para cantar y contar historias del pueblo.
Sin grandes problemas de salud, pese a una vida agitada y bohemia, la muerte lo sorprendió a los 52 años y causó conmoción en la inmensa legión de admiradores que hallaron en su obra una nueva manera de aproximarse a distintas aristas de las artes populares.
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