Nota de tapa

El legado de las Hermanas Carmelitas

Esta congregación de religiosas llegó con el objetivo de educar y formar mujeres huérfanas, continuando con la tarea que venían desarrollando las “beatas Villagrán”.
domingo, 4 de abril de 2021 · 01:11

El 15 de octubre de 1809 se inauguró como institución formal el Colegio de Huérfanas o Casa de Educandas de Catamarca. Para hacerse cargo de su dirección, el cabildo civil de San Fernando del Valle había solicitado al deán Funes la “concesión de dos Carmelitas Terciarias de Córdoba pertenecían a la fundación realizada en Córdoba, en 1782, por San Alberto”. La utilidad del instituto, como se observa, cumpliría las expectativas del pensamiento albertiano. Dichas carmelitas, memorables por ser quienes representan la llegada de la primera congregación religiosa femenina a suelo catamarqueño, eran hermanas de sangre: María Josefa de los Dolores y Manuela Feliciana de Santa Teresa Echeverría y Gutiérrez. A ellas se agregarían luego varias señoritas catamarqueñas, treinta y dos en total, en calidad de novicias procedentes de familias distinguidas de la ciudad.
En el plano educativo, la existencia de escuelas se consideraba un paliativo necesario contra los altos índices de analfabetismo que existían no solo en el ámbito provincial, sino también en el nacional. “Según Olmos, para 1860 había dos establecimientos primarios en la capital, uno costeado por el gobierno y el otro sostenido por la Orden Franciscana”, explicó Leila Quiroga, quien realizó una investigación sobre la educación de las niñas en San Fernando del Valle de Catamarca en la segunda mitad del siglo XIX, en diálogo con revista Express. El último tenía una data antigua, puesto que desde mediados del siglo XVIII contaba con una escuela de primeras letras y cursos de humanidades que incluía el dictado de filosofía y teología. A estas instituciones se sumaba el Colegio Patriótico Federal de Nuestra Señora de la Merced, cuyo plan de estudios incluía materias como Gramática Castellana, Geografía, Aritmética, Dibujo lineal, Catecismo de Historia Sagrada, Historia Universal, Retórica, Lógica y Metafísica, Latinidad, Álgebra, Francés, Física experimental y en el último período, a elección del alumno, carreras como Mineralogía y Jurisprudencia, Derecho canónico, Historia eclesiástica, entre otras.
“Avanzando el siglo se harán visibles contrariedades más intrínsecas al funcionamiento institucional: el número reducido de religiosas que irán quedando. Eso determinará el traspaso de la regencia del Colegio, como se verá más adelante, a manos de las Hermanas del Huerto. Pero, antes de aproximarnos a las particularidades de dicha transferencia, es interesante realizar un acercamiento al plan educativo que la casa de Educandas se proponía en tanto formadora de las mujeres catamarqueñas”, aseveró Leila en su trabajo de investigación.
El organigrama del colegio tenía a la cabeza al obispo, quien era considerado el “Director Principal y jefe supremo del colegio”. Dado que para entonces, y hasta 1896, Catamarca pertenecía a la Diócesis de Salta, el vicario foráneo de la ciudad sería el representante del prelado, integrando y presidiendo la junta directiva del colegio junto con el capellán y otro cura. Las atribuciones de la dirigencia del instituto cumplían un sentido ejecutivo de poder. “Con respecto a decisiones sobre la enseñanza recibida por las niñas, los textos aluden a arreglar y dirigir la enseñanza de todos los ramos que se establecen en ese momento y en la posteridad y definir trabajos propios de las maestras y alumnas en bien y utilidad de la casa”, tanto provenientes de encargos particulares”, comentó Quiroga. Las producciones hechas a mano constituían una actividad esencial no solo en tanto estaban previstas por currículo, sino por el fin económico que perseguían. “La concepción de las labores de manos como ‘la ocupación más adecuada para las mujeres y, por tanto, el aprendizaje de estas labores como el objetivo central de la enseñanza de las niñas’ en espacios escolarizados”, indicó Leila. 
Más allá de la preeminencia masculina en los cargos directivos, existía una “Junta de Clavarias”, en clara subordinación respecto a la junta directiva. Estaría integrada por una rectora, una vicerrectora y una prefecta. La primera era la responsable del gobierno del Colegio, la vigilancia de las clases y de la distribución de tareas “útiles” para las alumnas. “La última palabra en ocasión de elegir rectora quedaba, en cualquier caso, en manos de la junta directiva y tenían requisitos para elegirlos, como el de tener buena vida y fama, ya que no necesariamente el cargo era ocupado por una de las hermanas de la congregación”, explicó Quiroga. 

