sabores de la ciudad

“El Brujito”: el carro-bar que empoderó a los vecinos

La preparación de “lomitos mágicos” desde la carcasa remodelada de una vieja Kombi en la Plaza Huayra Tawa generó una revolución socio-cultural en su entorno.
domingo, 03 de marzo de 2019 · 07:01

Fue en un corto plazo. Se instalaron invisiblemente. Ese furgoncito inocente parecía nada en la esquina. Tendieron luces de vieja kermese y comenzaron a cocinar “lomitos mágicos”. Tímidos, curiosos, los primeros clientes se animaron. Y descubrieron un mundo. Si la oferta para saciar la cena era totalmente diferente a la de cualquier otra lomitería, la atención relajada, el clima de parquecito y la cadencia de una música elegida, empezó a atraparlos. Mesitas mínimas y sillas duras, de madera plegables. Ambiente libre y familiar. Un toque surrealista en la pintura del chasis completó la escena. Algo comenzó a cambiar en la plaza contigua al popular barrio de las 920 viviendas. Llegaron clientes, tan curiosos como los habitantes de la zona, a descubrir la propuesta. Y, como era de esperarse, “compraron”.

Es que la plaza, de características singulares, fue diseñada e inaugurada respetando la flora autóctona de piquillines, talas, pichanillas, jarillas y algunas cactáceas, en sintonía con un concepto cuidadoso de la cultura originaria. Precisamente, la escultura enorme que adorna la fuente central de agua es alegórica a “los cuatro vientos” (huayra=viento; tawa=cuatro). De alguna manera, la plaza, encajó justo en la idea de armonizar.

Alan Vergara es un loco lindo de 29 años que ha viajado pedaleando por pueblitos de Latinoamérica y se enamoró de rasgos y experiencias que probó y disfrutó en países como Colombia y México. En este último trabajó en una combi reciclada al estilo de la que tiene ahora en la Huayra Tawa, Chatarra que rescató de un circo que pasó por Catamarca. “La dejaron tirada en un taller, me puse en contacto con el dueño y me dijo: ‘Mandame mil pesos y te doy los papeles’. A los días llegaron los papeles y retiré la combi”, revela. Por estos días el joven convalece de un grave accidente por lo que la atención del carrito está a cargo de sus compañeros “de viaje” en este emprendimiento. Algunos de los vecinos que hoy tienen una articulación muy fuerte con El Brujito, fueron a visitarlo y preguntaron por su salud. Articulaciones, energía o como se llame, que se visibiliza en situaciones tales como el pedido de una bebida gaseosa para acompañar el sándwich. ¿Qué respuesta puede salir de la barra donde se preparan los lomitos mágicos? Un “puede ir hasta el kiosco del frente, recuerde que usted es libre y está en la plaza pública. Nosotros no vendemos gaseosas” es la original salida que sorprende a más de uno. También la panadería cercana es la que provee de materia prima para los lomos, a modo de colaboración mutua. Es, probablemente por este tipo de cosas, que los vecinos se arriman por la tarde al carrito cuando llegan los “brujitos” a preparar todo. Avisan que un intruso anduvo husmeando el carro, que otro dañó una planta, que tal o cual tiró basura.

Entonces, limpiar, barrer, regar, plantar, podar, aportar ideas, tocar música en vivo, iluminar, aplaudir, caminar, ejercitarse, disfrutar en familia, en definitiva, cuidar el espacio público y apropiarse de una plaza que otrora era un oscuro solar de ilícitos, ha pasado a un hábito cotidiano en la zona.

“No usamos la palabra cliente. Decimos la familia, la comunidad de El Brujito. Es una construcción colectiva. Cuando armamos el escenario vienen los nenes, los que antes apedreaban las pencas, y empiezan a ayudarnos, agarran la manguera y riegan. Esas cosas que uno dice ‘qué loco esto que está pasando’”, cuenta orgulloso Alan.

Todo eso hace que la gente entre preguntando de qué se trata. Esa cuestión le da cierto misticismo. “Está resurgiendo el volver a encontrarse en las cosmovisiones. Y eso trae a la memoria antigua otra sensibilidad que empieza a complementarse con esta cuestión más dura y lógica. Nosotros nunca hacemos promociones ‘dos lomitos por tanto’; sí hacemos promociones como por ejemplo ‘subí una foto de la planta de Catamarca que más te guste’. Esa idea. La gente empieza a descubrir y a mirar su espacio. Creemos que la identidad cultural es algo que, si nosotros como sociedad no la exigimos, no hay forma que se la imponga”, opina el joven emprendedor.

La fusión negocio-cultura, va de la mano de la creatividad. “También solemos hacer jugos cuando conseguimos con qué, nos gusta jugar con eso. Es divertida la cocina gourmet, es una manera de no perder la frescura. El lomo más exótico que hicimos fue uno muy tropical de mariscos salteados con cebollita morada en manteca y vino tinto. Llevaba una mayonesa de coco”, apunta.

Alan cuenta cómo en poco tiempo El Brujito se siente parte del conjunto. “Esto atraviesa la sociedad. Hicimos en Navidad una fiesta para los vecinos en el centro de la plaza. Debajo del árbol, que es el teatro donde hay funciones, es un sector recuperado que antes estaba lleno de vidrios y escombros. Hay un nivel de apropiación del espacio por parte de los vecinos que no nos pertenece a nosotros”, refiere. Sin embargo, el emprendedor advierte que si bien “hay mucha energía también hay mucha resistencia en los espacios públicos para este tipo de proyectos”.

Podría decirse que ese simple carrito “llegó para quedarse”. Pero la paradoja es que, desde su llegada, sólo ha inspirado progresos para la zona. Más bien se nos ocurre pensar que en el entorno de la Plaza Huayra Tawa, la sinergia que ha despertado de un letargo y circula entre pequeñas grandes obras a la manera de cuando “los vecinos tiran todos del mismo carro”. De alguna manera, por obra y gracia de “El Brujito”.

 

Texto: Carlos Gallo

Fotos: Ariel Pacheco

 

Lomos mágicos

 

“Hay nueve variedades de lomitos y están basadas en deidades femeninas. En la brujería, en la cultura Wicca, una de las máximas excusas para matarlas era elevarlas a la altura de las deidades masculinas. Era un sacrilegio en esos tiempos y posiblemente en estos tiempos también lo sea” conjetura Alan, alma máter del proyecto gastronómico que le agrega un concepto tan subjetivo como visible a una simple venta de sándwiches. “Descubriéndolas fuimos tratando de crear una obra de arte culinaria en honor a cada diosa de distintas partes del mundo y de distintos tiempos mitológicos. Casi un atrevimiento de nuestra parte”, agrega.

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