Jorge Aredes

Un mercedino en el ARA “Islas Orcadas”

Jorge Aredes, que en 1978 era conscripto del Regimiento local, fue afectado a la última misión antártica de un buque de investigaciones científicas que circunnavegó aguas extremas del Atlántico y el Pacífico.
domingo, 5 de mayo de 2019 · 04:00

“Hay que tener un espíritu especial para estar ahí”, es lo más sintético que se le oye decir a don Jorge, que hoy, a cuarenta años de aquellas vivencias, cuando se dispone a recordar su singular paso a bordo del navío A.R.A. Islas Orcadas, un navío de fabricación norteamericana alquilado temporalmente por el gobierno de Perón para cumplir misiones científicas y logísticas en apoyo de las bases antárticas argentinas. El resto es pura charla y anécdotas muy gratas de ser escuchadas por este hombre agradecido por la vida.

Como cualquier otro joven en edad de hacer el Servicio Militar Obligatorio, mucho habrá imaginado la mente de este muchacho cuando salió de su pueblo natal, La Merced. El haber sido alumno de la ENET N°1, en la ciudad, le daba cierta experiencia. Pero nada comparable a lo que iba a vivir una vez que entró al ejército.

“Cuando salí sorteado me presenté a la revisión médica en el Distrito, luego nos mandaron al Regimiento. Y allí los jefes nos empezaron a decir a qué destino nos mandaban. Fuimos 400 conscriptos los que subimos en el tren hacia Buenos Aires”, arranca con impecable memoria.

Luego el contingente se fue dividiendo. La mayoría bajó en Buenos Aires y los menos, entre quienes estaba Aredes, tomaron un tren a La Plata. “Cuando llegamos ahí nos subieron en un colectivo verde hasta la base de Punta Indio, todavía provincia de Buenos Aires. Ya quedábamos sólo tres catamarqueños: Villagra, Torregrosa y yo”. Fue en ese punto del mapa donde les dieron la instrucción de 30 días con “bailes” muy frecuentes.

Con una bolsa blanca con la ropa de marinero también inmaculada adentro –prendas que aún conserva como reliquia junto con otros objetos como un hueso de ballena y una piedra volcánica extraída del fondo del mar- era su simple atavío para cumplir la misión militar. Fue en esos días que conoció al capitán Buscaglia, jefe del Servicio de Hidrografía Naval, quien les habló de la misión antártica y de la importancia del trabajo que iban a cumplir.

En un abrir y cerrar de ojos se encontró en un muelle colaborando en las tareas de cargar el buque hasta que finalmente cruzó definitivamente el puente para pasar largos días en ultramar. ¿Habrá tenido entonces verdadera conciencia de que el barco se dirigía a una zona del planeta escasamente frecuentada por la vida humana? Él solo sabía algo: “Era el mejor lugar para estar. Todo era de primera calidad. La relación con los compañeros y también con los jefes y la comida. Nos daban medio pollo para cada uno en el almuerzo. Comida y combustible sé que lo pagaba Estados Unidos. En realidad, el buque era alquilado por el Estado Argentino y la nuestra fue la quinta y última misión anual que hizo. En la tripulación había también muchos científicos y el barco estaba equipado con aparatos de investigación”, relata don Jorge tantísimos años después.

Efectivamente, en el verano de 1978 y trabajando en el Mar de Weddell, desde el barco se descubrió una formación ígnea que asoma a través del grueso sedimento y que fue bautizada como Cordillera Virginia.

Testimonia el ex conscripto da la Marina que llegaron a estar incomunicados “hasta diez días” por las inclemencias climáticas propias de la zona. Tampoco puede borrar de su mente el frío penetrante, los fuertes vientos y las olas gigantes (de diez u once metros) que cada nada tapaban a la embarcación. Su memoria le apunta que varias veces circunnavegaron el borde antártico, las Islas Malvinas, las Georgias y las Sándwich del Sur, siempre en tiempo anterior al conflicto bélico con Gran Bretaña. “Pasábamos cerca pero no podíamos acercarnos demasiado ni desembarcar en Malvinas, aunque sí lo hicimos en las Georgias”, revela. No obstante, mientras Aredes, Villagra y Torregrosa estaban a bordo, les llegaba información del inminente conflicto armado con Chile por cuestiones limítrofes e incluso vieron naves de apoyo para los chilenos. “No sé si porque el buque era norteamericano o porque era una misión científica, pero nosotros pasamos varias veces por el Estrecho de Magallanes de un océano al otro sin problemas. Pero, le digo, yo estaba dispuesto a ir a la guerra si me tocaba”, confiesa el ex marino.

Desde su posición, pudo saber que el barco tenía una cabina de información en el centro, donde trabajaban los científicos, que eran de varias nacionalidades, incluso uno de la India. El barco “rastrillaba” el fondo del mar valiéndose de un cable de 10 mil metros de longitud que estiraban hacia abajo. “Juntaban material y lo analizaban”, asegura Aredes. Según su recuerdo, además el barco proporcionaba información sísmica y detectaba existencia de petróleo, toda información que se enviaba vía satélite.

Ni siquiera el momento de mayor susto, cuando el Islas Orcadas le dio un choque a la punta de un témpano abollando uno de sus dos cascos estando en cubierta muy cerca del lugar de impacto con otros compañeros, borra la sonrisa de este mercedino agradecido. “Me acuerdo que en ese momento Torregrosa estaba en el timonel”, rememora.

El nombrar a cada uno de sus compañeros de misión, el contar qué tenía que hacer cada cual en el buque, el seguir sintiendo mutuo respeto para con sus superiores y el eterno agradecimiento por la valiosísima experiencia que le valió su designación a este destino, hablan de un doble aporte de gran dimensión: apoyo logístico en el conocimiento de una Naturaleza tan virgen como poco explorada y del cumplimiento del servicio a la Patria en condiciones a las que no muchos estarían dispuestos a elegir.

Otras Noticias