Profesión 
La “profesión” se reducía a “hacer votos simples de castidad y pobreza” en el sentido de “hacer una vida común en los términos de la Constitución del Colegio”, obedeciendo a los superiores y vistiendo el hábito de las Carmelitas. “Las profesas, que nunca podían superar el número de catorce, debían pedir permiso a sus padres para integrar el instituto y dar pruebas de poder llevar la vida de virtud y sujeción esperable, además de poseer un grado de instrucción acorde a la propuesta curricular. Una vez dentro del establecimiento pasaban a ser mantenidas económicamente por este y podían desempeñar los oficios de sacristanas, torneras, provisoras o enfermeras, según lo considerara la Junta Directiva”, comentó la investigadora. 
Además, Quiroga señaló que las destinatarias de la educación dentro de este sistema institucional, las alumnas, que podían ser pensionistas o huérfanas (internas, en ambos casos) igualmente debían cumplimentar una serie de requisitos para ingresar: desde la edad, no inferior de siete años ni superior de los dieciséis; la presentación de una solicitud de admisión verbal ante el vicario y la comprobación de la calidad de verdadera orfandad. “En relación con lo último, consta la existencia de un orden de preferencia para la aceptación de las huérfanas, ocupando el primer lugar la condición de orfandad total, es decir, huérfanas de padre y madre. Aquí se incluían las expósitas o abandonadas por sus padres luego de haber nacido. En segundo término estaban las huérfanas de madre y, por último, las huérfanas de padre. En el caso de que se tratara de una niña huérfana, pero heredera de bienes de fortuna por herencia y otro título legítimo, ella no podría ingresar en la clasificación mencionada”, expresó Quiroga. El número de huérfanas establecido para el momento sería de “dos por cada uno de los curatos” en que estaba dividida la provincia. Aparte, se hallaban las pensionistas, niñas y jóvenes que podían pagar a la casa “por su educación y alimentos la cantidad de sesenta pesos anuales por trimestres adelantados”. “En cualquier caso, huérfanas como pensionistas recibían idéntica educación, siendo los ramos de enseñanza definidos los de lectura, escritura, religión, gramática castellana, costura, dibujo, bordados, tejidos, historia de la religión, aritmética y urbanidad”. Dicho plan de estudios responde al discurso educativo denominado de utilidad doméstica”, manifestó la investigadora. Además, había una tercera categoría, que tradicionalmente se consideraba parte del Colegio, es la de las “externas”, en la que se diferencian las “pobres”, que “recibirían enseñanza pública” en forma gratuita; y las niñas cuyos padres tenían “cómo compensar la enseñanza” con una pequeña mensualidad señalada por la Junta directiva. 


Crisis y traspaso 
La crisis que atravesaron las Carmelitas a lo largo del siglo, vinculada a necesidades económicas, en distinta medida pudo solucionarse. No obstante, ello no evitaría que se vieran impedidas de continuar con la gestión de la escuela de educandas. “Las hermanas que quedaban para 1870 eran solo dos, ancianas ambas e imposibilitadas de continuar regenteando la casa con el vigor de épocas pasadas. En virtud de ello fue que las autoridades civiles y eclesiásticas iniciaron conversaciones con la congregación educativo-hospitalaria de las Hermanas de la Caridad Hijas de María Santísima del Huerto, que ya se hallaban en el país desde 1859”, relató Quiroga 
Las diligencias se extendieron entre 1872 y 1874, año en que finalmente harían su ingreso a la ciudad de San Fernando del Valle ocho hermanas “con la provinciala madre María Luisa Solari”. De esta manera, la primera congregación de Carmelitas de la provincia, desapareció. Esta estaba ubicada en el edificio de la calle Maipú, entre República y San Martín, donde actualmente se encuentra el colegio del FASTA y en donde se quedaron posteriormente las hermanas de la congregación del Huerto, continuando con el trabajo de educar a las “señoritas”. 
Posteriormente, llegaron a Catamarca, nuevas religiosas de la congregación del Carmen, fundando el Colegio que actualmente se encuentra en calle Junín. 

Hermanas Villagrán 
El proyecto de fundar un colegio de “señoritas nobles” en la provincia de Catamarca había nacido de la iniciativa de tres hermanas solteras y acaudaladas conocidas como las “beatas” Villagrán, por el apego a la espiritualidad con que llevaban su vida. Para 1776, Agustina, María Manuela y Juana Rosa habían establecido en una de sus propiedades una especie de asilo destinado a niñas de sangre noble y huérfanas donde les proporcionaban rudimentos de educación cristiana y primeras letras. “A estos esfuerzos familiares se sumaría la venia y empeño que imprimió a la obra fray José Antonio de San Alberto, obispo de Tucumán, que concebía la educación como la vía para la realización del hombre, siempre que se efectuara a través de ciertos medios como las ciencias, la honestidad y la religión. Este pensamiento estuvo en la base de sus proyectos de fundación de casas de huérfanos y huérfanas para la diócesis, entre los que se hallan el Colegio de Niñas Huérfanas, en 1782, y las constituciones para un Colegio de Niños Huérfanos que no prosperó, ambos en la ciudad de Córdoba”, comentó Quiroga. 
Cabe mencionar que la fundación que inició siendo accesoria a la casa de huérfanas cordobesa, pero estaba destinada a perdurar y tendrá una implicancia directa para el colegio que se instale luego en Catamarca: el Instituto de Hermanas Terciarias Carmelitas. ‘Para San Alberto resultaba preocupante la vida mundana que llevaban las maestras, puesto que se trataba de mujeres seculares que difícilmente obedecían a las directivas del prelado y querían conservar la libertad grande que tenían en sus casas, saliendo y entrando y conversando con gente de ambos sexos con tanto peligro serio como perjuicio de las niñas. Entonces para subsanar esta situación determinó el obispo que se eligiera entre las mismas niñas criadas en el colegio a las más selectas y hábiles, acostumbradas al retiro y al trabajo, que mostraran voluntad de quedarse en la casa e hicieran votos simples en manos del prelado, pero siempre dependientes de este”, explicó Quiroga. Dichas mujeres recibirían el hábito del Carmen y se desempeñarían como superioras y maestras de las huérfanas. Así fue como nació esta congregación de la que, pocos años después, San Alberto ya habla en términos satisfactorios. 
Las hermanas Villagrán en Catamarca, aprovecharon la visita pastoral de San Alberto en 1783 para presentar un memorial al obispo solicitando la fundación de una Casa –bajo la advocación de la Virgen del Carmen, semejante a la de Córdoba. Ellas “se ofrecieron como Maestras” y “donaban para sitio, renta y manutención del establecimiento su misma casa, aunque reducida y dos estancias que tenían, buenas, libres y sin heredero necesario alguno a quien dejarlas”. Si bien fue autorizada por el diocesano y por el mismo rey a través de cédula real en 1788, la obra transitó un periplo tortuoso que atrasó la concreción del anhelo de las beatas por varias décadas.
 

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